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Mostrando las entradas etiquetadas como dos poemas

Luis Cernuda (1902/1963 )

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                                                                                  trianarts                                                                                    Telarañas cuelgan de la razón  Telarañas cuelgan de la razón En un paisaje de ceniza absorta; Ha pasado el huracán de amor, Ya ningún pájaro queda. Tampoco ninguna hoja; Todas van lejos, como gotas de agua De un mar cuando se seca, Cuando no hay ya lágrimas bastantes, Porque alguien, cruel como un día de sol en primavera, Con sólo su presencia ha dividido en dos un cuerpo. Ahora hace falta recoger los t...

Elvira Hernández (1951 )

Aves de paso Sí. Eso somos. Pero nos hemos acostumbrado a comportarnos como monumentos, Y así nos va.   No todo lo que vuela No todo lo que vuela es pájaro. A veces lo que piensas alcanza una pequeña altura. ("marcelo leites")

Félix Anesio (1959 )

 Los seminaristas                                            a osmán avilés Marchan por la Calle Obispo                             bajo el látigo inclemente del verano. Tras las raídas sotanas se vislumbra                                                   el sexo de los hombres que deben consagrarse al pudor, la castidad y la doctrina. Las rústicas sandalias rozan los adoquines. Como una impúdica plegaria se eleva el olor de las axilas en el aire                                   envolviendo las aceras y las plazas. Un jovencito imberbe y una niña los observan; una beata, tras su ...

Juan L. Ortiz (1896/1975 )

Lluvia Todo el día mi alma hoy estará suspensa de la voz del agua, como en un sueño mojado. La voz del agua dulcemente cierra el mundo! ¡La voz del agua! Todo el día seré un niño que se está durmiendo. La vida será sólo una voz querida. Tarde El mundo es un pensamiento realizado de la luz. Un pensamiento dichoso. De la beatitud, el mundo ha brotado. Ha salido del éxtasis, de la dicha, llenos de sí, esta tarde, infinita, infinita, con árboles y con pájaros de infancia ¿de qué infancia? ¿de qué sueño de infancia? ("eternacadencia")

Uriel Martínez (1950 )

Herencia Si muero antes que tú diles que fue mi voluntad heredarte mis miedos, mi insomnio y demás bienes; Si un infarto hace estallar mis arterias, les dices que aunque en unión libre me padeciste como malestar crónico; Si me atropella un auto en la siguiente curva de la vida, les confiesas que mi amor fue premeditado, no violento; Si en un arranque de dolor bebo la cicuta, el raticida o el vinagre de tu saliva, diles que todo fue voluntario; Pero si mueres una fracción de instante antes que yo,  les confesaré que me heredaste el talento y el silencio en ondas concéntricas. Tan pronto Si apenas rozo con mi aliento los cojines; si mis vellos rodean el cobertor para alcanzar tu mano, me palpo una línea sin eco; Si al desgaire tocara mis pupilas el capelo ciego del tiempo, dos púas apuntan a otra madrugada de ventisca, de témpanos al garete: Si apenas los párpados develan sendas ventanas francas, o muestran las ramificaciones precisas del...

Uriel Martínez (1950 )

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                                                                                bing La boca del sueño Exprimo la esponja en la superficie del cuaderno para trazar la noche constelada de susurros, cada estrella es un lunar que sangra en el ala de un dios de piedra. Contraigo los pulmones de la noche sobre la cara inerte del cuaderno y sobre la página trazo una incisión en que late un venero de agua. Oprimo entre mis palmas la boca tersa del cuaderno como un surco en que se deposita la simiente del mal, la sucesión de eslabones como labios obstinados. Como un pañuelo vuelto contra sí mismo al contacto con el thiner, delíneo en la superficie empañada las cinco letras de tu nombre, el sueño nuestro de cada día. Cinta de Moebius El lunes once de febrero abrí...

