EL HOMBRE MÁS RICO DEL MUNDO
Cada mes el hombre más rico del mundo viene a casa a tocarme en la ventana con sus nudillos seguros y varoniles, son tres golpes discretos pero firmes como corresponden a su importancia de clase mundial. Cuando me asomo para corroborar su presencia esperada, él ya se ha ido aunque lo adivino por la estela que deja su loción inconfundible y la cantidad a pagar por el contrato que firmamos por el servicio telefónico y de internet con tarifa fija y número de llamadas preestablecidas.
Aunque invariablemente el recibo expira los días 25 de cada mes, el exitoso hombre de negocios me entrega el documento que avala nuestro convenio a principios de mayo, en este caso, o en junio, el mes entrante y así sucesivamente. Él quiere asegurarse que jamás será desplazado del primer puesto a escala mundial ni por el mítico Tío Rico Mac Pato, ni por Bill Gates ni por cualquier otro potentado de primer mundo y de riqueza dudosa.
Gracias al contrato que mantengo con él, he recibido llamadas de mujeres vencidas por la soledad y el alcohol a altas horas de la madrugada a quienes he aclarado que marcaron un número equivocado, que no son horas de equivocarse sino de retomar el sueño, antes de colgar y encender luego la luz roja de la contestadora, donde se grabará un discurso incoherente y cargado de reproches a un presunto amante que las mandó al carajo
Reconozco que mi contrato incluye el privilegio de charlar con desconocidos que usualmente marcan en las tardes para preguntarme por la familia y los parientes extraviados en la distancia de otros países, enclavados al norte de mis ventanas. Antes de que prosigan con su interrogatorio indirecto y no siempre sutil, me les adelanto para aclararles que no tengo familia y es el momento en que cuelgan, con la certeza de que marcaron a un sitio equivocado, a casa de alguien acaso no susceptible de extorsión.
También gracias a este documento, mantengo y alimento el privilegio de que se ocupen de mí desconocidos candidatos a puestos de elección popular que saben que existo y que mi voto cuenta. De antemano saben que si son agraciados con mi decisión de apoyarlos, para el entrante otoño podrán incrementarme impuestos, alcabalas y se olvidarán, mareados por el poder de la democracia y las urnas, de promesas y campañas. Me mandarán al cabrón en suma.
Admito que merced a mi contrato, ventajoso para el Tío Rico del siglo XXI, colaboro en el mantenimiento del estatus de privilegios para unos cuantos, producto del capitalismo salvaje que mantiene en la jodidez a millones como yo y otros que siguen este discurso de fuerza dudosa y credibilidad ídem. Reconozco que estoy al tanto de que sus tarifas telefónicas y de servicio de internet son de las más altas del mundo, pero ni modo: me gusta ser cumplido con mis compromisos y para ello me sobo el lomo.
Cada treinta días tocan a mi puerta, luego que se ha despedido de mí el hombre más rico de este país, el casero, el repartidor de gas y el de pizzas, el chofer del camión de la basura, el de los refrescos, el de la tierra para macetas, el vendedor de seguros, el del plan previsor Hernández, el predicador del Apocalipsis, la señora que hará una reliquia a San Juditas y otra al Vaquerito de Plateros, el encargado de revender celulares extraviados, la chica del INEGI, el padrote de la esquina, el de los quesos, las gorditas, las jaulas para los niños, el de los cachitos de la Lotería, el cartero, el que entrega los recibos de JIAPAZ, de la CFE, la cartomanciana y la vecina que si tengo cambio de un billete de 500 o una taza de azúcar. Y así cada ratito hasta que opto por cambiar de domicilio, identidad y estatus.
Aunque invariablemente el recibo expira los días 25 de cada mes, el exitoso hombre de negocios me entrega el documento que avala nuestro convenio a principios de mayo, en este caso, o en junio, el mes entrante y así sucesivamente. Él quiere asegurarse que jamás será desplazado del primer puesto a escala mundial ni por el mítico Tío Rico Mac Pato, ni por Bill Gates ni por cualquier otro potentado de primer mundo y de riqueza dudosa.
Gracias al contrato que mantengo con él, he recibido llamadas de mujeres vencidas por la soledad y el alcohol a altas horas de la madrugada a quienes he aclarado que marcaron un número equivocado, que no son horas de equivocarse sino de retomar el sueño, antes de colgar y encender luego la luz roja de la contestadora, donde se grabará un discurso incoherente y cargado de reproches a un presunto amante que las mandó al carajo
Reconozco que mi contrato incluye el privilegio de charlar con desconocidos que usualmente marcan en las tardes para preguntarme por la familia y los parientes extraviados en la distancia de otros países, enclavados al norte de mis ventanas. Antes de que prosigan con su interrogatorio indirecto y no siempre sutil, me les adelanto para aclararles que no tengo familia y es el momento en que cuelgan, con la certeza de que marcaron a un sitio equivocado, a casa de alguien acaso no susceptible de extorsión.
También gracias a este documento, mantengo y alimento el privilegio de que se ocupen de mí desconocidos candidatos a puestos de elección popular que saben que existo y que mi voto cuenta. De antemano saben que si son agraciados con mi decisión de apoyarlos, para el entrante otoño podrán incrementarme impuestos, alcabalas y se olvidarán, mareados por el poder de la democracia y las urnas, de promesas y campañas. Me mandarán al cabrón en suma.
Admito que merced a mi contrato, ventajoso para el Tío Rico del siglo XXI, colaboro en el mantenimiento del estatus de privilegios para unos cuantos, producto del capitalismo salvaje que mantiene en la jodidez a millones como yo y otros que siguen este discurso de fuerza dudosa y credibilidad ídem. Reconozco que estoy al tanto de que sus tarifas telefónicas y de servicio de internet son de las más altas del mundo, pero ni modo: me gusta ser cumplido con mis compromisos y para ello me sobo el lomo.
Cada treinta días tocan a mi puerta, luego que se ha despedido de mí el hombre más rico de este país, el casero, el repartidor de gas y el de pizzas, el chofer del camión de la basura, el de los refrescos, el de la tierra para macetas, el vendedor de seguros, el del plan previsor Hernández, el predicador del Apocalipsis, la señora que hará una reliquia a San Juditas y otra al Vaquerito de Plateros, el encargado de revender celulares extraviados, la chica del INEGI, el padrote de la esquina, el de los quesos, las gorditas, las jaulas para los niños, el de los cachitos de la Lotería, el cartero, el que entrega los recibos de JIAPAZ, de la CFE, la cartomanciana y la vecina que si tengo cambio de un billete de 500 o una taza de azúcar. Y así cada ratito hasta que opto por cambiar de domicilio, identidad y estatus.
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