Entradas

Mostrando entradas de julio, 2014

Gonzalo Rojas (1917/2011 )

La salvación Me enamoré de ti cuando llorabas a tu novio, molido por la muerte, y eras como la estrella del terror que iluminaba al mundo. Oh cuánto me arrepiento de haber perdido aquella noche, bajo los árboles, mientras sonaba el mar entre la niebla y tú estabas eléctrica y llorosa bajo la tempestad, oh cuánto me arrepiento de haberme conformado con tu rostro, con tu voz y tus dedos, de no haberte excitado, de no haberte tomado y poseído, oh cuánto me arrepiento de no haberte besado. Algo más que tus ojos azules, algo más que tu piel de canela, algo más que tu voz enronquecida de llamar a los muertos, algo más que el fulgor fatídico de tu alma, se ha encarnado en mi ser, como animal que roe mis espaldas con sus dientes. Fácil me hubiera sido morderte entre las flores como a las campesinas, darte un beso en la nuca, en las orejas, y ponerte mi mancha en lo más hondo de tu herida. Pero fui delicado, y lo que vino a ser una obsesión habría sido apenas...

Rosa Espinoza (1968 )

  Mudar es desprenderse Por la puerta de aquella mi casa un buen día salieron todos mis vestidos, hileras de zapatos, abrigos viejos, libros entrañables, cajas con fotos y calzones, y las ganas de seguir. Uno a uno en el camión rentado, se montaron bultos, los años que pesaban, el sartén, y un par de tazas sin café. Por el mismo quicio, cruzaron mudas de ropa, bolsas llenas de tristeza, y el temblor en mis pies, que se aferraban a ese suelo. Mi lengua tropezaba, mis entrañas se abatían. Pero el vértigo de lo incierto, del futuro promisorio insistió con la succión. Esa puerta vio salir mi porvenir y las cobijas, el frío de mi espalda, los abrazos. Algo se aferró a quedarse, adherido está en las paredes, junto al aroma de tabaco, y el brillo de tus ojos. Ya hay resignación y entiendo bien que mudar es desprenderse para siempre, aunque el corazón mantenga intactos los latidos y ...

Uriel Martínez (1950 )

María Félix Vine a Comala a la exposición "María Félix cien años de esplendor"; sólo encontré tapias entre tapias.

Alda Merini (1931/2009 )

37 E ncendí una fogata en mis noches de luna para llamar a los huéspedes como hacen las prostitutas en la orilla de ciertas carreteras, pero nadie se detuvo a mirar y mi fogata se apagó. (fuente: "emmagunst.blogspot", traductor: Roberto Martínez Bachrich)

Gregory Orr (1947 )

La distancia El invierno de mis ocho años, un caballo patinó en el hielo y se rompió una pata. Mi padre cogió un rifle, una lata de gasolina. Permanecí al costado del camino al anochecer y miré el cadáver que ardía en el prado lejano. Yo tenía doce años cuando lo maté; sentí mis propios huesos separarse de mi cuerpo. Ahora tengo veintisiete y camino junto a este río, buscándolos. Se han transformado en un puente que forma un arco hacia la orilla opuesta. (fuente: "otra iglesia es imposible", versión: Jonio González)

Dana Gioia (1950 )

Insomnio  E scuchas lo que tiene que decir la casa. Tuberías ruidosas, fugas de agua en lo oscuro, muros hipotecados que, inconformes, se trocan  y voces que se apilan en barullo infinito de quejas cortas, como sonidos de familia que año con año has ido aprendiendo a ignorar. Debes oír las cosas que posees, todo aquello por lo que trabajaste en los últimos años, el rumor de los bienes, de cosas averiadas, partes flojas a punto de caer desprendidas. Enrollado en las sábanas, recuerda todos esos rostros que nunca te fue dado amar. Cuántas voces te habían esquivado hasta ahora, el horno ventilado, la duela bajo el pie y las acusaciones constantes del reloj que cuenta los minutos registrados por nadie. La claridad terrible que trae este momento, la perspicacia inútil, la oscuridad intacta. (fuente: "emmagunst.blogspot", traducción: Hernán Bravo Varela)

Tomás Segovia (1927/2011 )

Cinco sonetos votivos III Sean dadas las gracias al sofoco, al estertor, al hipo, a la ronquera, a los ojos en blanco, a la bizquera, a la turbia visión fuera de foco. Con lealtad agradecida evoco esa carne que vi por vez primera retorcerse en su gloria, diosa y fiera, y húmeda de sudor y baba y moco. Aprendí para siempre, esa hora ardiente, qué a gusto se revuelca el alma altiva entre la piel, los pelos, la saliva, y abolida y violenta y dependiente, gime de gozo de acallar su empeño y no ser reina, y célibe, y sin dueño. (fuente: Casa del nómada, ed. Vuelta, col. La Imaginación, México, 1992.)

