EL PODER DE LA PALABRA

Aquel domingo hice un viaje relámpago a Fresnillo, distante una hora de camino, donde compré una boina para el invierno venidero y un regalo que llevaré a una amiga de México en los primeros días del año, cuya madre es devota de la Virgen de San Juan de los Lagos, a la que año con año visita en su santuario. De regreso y por decisión propia hice una escala en Calera, población ubicada a medio camino entre Fresnillo y mi casa. Ahí comí y al abordar el camión de regreso, vi en los asientos contiguos a Sarah, casada con el hijo sordomudo de un conocido -en el pueblo todos nos conocemos- que viajaba, supongo, con su querido, que la traía abrazada como sólo se entrelaza una pareja de distinto sexo en un sitio expuesto.
Como no la reconocí de inmediato pues sólo la he tratado superficialmente cuando paso a recoger algún diario o revista publicados en la capital, le fijé la vista más de lo usual. Cuando me contestó el breve saludo de cejas, al tiempo que nos reconocíamos, desvié la vista de ella y su pareja, que no era el sordomudo, hijo de mi amigo y proveedor de publicaciones periódicas.
Durante el trayecto de regreso, con una duración aproximada de treinta minutos máximo, me demoré en el hecho recién revelado: Sarah es madre de un niño de escasos cuatro o cinco años, que no nació con las dos facultades ausentes del padre. Entonces ella necesita "enseñarle" o "descubrirle" el mundo al hijo, inculcarle el sonido de cada objeto, de cada ser vivo de su entorno pues el padre carece de la capacidad, del privilegio del oído y de la voz, de la designación de las acciones que ejercen los seres vivos.
Ella, Sarah, fue educada en un mundo "normal", en un universo "completo": fue mimada, orientada, sancionada y -acaso- castigada cuando dio motivo para ello -además así es el transcurso de la infancia en casa y otros sitios equivalentes como el colegio, la doctrina, las fiestas y reuniones infantiles, etcétera-. Así entonces transcurre la niñez, pubertad, adolescencia y juventud. Con sus compañeros, amigos y novios sucesivos aprendió Sarah a expresarse con palabras de afecto distintas, incluso con críticas y querellas, a las empleadas en casa con vecinos y parientes. Pero no con el padre de su hijo, quien sustituye el habla articulada con ruidos de garganta, mímica y gestos del rostro, con silencios prolongados mientras se ilustra el discurso con manos, brazos y piernas para indicar una acción o las consecuencias de ésta.
Aquí caben dos paréntesis, pues hace ya años que Martín, el primer sordomudo que conocí, para más señas mi pariente, al hacer una síntesis de un hecho o una acotación al final de un suceso o episodio familar, agregaba: "Teto kato". Cuando su interlocutor, un tío u otro conocido consanguíneo lo escuchaba, volteaba a ver a alguien de la casa y repetía el dicho final de Martín: "Teto kato", como admitiendo la acotación y rubricando el hecho con el mismo sello de "recibido". Entonces el otro, el que había preguntado que cómo estuvo el asunto, sólo levantaba los hombros para subrayar algo así como: "Bueno, así es la vida."
El segundo paréntesis se refiere, ya pasados algunos años, a un vecino también sordomudo que se casó con otra sordomuda, que pronto fueron padres de un varoncito que poseía ambas facultades: el oído y la palabra. En la primera ocasión que tuve, le manifesté mi asombro al escritor Juan Villoro, que había ido a Torreón. Su explicación hizo que yo dejara atrás mi cara permanente de "what": también hay enanitos que tienen hijos normales, o viceversa.
Pero mejor regresemos a Sarah. Entonces ella, la esposa y la madre, observa un comportamiento lógico: busca complementar su educaciòn sentimental de mujer y mamá con otro hombre, aquél que posee el don de la palabra amorosa. No me refiero a un poeta cursi ni a un declamador grandilocuente ni engolado, como aquellos que a veces viajan en el camión de nuestro destino, o en la corrida de tren a San Pedro de las Colonias, para granjearse el sustento, sino simplemente a aquél que le procure al oído la frase de oro: "Sarah, te amo."

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