Durante los 13 años, 10 meses y seis días que se pavoneó por las pantallas de televisión de todo el mundo, entre su primera toma de posesión como presidente de Venezuela y su desaparición del escenario público el pasado mes de diciembre, nunca se supo exactamente qué pensar de Hugo Chávez, que murió el martes a los 58 años. Bailó, rió, parloteó, amenazó, cantó, bravuconeó, alardeó, y ahora el comandante, que en realidad era teniente coronel, ha dejado un gran hueco. En sus años en el poder, nunca faltaba tema de conversación en una cena o una fiesta venezolana: siempre estaba Chávez, y solo Chávez, como objeto de lamentaciones, elogios, burlas o ruegos. Él era el único problema y la única solución a todos los problemas. En su ambición infinita y desatada —la ambición del gordo que se ensancha en el ascensor para ocupar más espacio—, él lo era Todo. Fueron infinitas las contradicciones de Chávez, a quien nunca le gustaron los derramamientos de sangre, ni la suya ni la de otros: abortó ...