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SÁBANAS PARES

El frío viene del norte con una cauda que guarda púas para torso y espalda, lumbago para ancianos y tos de fuego para gargantas tiernas. El sol desciende a plomo en escalera improvisada de yute, ixtle y vellos intangibles de un adolescente vencido por su propia soberbia. Con dificultad para su pausada respiración las calles y avenidas pasan inertes y maquilladas con un esplendor de petróleo en aliento, párpados y boca. Desde el ángulo que se observe, callado el tren desciende la cordillera de la ciudad y recorre moroso la pelvis, el ombligo, los duros pechos y labios crueles. Mientras esto sucede en callada sucesión de postales, calendarios y naipes poseídos por la sed de tinta, mudo de dos en dos las sábanas de algodón y poliéster- sólo por si vuelves.

EL PODER DE LA PALABRA

Aquel domingo hice un viaje relámpago a Fresnillo, distante una hora de camino, donde compré una boina para el invierno venidero y un regalo que llevaré a una amiga de México en los primeros días del año, cuya madre es devota de la Virgen de San Juan de los Lagos, a la que año con año visita en su santuario. De regreso y por decisión propia hice una escala en Calera, población ubicada a medio camino entre Fresnillo y mi casa. Ahí comí y al abordar el camión de regreso, vi en los asientos contiguos a Sarah, casada con el hijo sordomudo de un conocido -en el pueblo todos nos conocemos- que viajaba, supongo, con su querido, que la traía abrazada como sólo se entrelaza una pareja de distinto sexo en un sitio expuesto. Como no la reconocí de inmediato pues sólo la he tratado superficialmente cuando paso a recoger algún diario o revista publicados en la capital, le fijé la vista más de lo usual. Cuando me contestó el breve saludo de cejas, al tiempo que nos reconocíamos, desvié la vista de e...