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Luis Arturo Ramos (1947 )

Sexo El paisaje se me reveló en el cuerpo de una mujer. Esperanza, la primera mujer en mi vida, acostumbraba mostrarnos los calzones como anticipación del sexo con que después nos inauguraría el sentido de la vista. Luego de un bailoteo eficaz con la falda hasta la cintura, nos bendecía con la luz de su entrepierna desde el corredor de su casa. Nosotros, mis amigos y yo, atisbábamos del verde tierno de su pubis tras un seto de arbustos a casi 20 metros de distancia. Desde entonces asocio el sexo de las mujeres con el reino vegetal. Años después, de regreso de un partido de beisbol en los llanos que rodeaban a mi pueblo, vi a una loca recién violada dar alaridos entre las raíces mastodónticas de una ceiba. Desnuda y desmelenada, nos ofrecía entre aullidos su sexo con las manos que yo vi como si fuera una madejada de bejucos oscuros. Ante mis ojos, había amputado con las uñas su sexo aterrador y me lo aventaba a la cara como un escupitajo o una maldición. La mujer se despenaba a lomos...

EL OTRO KAVAFIS

uno. Kavafis pertenecía a la comunidad griega de Alejandría, hoy muy diezmada; de niño pasó algunos años en Inglaterra, pero luego su ciudad natal volvió a absorberlo. Se convirtió en funcionario de no sé que oficina de Riego y fue también corredor de bolsa. Fue dos veces a Atenas, la primera en 1901, la segunda en 1932, para ser operado de la garganta; murió en Alejandría al año siguiente. Su gloria ha sido póstuma porque el poeta publicó muy poco en vida: en forma de libro, sólo una plaquette , reeditada después y aumentada; en forma de hojas volantes, gran parte de sus otras poesías. Estas hojas, de las que he visto algunos ejemplares, no deben hacer pensar en nada popular, como el pescador de Chiaravalle: están cuidadosamente impresas y destinadas sin duda a terminar en manos de los encuadernadores. Los fieles de Kavafis poseen varias colecciones de ellas y hoy existen ediciones normales de sus poesías, mientras crece cada vez más la contribución de la crítica a la compr...