Max Blecher (1909/1938 )

Poema Tu mirada interior lleva una barca y me la envía cargada de terciopelo de ojos negros y diamantes menudos de tantos sueños y tantos abismos ayer al anochecer se ahorcó un ángel en un momento de felicidad y sus alas caídas chirrían bajo tus pies en la nieve cuántas flores cuántas ramas cuántos dedos. II El vestido del mar en la concha del zafiro mueves o deslizas navío o acróbata, tú, río vertical con la diadema del pelo azul cascada de helechos y de gritos y de pronto un cristal se inclina, cambias tus transparencias y eres una mujer muerta un fantasma con el vestido del mar en la concha del zafiro, la palmera extiende el brazo y te saluda, los buques transportan tus andares y las nubes tu belleza hacia el crepúsculo. ("vallejo y co.", traducción yulino dávila)

Érika Martínez (1979 )

Genealogía El día que me atropellaron mi madre, en la consulta, sintió que le crujía de pronto la cadera, mi hermana la clavícula, mi sobrina la tibia, mi pobre prima la muñeca. Les siguieron mis cuatro tías y mis firmes abuelas, con sus costillas y sus muelas, con sus sorpresas respectivas. Entre todas, aquel extraño día, se repartieron hueso por hueso el esqueleto que yo no me rompía. Les quedo para siempre agradecida. La casa encima Tantos siglos removiendo esta tierra que ha pisado el ganado y alimentado al ganado y a los hombres que regaron esta tierra con el cauce negro de su sangre –la sangre cambia de color fuera del cuerpo–. Tantos siglos alineando ladrillos, aquí hubo un establo sobre el que se construyó una iglesia sobre la que se construyó una fábrica sobre la que se construyó un cementerio sobre el que se construyó un edificio de protección oficial. Tantas mujeres fregando sus baldosas, pariendo en sus baldosas, escondiendo la...

Uriel Martínez (1950 )

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                                                                            seresmitológicos                                                                          Andanzas 1 Cierras los ojos antes de trepar en el potro alado que te llevará con los tuyos, con la respiración pausada y los pies descalzos. Mientras el animal cobra altura tus manos tus dedos y el plexo solar sueltan amarras al zambullirte una vez y otra. Tarde o temprano saldrás a flote con el rostro mojado, con sendas perlas en las orejas que escurrirán a la piscina para cerrar otro ciclo. Mientras el potro dice sí repetidas v...

Rosario Castellanos (1925/1974 )

Tercera elegía del amado fantasma I Como la cera blanda, consumida por una llama pálida, mis días se consumen ardiendo en tu recuerdo. Apenas iluminas el túnel de silencio y el espanto impreciso hacia el que paso a paso voy entrando. Algo vibra en mi ser que aún protesta contra el alud de olvido que arrastra en pos de sí a todas las cosas. ¡Ah, si pudiera entonces crecer y levantarme, alumbrar como lámpara alimentada de tu vivo aceite en una hoguera poderosa y clara! Pero ya nada alcanza a rescatarme de la tristeza inerte que me apaga. Grandes espacios ciernen finas nieblas entre tu rostro y los que aquí te borran. Tu voz es casi un eco y lejos resplandece tu mirada. Agonìa fuera del mundo Miro las herramientas, el mundo que los hombres hacen, donde se afanan, sudan, paren, cohabitan. El cuerpo de los hombres, prensado por los días, su noche de ronquido y de zarpazo y las encrucijadas en que se reconocen. Hay ceguera y el hambre los alumbra y l...