Miriam Reyes (1974 )

Mi padre enfermo... Mi padre enfermo de sueños en el asfalto incandescente de cien mil mediodías caminados bajo el sol en vertical perdió sus pies y apoyado en sus rodillas sigue buscando el camino de vuelta a casa. Mi padre sueña, rendido por el cansancio, que vuelve a su tierra y planta sus piernas y le crecen pies jóvenes y la savia de su tierra negra le alivia el dolor de las arrugas y resucita sus cabellos muertos. Luego despierta en un piso alquilado a la ciudad de los huracanes de la miseria y blasfema y maldice y no tiene amigos. Escondido en la noche papá llora por las certezas que lo defraudaron. Del otro lado de su piel mamá llora por mamá mamá llora por su casa que ya no habita y por paz y reposo y risa. Papá y mamá lloran cada uno a espaldas del otro en la cama en el más crudo estruendoso hermoso silencio que modula en frecuencias infrahumanas sonidos que se articulan como palabras: «si aquí no están mis sueños cómo puedo dormir aquí». Y...

Abilio Estévez (1954 )

22    En una pequeña plaza veo a un niño con las manos atadas, está sobre un entarimado, le han tapado los ojos, a su alrededor, cientos de hombres y mujeres ríen, lo señalan y ríen, vociferan y ríen, una anciana sube donde el niño y lo viste de mujer, la multitud grita, aplaude enardecida, el niño es hermoso y como está triste es más hermoso, no maldice, es un niño sereno y resignado, se le acerca un hombre, dice ser su padre, lo alza en brazos, lo lanza a la multitud, el niño desaparece entre gritos y blasfemias, ya no distingo a nadie, sino una masa oscura que se mueve y brama, y luego parece que llegara el silencio y la plaza quedara vacía, tengo la impresión de que estoy solo, creo ver el traje de mujer, me acerco,  no, no es ningún traje, es un poco de ceniza que el viento dispersa. (fuente: Manual de tentaciones, Tusquets editores, col. Marginales, 179, Barcelona, 1999.)

Nicanor Parra, poeta

Mujeres La mujer imposible, La mujer de dos metros de estatura, La señora de mármol de Carrara Que no fuma ni bebe, La mujer que no quiere desnudarse Por temor a quedar embarazada, La vestal intocable Que no quiere ser madre de familia, La mujer que respira por la boca, La mujer que camina Virgen hacia la cámara nupcial Pero que reacciona como hombre, La que se desnudó por simpatía (Porque le encanta la música clásica), La pelirroja que se fue de bruces, La que sólo se entrega por amor, La doncella que mira con un ojo, La que sólo se deja poseer En el diván, al borde del abismo, La que odia los órganos sexuales, La que se une sólo con su perro, La mujer que se hace la dormida (El marido la alumbra con un fósforo), La mujer que se entrega porque sí Porque la soledad, porque el olvido… La que llegó doncella a la vejez, La profesora miope, La secretaria de gafas oscuras, La señorita pálida de lentes (Ella no quiere nada con el falo), Todas estas walkirias ...

Uriel Martínez (1950 )

El vampiro El vampiro escucha pasos risas y pisadas sobre duelas de madera pedregosa; en silencio se asoma al ojo de buey de la noche donde ve jóvenes a la deriva; sabe que la noche es tierna: le impacienta el encierro armarios adentro, donde arde; reo bajo el peso de alas en desuso, reo de un vestuario diseñado a su medida desemprende altos vuelos; le gustaría desposeerse de grilletes, sogas, cadenas y nudos ciegos y correr a congregarse en ese río que va calle abajo; pero la edad, se dice a sí mismo, es una olla express en ebullición, ajena a su sed antigua.

Edgar Lee Masters, poeta

Harold Arnett Me apoyé contra la repisa de la chimenea, enfermo, enfermo, pensando en mi fracaso, mirando el abismo, debilitado por el calor del mediodía. Una campana de iglesia repicaba a lo lejos, como un lamento, oí el llanto de un bebé y la tos de John Yarnell, en cama, afiebrado, afiebrado, muriéndose, y luego la voz violenta de mi esposa: “¡Cuidado, las papas se están quemando!” Las olí… y tuve una irresistible repugnancia, apreté el gatillo… oscuridad… luz… un indescriptible arrepentimiento… quise recuperar a tientas el mundo. ¡Demasiado tarde! Así fue cómo vine hasta acá con pulmones para respirar… acá uno no puede respirar con pulmones, pero uno debe respirar… ¿De qué le sirve a uno librarse del mundo, cuando ningún alma puede alguna vez escapar del eterno destino de la vida? (fuente: "hasta donde llega la voz", versión de Tom Maver)

Sasja Janssen (1968 )

fabúlame Recuerdo la vida que no acaba Recuerdo las vueltas por la extensa nieve azul celeste Recuerdo los cerditos muertos a la vera del camino durmiendo dulcemente, aún hablaban Recuerdo mi primer amor que me dejó Recuerdo a mi madre, a veces le toca felicidad Recuerdo mi caída de la bici como una figurita sobre un viaducto en la helada Recuerdo a mi marido con omóplatos como alas Recuerdo una procesión en el pueblo primaveral con cintas en los árboles, los vestiditos blancos falsos el sol cortante recuérdame Recuerdo a mi hijo nonato Recuerdo la ciudad, sus suburbios, el edificio de la saltadora invitada donde yo estudiaba Recuerdo mi violación en un apartamento calefaccionado en Roma Recuerdo al estudiante de arquitectura, sobrevivió sin mí pero me quedé con él Recuerdo a mis amores, que me envolvían como un planetoide Recuerdo el bar azur donde no debía servirle más de diez espressos a un autor, aunque él no contara conmigo Recuerdo el canto elevado con una ...

