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Mostrando entradas de noviembre, 2019

Bruce Chatwin (1940/1989 )

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Lo que aún no había  visto era la cabeza de la serpiente, lista para atacar, erguida detrás de un arbusto. Embragué mis piernas en la marcha atrás y retrocedí, muy lentamente, uno... dos... uno... doss. La serpiente también se replegó, y se deslizó dentro de un agujero. Me dije:"Estás muy sereno"... hasta que sentí las convulsiones de la náusea. ("los trazos de la canción", ed. península, barcelona, 2000, trad. eduardo goligorsky)

Natalia Ginzburg (1916/1991 )

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Domingo Ha habido en mi vida interminables domingos desolados y vacíos, en los que deseaba ardientemente escribir algo para consolarme de la soledad y del aburrimiento, para ser acariciada y acunada por frases y palabras ("sureando", s/c al traductor)

Vladimír Holan (1905/1980 )

Ese instante ¿Qué esperas todavía? Tal vez ese momento que es pecado y absolución. Ese momento en que hay que ir a robar manzanas al huerto del párroco, y te ayuda en ello el sacristán. ("cómo cantaba mayo", trad. clara janés)

José Coronel Urtecho (1906/1994 )

Nihil Novum No busque nada nuevo, ¡oh mi canción!; nada hay oculto bajo el rascacielo, nada en la máquina que sube al cielo, ha cambiado desde Salomón. Es muy antiguo el hombre y su pasión, guarda en el nuevo día el viejo anhelo, bajo la nueva noche igual desvelo y el mismo palpitar del corazón. No te engañen los nuevos continentes, con sus plantas, sus bestias y sus gentes, ni sus canciones con sus nuevos acentos. Todo lo que dice algo ya está dicho: sólo nos queda el aire y su capricho de vagos sones que se lleva el viento. ("nueva antología depoesía hispanoamericana 1914-1970"), josé olivio jiménez, alianza edit., madrid, 1973.)

Aurora Luque (1962 )

Gel Preparo la toalla. Me descalzo. Esa esponja porosa y amarilla que compré en un mercado obsceno de turistas en la isla de Hydra qué dócil bajo el agua cotidiana tantos meses después, en el exilio. De pronto el gel recuerda -su claridad lechosa, su consistencia exacta- el esperma del mito, el cuerpo primitivo y trastornado de Urano, un susurro de olas mar adentro y una diosa que aparta los restos de otra espuma de sus hombros. Me punza una emoción tan anacrónica, un penoso latir, hondo y absurdo, por ese mar. Por ese sólo mar. Busco una dosis de mares sucedáneos. Cómo podría desintoxicarme. Dependo de por vida de una droga. De Grecia. ("cervantes virtual")

Oscar Hahn (1938 )

                        Nacimiento del fantasma Entré en la sala de baño cubierto con la sábana de arriba Dibujé tu nombre en el espejo brumoso por el vapor de la ducha Salí de la sala de baño y miré nuestra cama vacía Entonces sopló un viento terrible y se volaron las líneas de mis manos las manos de mi cuerpo y mi cuerpo entero aun tibio de ti Ahora soy la sábana ambulante el fantasma recién nacido que te busca de dormitorio en dormitorio ("revista altazor")

Uriel Martínez (1950 )

Tareas I. Se ase a su cuerpo como bebé a la ubre salvadora; se aferra a su torso como quien llega cansado al último archipiélago; se agarra de sus manos como sordomudo al abecedario desconocido; se toma del pretil lo mismo que hombre mosca a la cantera del derrumbe; en fin, callado, en susurros, ciego le dice "hazme el paro" [Inédito]

Xavier Villaurrutia (1903/1950 )