Macky Corbalán (1963/2014 )

Regalos 1 Te di una piedra, fantástica combinación de brisa, sol marino, arena y tiempo. Y creíste que te daba el corazón. 2 De apuro, con las ruedas de la bicicleta apenas detenidas, trajiste manzanas. Y seguiste, rauda, el camino que no has de cambiar. Pero, pequeña, las manzanas eran rojas, brillantes, abrían su corazón dulce al mordisco, al ansia, a la sed de mi urgencia. ("estación quilmes")

Enrique Solinas (1969 )

Bucólica El olor de tu cuerpo, amigo mío, me recuerda al color de la infancia. Una pradera con demasiado sol cuando no estoy triste, cerca del río en donde alguien dibuja mi ciudad. Nada es tan importante ni inocente como pensar en un día perfecto: vaca y pasto, los pájaros que nos sobrevuelan como a San Francisco; algunas flores,  sendero de amapolas; el cielo quieto y azul, como de utilería. Sé que pronto ya no estarás aquí. Todo es inmediato. Sé que pronto  te ocultarás detrás del sol. Disfrutemos ahora de este día, que el mañana no es cierto. Brillemos como el agua en la noche, tan sólo para la memoria. Las tumbas Titila la oscuridad como una lámpara en mi cara dormida. Pronto, pronto se abrirán las puertas para que huyan las palomas del centro de mi cuerpo. Tiembla todo y en su temblor el viento negro...

Pablo Antonio Cuadra (1912/2002 )

El nacimiento del sol He inventado mundos nuevos. He soñado noches construidas con sustancias inefables. He fabricado astros radiantes, estrellas sutiles en la proximidad de unos ojos entrecerrados. Nunca, sin embargo, repetiré aquel primer día cuando nuestros padres salieron con sus tribus de la húmeda selva y miraron al oriente. Escucharon el rugido del jaguar. El canto de los pájaros. Y vieron levantarse un hombre cuya faz ardía. Un mancebo de faz resplandeciente, cuyas miradas luminosas secaban los pantanos. Un joven alto y encendido cuyo rostro ardía. Cuya faz iluminaba el mundo. El cementerio de los pàjaros Arribé al islote Enfermo fatigado el remo buscando el descanso de un árbol. No vi tierra sino huesos. De orilla a orilla huesos y esqueletos de aves, plumas calcinadas, hedor de muerte, moribundos pájaros marinos, graznidos de agonía, trinos tristes y alguna trémula osamenta aún erguida con el pico abierto al viento. Con d...

Antonio Marín Albalate (1955 )

Celebración de lo a ti bebido   Qué camisa tan triste la mía, con la sal de tus lágrimas, empapándola toda poco antes de abrazarte en el andén para decirnos adiós. Y qué alegre ahora —no sin melancolía— recordar el ángel caído del tatuaje de tu espalda que tan enloquecidamente besé. Recordar y nombrarte, más allá de esta triste camisa, muchacha de mis noches mejores. Caracol de luz   Como un regalo caído a mis manos, vino el rojo encendido de tu boca en copa de luz envolviéndome todo. De tu boca de blanca dentadura, vino esa luz para morder la sombra del cuerpo que me habita. Sin apenas darnos cuenta, vino el deseo mudándonos de piel como de camisa se mudan la serpiente y los infieles amantes. Vino, sin quererlo, la bestia azul de los sobresaltos. ("zenda libros")

Arturo Gutiérrez Plaza (1962 )

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                                                            foto de martha viaña pulido Mientras él leía a Shelley                                              a charles simic Mientras él leía a Shelley, el otro lo leía a él. No en un café mugriento de algún callejón de Manhattan, ni en un restaurant de rojas cortinas y hábitos chinos, en cuyo brillo se asentara la escapadiza grasa de las cocinas. Mientras Shelley le hablaba, le murmuraba -entrelíneas- historias de multitudes contagiadas por la peste y reyes enloquecidos, ciegos y moribundos, el otro lo leía a él; pero no en algún bar de la calle McDougal o en algún recoveco de la Cuarta Avenida. Lo leía desde muy lejos, desde antes de nacer; ni en...

