EL DESVÁN DE LA MEMORIA

El escritor Severino Salazar murió intestado, agosto de 1985, pues omitió nombrar a los herederos de sus bienes materiales -cuentas de ahorros, pensiones, propiedades y biblioteca, pero no de sus bienes intangibles, ya que nombró a su hermana menor albacea de sus obras intelectuales: libros de cuentos, novelas y noveletas (obras que también dejó de registrar), sus apuntes de viajes de sus años sábaticos en el extranjero y una novela, al parecer concluida, acerca de un cantante de música vernácula. Obra que Severino rumió y masticó durante, no sé, tres o más lustros, además de un tríptico que confió a leer a amigos para conocer su opinión, con un título y subtítulo, "Paisajes imposibles (o La danza de los ciervos)", acerca, claro,de la religiosidad del hombre, como su demás obra publicada en vida.
Gracias al autor de "Llorar frente al espejo", encontré un garbanzo de a libra en la obra completa del compositor y cantante Juan Gabriel, de quien Severino afirmaba que su metáfora poética más rescatable era: "Querida, no me ha sanado bien la herida."
Me dice su hermana-albacea que no podrá entregar al mercado editorial la novela sobre el cantante "El Gallo" sino hasta después de la muerte de su madre por los detalles y pormenores presentes en la obra.
Aquí cabe una precisión: cuando aparece publicada la primera novela, "Donde deben estar las catedrales" (1984, ed. Katún), ésta desata una reacción en cadena entre la familia del escritor por la familiaridad con la que se abordan detalles de alcoba que, según ellos, debieron quedar entre los secretos 'mejor guardados' en el desván de la memoria o en el sótano de los estigmas.

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