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Inventar la verdad Pongo el oído atento al pecho, como, en la orilla, el caracol al mar. Oigo mi corazón latir sangrando y siempre y nunca igual. Sé por qué late así, pero no puedo decir por qué será. Si empezara a decirlo con fantasmas de palabras y engaños al azar, llegaría, temblando de sorpresa, a inventar la verdad: ¡Cuando fingí quererte, no sabía que te quería ya! ("antología de la poesía hispanoamericana 1914-1970", j. olivio jiménez, alianza editorial, madrid, 1973)

Nadia López García (1992 )

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                                                             foto fb autora Tiricia La tía Otilia siempre tenía frío. Temblaba mucho, la tristeza le pesaba en los ojos. Recuerdo que le arrimaban café y telimón para que su estómago se calentara, pero el frío seguía bien abrazado a ella. Decía mi abuela que estaba tiricienta porque se le había puesto triste el corazón. Sí, tenía tiricia porque le dolía el alma. Tenía tiricia porque no le daba hambre y tampoco podía llorar. Dicen que la agarró cuando se enteró que mataron a su hijo, allá en el norte, por eso comenzaron a bañarla con flores blancas para luego aventarlas al río y así él se las llevara y con ellas la tristeza se fuera, también la llevaban a escuchar la banda del pueblo porque con la música…se cura la tiricia. Tiricia Bitzinchua zini chichi Tili...

W.S. Merwin (1927/2019 )

Árboles Estoy mirando los árboles tal vez sean una de las cosas que extrañaré más de la tierra aunque muchos de los que he visto ya no pueda recordarlos y aunque pocas veces abrace los que veo y aunque nunca he podido hablar con uno los escucho con ternura nunca alcanzados por sus nombres en ronda han cuidado mi sueño y cuando estaba prohibido subirse a ellos me han mecido en sus ramas ("pájaros lanzallamas', traducción de jorge esquinca y maría palomar)

Gerardo Deniz (1934/2014 )

Yace aquí Tuvo y tendrá incondicionales                                                    y detractores feroces. Cometió errores,                            ganó indulgencias; conoció la gloria.                              Gran político, sin él sería otra la faz del tiempo; concuerdan aún las apreciaciones más inglesas. Ojalá, por lo menos, haya sido enterrado vivo. ("mansalva", sep, segunda serie lecturas mexicanas, no.85, 1987)

Joan Margarit (1938 )

Mujer de invierno Hoy que la soledad es la última forma del amor, esta triste ciudad ha hecho que pierda lo que había perdido, ya, de ti. ¿A qué has venido? ¿Quién eres, si eres sólo la imagen en el fondo del pozo de mí mismo? He quemado tu cuerpo en mi interior, todo ha llegado demasiado tarde. Ser viejo Entre las sombras de los gallos y los perros de patios y corrales de Sanaüja, se abre un agujero que se llena con tiempo perdido y lluvia sucia cuando los niños van hacia la muerte. Ser viejo es una especie de posguerra. Sentados a la mesa en la cocina, limpiando las lentejas en los anocheceres de brasero, veo a los que me amaron. Tan pobres que al final de aquella guerra tuvieron que vender el miserable viñedo y aquel frío caserón. Ser viejo es que la guerra ha terminado. Es saber dónde están los refugios, hoy inútiles. ("trianarts" y blog autor)

Gerardo Deniz (1934/2014 )

Boquiabierto Un pobre intelectual se me quejaba de que la música lo despersonificacioncionalizaba. Yo pensaba con pasmo si sobreviviría a un simple orgasmo. ("mansalva", sep, dir. gral. publicaciones, col. lecturas mexicanas, 1987)

Carlos Pellicer (1897/1977 )

