LA VIDA CON ALFILERES

Rogelio Luévano tenía un coche al que llamaba Palomo y al que, cuando empezaba a fallarle, le hablaba en voz alta y con un tono amable, para que el otro atendiese. Al igual que los hombres de campo a sus caballos, él le decía piropos a su VW para que éste no lo dejara atascado a medio camino, cuando iba a los ensayos de La noche de los asesinos, ya en la Casa del Lago en Chapultepec, donde hizo los trazos iniciales y, junto con el elenco, el trabajo de mesa, ya en Coyoacán, donde se hizo temporada.
No era la primera vez que Rogelio llevaba a escena la obra del cubano José Triana, ya anteriormente la había montado en el lejano Torreón, en sus inicios en el quehacer escénico. Pero las obsesiones del hombre, le digo bajo la higuera, son a veces fijaciones de toda la vida, escenas que se repiten una y otra vez en el recuerdo; repetición que a veces adquiere dimensión de pesadilla, recurrente como una enfermedad que periódicamente se manifiesta; o una depresión; o un amor loco, sin ataduras.
Rogelio tenía un coche blanco de origen europeo que se trajo desde el remoto Torreón. De ahí el nombre de Palomo que, si así se quiere, hacía referencia indirecta a las letras de Cuco Sánchez y José Alfredo Jiménez. Así como los hombres criados en el campo les hablan a su caballo favorito mientras los cepillan y les dan de beber, así Rogelio lo bañaba con franela y cubeta mientras le platicaba cosas secretas que sólo se le confían a un caballo o a un coche que ya son parte de nuestra historia (real o sentimental, para el caso es lo mismo.)
Un día que Luévano regresaba de los ensayos en el sur de la ciudad -en ese entonces era vecino del director de teatro Julio Castillo-, era una noche lluviosa, se le emparejó el coche de un desconocido que había bajado la ventanilla para avisarle a Rogelio que perdería una placa (la trasera), si no la fijaba con tornillos o soldadura. En ese momento éste se percató que hacía días él había pensado lo mismo: soldar la placa o amacizarla con tuercas y tornillos. Provisionalmente, Luévano la había "afianzado" con un clip, como muchos llevan la vida prendida con alfileres. Cuando me lo contó, le dije que lo considerara como un aviso de sus dioses protectores o del ciego Tiresias, que puede predecir el futuro sin ver el entorno inmediato. Pero ya había perdido la placa de circulación.
En ese entonces, recién separado de su primera mujer, estaba en circulación profusa el álbum de John Lennon y Yoko Ono, Doble fantasía, que Rogelio Luévano se había llevado de Torreón a la ciudad de México, donde ya vivía.

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