LA VIDA CON ALFILERES
Rogelio Luévano tenía un coche al que llamaba Palomo y al que, cuando empezaba a fallarle, le hablaba en voz alta y con un tono amable, para que el otro atendiese. Al igual que los hombres de campo a sus caballos, él le decía piropos a su VW para que éste no lo dejara atascado a medio camino, cuando iba a los ensayos de La noche de los asesinos , ya en la Casa del Lago en Chapultepec, donde hizo los trazos iniciales y, junto con el elenco, el trabajo de mesa, ya en Coyoacán, donde se hizo temporada. No era la primera vez que Rogelio llevaba a escena la obra del cubano José Triana, ya anteriormente la había montado en el lejano Torreón, en sus inicios en el quehacer escénico. Pero las obsesiones del hombre, le digo bajo la higuera, son a veces fijaciones de toda la vida, escenas que se repiten una y otra vez en el recuerdo; repetición que a veces adquiere dimensión de pesadilla, recurrente como una enfermedad que periódicamente se manifiesta; o una depresión; o un amor loco, sin atadur...