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Nocturno No tengo tiempo de mirar las cosas como yo lo deseo. Se me escurren sobre la mirada y todo lo que veo son esquinas profundas rotuladas con radio donde leo la ciudad para no perder tiempo. Esta obligada prisa que inexorablemente quiere entregarme el mundo con un dato pequeño. ¡Este mirar urgente y esta voz en sonrisa para un joven que sabe morir por cada sueño! No tengo tiempo de mirar las cosas, casi las adivino. Una sabiduría ingénita y celosa me da miradas previas y repentinos trinos. Vivo en doradas márgenes; ignoro el central gozo de las cosas. Desdoblo siglos de oro en mi ser. Y acelerando rachas -quilla o ala de oro-, repongo el dulce tiempo que nunca he de tener. ("antología de la poesía hispanoamericana 1914-1970", j.olivio jiménez, alianza editorial, madrid, 1973)

Eugenio Florit (1903/1999 )

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Campo 7 Vi desde un pico de sierra -con mi soledad estaba- cómo el cielo se aprestaba a caer sobre la tierra. Nubes de color de guerra con fuegos en las entrañas hundían manos extrañas en las ceibas corpulentas y la brisa andaba a tientas rodando por las montañas. ("antología de la poesía hispanoamericana 1914-1970", josé olivio jiménez, alianza editorial, madrid, 1973).

Nuno Júdice (1949 )

La noche de verano Una noche antigua de verano en que todas las estrellas brillaban en su lugar cierto, esa noche de calor oí las ranas en el agua de los arrozales. Las nubes de mosquitos cubrían el camino por donde te vi pasar, descalza, corriendo sobre la tierra hasta el patio de la casa cerrada donde sólo vivían los fantasmas, esperando que les abrieras la puerta para atravesar el campo de los ahorcados. Pero tú no los viste, y seguiste corriendo hasta la estación donde ya ningún tren se detiene, y fuiste hacia el rincón más oscuro del jardín, quitándote la blusa para liberar el pecho del calor de la noche y ofrecer a las estrellas las puntas de los senos. Sol invernal Sentado al sol, un día frío de invierno, el hombre espera a que las nubes lleguen. Con ellas vendrán las noticias del norte, el sonido de antiguos vapores al entrar en el muelle, el pregón de quienes venden los primeros periódicos del día, los gritos de las criadas en el patio ahuyentando l...

Amalia Bautista (1962 )

Ida y vuelta Cuando nos dirigimos al amor todos vamos ardiendo. Llevamos amapolas en los labios y una chispa de fuego en la mirada. Sentimos que la sangre nos golpea las sienes, las ingles, las muñecas. Damos y recibimos rosas rojas y rojo es el espejo de la alcoba en penumbra. Cuando volvemos del amor, marchitos, rechazados, culpables o simplemente absurdos, regresamos muy pálidos, muy fríos. Con los ojos en blanco, más canas y la cifra de leucocitos por las nubes, somos un esqueleto y su derrota. ("poetasdelmundoactual")

Jorge Carrera Andrade (1902/1978 )

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Hombre planetario Hombre planetario (fragmento) V Eternidad, te busco en cada cosa: en la piedra quemada por los siglos, en el árbol que muere y que renace, en el río que corre sin volver atrás nunca. Eternidad, te busco en el espacio, en el cielo nocturno donde boga el luminoso enjambre, en el alba que vuelve todos los días a la misma hora. Eternidad, te busco en el minuto disfrazado de pájaro, pero que es gota de agua permanente que cae y se renueva sin agotarse nunca. Eternidad, tus signos me rodean, mas yo soy transitorio: un simple pasajero del planeta. ("antología de la poesía hispanoamericana-1914-1970", josé olivio jiménez, alianza editorial, madrid, 1973)

Uriel Martínez (1950 )

Bienaventurados Bienaventurados aquellos que a las 22 horas tienden la cama antes de acostarse a morir Bienaventurados aquellos que antes de dormirse lavan detenidamente sus placas. encías y paladares Bienaventurados aquellos que se encomiendan a sus homónimos, fantasmas y pesadillas antes de entregarse al frío Bienaventurados aquellos que pasan la noche sin internet, sin cerveza ni Cabernet en las venas Bienaventurados aquellos que tienen el coraje de apagar la última colilla en el cenicero Bienaventurados los que tienen el propósito de enmienda cada noche, cada día, cada mañana  De todos ellos será el reino. (Inédito)