Jaime Sabines (1926/1999 )

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                                                                    rogelio cuéllar Dos breves, de lo mismo 1 Yo no te pido nada, Señor, pero sí te pido: que me dejes vivir en paz. Un día, o dos o tres, un lustro o una década, déjame vivir en paz. Ya sé que tú eres una sombra, un fetiche, un cuento, ya sé que eres las uñas que me corto, el trago de agua que no bebo, pero te reverencio, te pido, te acongojo, déjame morir en paz. Paz para las horas que no encuentro, para el amor que me quitaron, para el duelo. Paz para mis días, por favor. II Todo me lo has dado, Señor. Me diste a mi padre y la muerte de mi padre, a mi madre y su muerte, a mi hermano Juan y a su destino, a Jorge, el verdadero y el fantasma, a mi mujer, Chepita, a mis hijos, a mi cama me diste y a mis huesos que rec...

Robin Myers (1987 )

Paciente El hospital vive al lado del teatro, y comparten una plaza con una fuente, un carrito nocturno de hot dogs, una estatua de una Madonna volcánica con su bebé. Los acomodadores salen a fumar, los médicos se escapan a fumar, las camisas negras y las batas blancas se demoran y desaparecen en una nube acre. La plaza se llena. Crisis, estreno, pase lo que pase, los cuerpos se forman en fila. Algunas perlas y sacos. Algunos tuppers. Hombres que duermen con rigor en un banco de piedra, con el portafolios a un costado. La comida forma parte de sus actividades. Papas fritas de bolsa al lado de la boletería, sándwiches de queso en bolsas para sándwich, Nescafé, tacos hasta tarde. Las vueltas que da la gente, la relación con sus propias extremidades ociosas. La mayoría se amontona como gansos si están juntos. Parejas que esperan inquietas, el flash de una cámara, un llanto irregular desde un auto estacionado. Las lamparitas de las marquesinas. Miradas al relo...

Luis García Montero (1958 )

Indulto                                              a joan y josé emilio Llamo a conserjería. Tengo frío en el cuarto y no funciona la calefacción. Miro por la ventana este paisaje de vertederos en la niebla sucia. Ni siquiera la niebla puede ocultar los plásticos, las latas, la carroña convertida en silencio. Sólo un rayo de luz al desnudarlo todo delante de mis ojos me concede el indulto. Es una petición en esta vida. Se han olvidado. Nadie responde a tus llamadas. ¿De qué te quejas?, pienso. Ya lo sabes, te vas a morir solo. La muerte es ejercicio solitario y no habrá nadie más que tú allí donde se duerman los recuerdos y las preocupaciones. Pero pasos de luz en la escalera -apenas un rumor en el que están los otros- me suben el indulto. Es una petición en esta vida. Como un gato que sale del estiércol, como el murmu...

Zhao Lihong (1952 )

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                                                                         u.chile Pulmones Mis pulmones son hojas que abanican mientras el aire entra y sale. Aire de este mundo, informe y formado, alguna vez insinuante y grave, alguna vez tontamente revoltoso, emisor de ecos que conmueven el alma. Cuando yo era joven, mis pulmones eran tiernos retoños, a pesar de haberse endurecido al crecer, hambreados  y solos, respiraban aire puro. Nunca aprendí a fumar, por eso mis pulmones se libraron de los males de la nicotina. Ahora que mis patillas son de un blanco níveo y no me preocupa más mi subsistencia, mis pulmones están amortajados en smog. ¿Cómo puede una endeble máscara proteger de este penetrante polvo? Cicatrices Al desnudarme encontré cicatrices, lacer...

Eloy Sánchez Rosillo (1948 )

Camino del silencio Y ahora cállate. No dejes que a tus labios se asomen nunca más las palabras que hoy has dicho por vez última. Guarda la voz para tu soledad. Que tu trabajo sea el silencio, el gozo o el dolor de callar lo que las horas te dieran, lo que aprendiste en los días luminosos que se fueron. Cuerpo dormido A veces recuerdo la tibieza de aquellos días, la gracia de aquel cuerpo dormido, la blancura del lecho en un rincón del cuarto, el libro abandonado, entreabierto, la lámpara sumisa, la ventana, el sonido lejano de la lluvia, los lentos rumores de la noche. y pienso entonces que fue hermosa la vida, y acaricio en mi pecho las heridas del tiempo. ("poemas del alma")