José Gorostiza (1901/1973 )

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Pausas II No canta el grillo. Ritma la música de una estrella. Mide las pausas luminosas con su reloj de arena. Traza sus órbitas de oro en la desolación etérea. La buena gente piensa -sin embargo- que canta una cajita de música en la hierba. ("antología de la poesía hispanoamericana 1914-1970", josé olivio jiménez, alianza editorial, madrid, 1973)

Carlos Pellicer (1899/1977 )

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Soneto postrero II Nada hay aquí, la tumba està vacía. La muerte vive. Es. Toma el espejo y mírala en el fondo, en el reflejo con que en tus ojos claramente espía. Ella es misteriosa garantía de todo lo que nace. Nada es viejo ni joven para Ella. En su cortejo pasa un aire frugal de simetría. Cuéntale la ilusión de que tú ignoras dónde está, y en los años que incorporas junto a su paso escucharás el tuyo. Alza los ojos a los cielos, siente lo que hay de Dios en ti, cuál es lo suyo, y empezarás a ser, eternamente. ("antología de la poesía hispanoamericana 1914-1970", josé olivio jiménez, alianza editorial, madrid, 1973)

Eunice Odio (1919/1974 )

Aprisionada por la espuma II Voy a tu cuerpo igual que ir a los ríos, igual que van los ríos a los pájaros y ellos al espacio desatado y florido. Vengo de ti a la era donde todo es de todos: los que llegan, los que se han ido, los que aún no han venido, los que no volverán… Porque eso es tu cuerpo: un adentro, un afuera compartido por mí y por el viento, por el mar y los seres que lo guardan; por el color y las embestidas del otoño, y las andanzas del verano ¡que viste cosas silvestres y es custodio de las abejas y funde las hierbas en un crisol matutino, en una prolongación de azucenas. ("revistaaltazor")

Francisco Luis Bernárdez (1900/1978 )

Soneto del amor victorioso Ni el tiempo que al pasar me repetía que no tendría fin mi desventura será capaz con su sombra obscura de resistir la luz de mi alegría, ni el espacio que un día y otro día convertía distancia en amargura que apartará de la persona pura que se confunde con mi poesía. Porque para el Amor que se prolonga por encima de cada sepultura no existe tiempo donde el sol se ponga. Porque para el Amor omnipotente, que todo lo transforma y lo transfigura, no existe espacio que no esté presente. ("antología de la poesía hispanoamericana 1914-1970", josé olivio jiménez, alianza editorial, madrid, 1970)

León de Greiff (1895/1976 )

Balada del tiempo perdido I El tiempo he perdido y he perdido el viaje... Ni sé adónde he ido... Mas sí vi un paisaje sólo en ocres: desteñido... Lodo, barro, nieblas; brumas, nieblas, brumas de turbio pelaje, de negras plumas. Y luces mediocres. Y luces mediocres. Vi también erectos pinos: señalaban un dombo confuso, ominoso, abstruso, y un horizonte gris de lindes circunspectos. Vi aves graves, aves graves de lóbregas plumas —antipáticas al hombre—, silencios escuché, mudos, sin nombre, que ambulaban ebrios por entre las brumas... Lodo, barro, nieblas; brumas, nieblas, brumas. No sé adónde he ido, y he perdido el viaje y el tiempo he perdido... ("antología de la poesía hispanoamericana 1914-1970", josé olivio jiménez, alianza editorial, madrid, 1973)

Luis Palés Matos (1898/1959 )

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Elegía del Duque de la Mermelada ¡Oh mi fino, mi melado Duque de la Mermelada! ¿Dónde están tus caimanes en el lejano aduar del Pongo, y la sombra azul y redonda de tus baobabs africanos, y tus quince mujeres olorosas a selva y a fango? Ya no comerás el suculento asado de niño, ni el mono familiar, a la siesta, te matará los piojos, ni tu olor dulce rastreará el paso de la jirafa afeminada a través del silencio plano y caliente de las sabanas. Se acabaron tus noches con su suelta cabellera de fogatas y su gotear soñoliento y perenne de tamboriles, en cuyo fondo te ibas hundiendo como en un lodo tibio hasta llegar a las márgenes últimas de tu gran bisabuelo. Ahora, en el molde vistoso de tu casaca francesa, pasas azucarado de saludos como un cortesano cualquiera, a despecho de tus pies que desde sus botas ducales te gritan: -Babilongo, súbete por las cornisas del palacio- Qué gentil va mi Duque con la Madama de Cafolé, todo afelpado y pulcro en la onda azu...

Ricardo E. Molinari (1898/1996 )

Elegías III Estoy encerrado en mi país y tengo hastío, horror desesperado; nada me solaza, entretiene, sólo el campo es alto, inmenso, victorioso y leve como la sombra de las nubes sobre las tejas rojas de mi casa. Crece la muerte y ando distante de mí, soñado, junto a unos árboles que el viento ligeramente frío de abril hace vacilar, y  en las interminables brumas de la conciencia, las horrendas desveladas; en la pobre lumbre que busca su expurgación por el ardido espacio vacío, que recoge y desmorona y teje el inútil polvo brillante en otro, tal vez sereno o subido. El otoño arrolla estas hojas movedizas, y miro la lejana tarde, el sol en su ahogado y fuerte fuego profundo, en el àvido y deshecho horizonte, limpio y entrañable. Canta un pájaro y acucia a la noche, amado y monótono, en la rama más grande y baja del día. Y aprieta el otoño. ("antología de la poesía hispanoamericana 1914-1970", josé olivio jiménez, alianza editorial, madrid, 1973)

Ricardo E. Molinari (1898/1996 )

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Poema de la niña velazqueña Ah, si el pueblo fuera tan pequeño que todas sus calles pasaran por mi puerta. Yo deseo tener una ventana que sea el centro del mundo, y una pena como la de la flor de la magnolia que si la tocan se oscurece. Porqué no tendrá el pueblo una cintura amurallada hasta el día de su muerte, o un río turbulento que lo rodee para guardar a la niña velazqueña. Ah, sus pasos son como los de la paloma, remansados; para la amistad yo siempre la pinto sin pareja; en una de sus manos lleva un globo de agua, en el que se ve lo frágil del destino y lo continuado del vivir. Su voz es tan suave, que en su atmósfera convalece la pena desgraciada, y como en las coplas: de su cabellera nace la noche y de sus manos el alba. En qué piedad o dulzura se irán aclimatando las cosas que ella mira o le son familiares, como el incienso, la goma de limón y la tardanza con que siempre la miro. Porqué no tendrá el pueblo allá en su fondo, un...

Raúl Garduño (1945/1980 )

Persuasión Lavaré, lavaré, abriré los soles de cada puerta, habitaré la tarde de cada fallecimiento, seré la mirada recién nacida en el escondrijo de cada duelo. Lavaré, deshojaré en los aires las alcobas vencidas, pondré el otoño donde el olvido aguarde, seré la tumba donde el amor repose. De los pasillos retiraré las sombras, el agua herida en las formas de cada piedra. Seré la mano en piedra que indique un puerto donde mi mano había. Allí el recuerdo. Allí las cartas donde la luz lleva las palmas que degolló el silencio. Allí el espacio de otro mundo, de la otra orilla como memoria en fiebre y el atroz azoro de las estancias. (Veamos sobre las hojas anhelantes, junto a la piedra que nos halla, cómo la noche a solas, citadina y torva, lanza a mansalva las estaciones). ("los danzantes espacios estatuarios", edición gobierno estado de chiapas, méxico, 1982)