Nuno Júdice (1949 )

Abril del 95 Abril es el mes más cruel, como dice Eliot. Al principio de abril se pueden contar las horas que faltan para la noche, y esperar a los astros que colman el cielo, en el campo, donde el aroma de las flores atormenta a los animales sin olfato. En abril las lluvias no son frías como en el invierno, pero dejan el alma encharcada cuando caen de repente, en la carretera. En abril el viento envuelve a la tierra en un torbellino y la lleva hasta el cielo, donde ensucia el azul antes de caer con un ruido de columnas. Pero no llevo la cuenta de los días, en abril; no sé si tus manos tienen líneas que van hasta el fin del mes; y no te oigo contarme historias oscuras de la víspera. En abril, como dice Eliot, la tierra muerta engendra las lilas de la concupiscencia: y tus labios ganan el color rojo de las cenizas, derramando un llanto vago sobre la muerte que el cielo limpio de estrellas ya anuncia. Y es que abril es el mes de los volcanes; oigo su ...

John Better (1978 )

  Awabuki   A la memoria de Daniel Zamudio   Querido diario: hoy lo he vuelto a ver deambulando por la plaza donde hace unos días nos conocimos. Se ha cortado la barba, pero ¿cómo no reconocer esa manera de caminar, esas manos que podrían construir una torre o echar abajo otra sin el menor esfuerzo? Se ha sentado en la misma banca y finge leer un libro, apuesto a que es uno de ese  escritor chileno que tanto le gusta y del que me regaló este tomo que llevo ahora conmigo: Los detectives Salvajes. ¡Qué grueso es! No llevo ni diez páginas leídas, soy medio lento para esas cosas. Desde aquí lo veo, se le han acercado varios chicos pero él no despega los ojos del libro. Aunque se vea tan ausente debe estar buscándome, mirando de reojo a ver si me ve por ahí, pero intuyo que quizá desea reprocharme el hecho de haberle sacado dinero de su cartera y haberme ido sin avisar de aquel lugar. Como me gustaría salir de aquí directo a donde está, pero ya es tarde, voy po...

Joan Perucho (1920/2003 )

Apocalipsis Los huesos, en el fango, han construido los palacios y ahora la sangre crepita por la noche hacia la aurora. Todo es posible en estas estancias solitarias. El viento extenderá las impalpables cenizas caídos ya los cortinajes de oro y damasco. Los asesinos se acercan con sus heraldos de humo y las largas trompetas de la muerte proclamada. (fuente: "otra iglesia es imposible", versión: Jonio González.)

Eunice Odio (1922/1974 )

Ausencia de amor I Amado en cuyo cuerpo yo reposo, Cómo será tu sueño cuando yo te he buscado sin hallarte. Oh, amado mío, dulcísimo como alusión de nardo entre aromas morenos y distantes, Cómo será tu pecho cuando te amo. Cómo será encontrarte cuando es amor tu cuerpo y tu voz, un manojo de lámparas. Amado, Hoy te he buscado por entre mi ciudad y tu ciudad extraña, donde los edificios no se alegran al sol, como frutales conchas y celestes cabañas. Y andaba yo con un crepúsculo enredado entre la lengua, Con aire de laguna y ropa de peligro. Me vio desde su torre un auriga de jaspe, Yo te andaba buscando por entre el verde olor de sus caballos, Por entre las matronas con pañales y pájaros; Y pensando en tu boca reposan mis ojos, como palomas diurnas entre hierbas amargas. Y te buscaba entonces por las inmediaciones de mi cuerpo. Tú me podías llegar desde el suceso cálido. (fuente: "petit palais du vocabulaire")

Uriel Martínez (1950 )

Mensajes Pensé escribirle un mensaje al pez de la pecera: pedirle una receta y mantenerme en vilo. Quise llamarle al águila que vive en madrigueras de aire; solicitarle en préstamo el catalejos de presas. Dudé en dirigirme al oso polar habitante antiguo de heladas estepas de agua; y guarecerme luego de muchos. Pero nada era viable, ni tan sólo esperar de la serpiente un retazo de su camisa de rombos de seda dorada. Opté por permanecer como la salamandra que va por la vegetación del ombligo a tientas, confundida y lenta.

Gloria Fuertes (1917/1998 )

Estoy soltera Estoy soltera, no soy soltera. Al atardecer, me chilla la soledad y es el ruido más soportable de todos los que existen. Me estoy quedando sorda. Me quedé soltera y en vez de vestir santos o desvestir santas me visto a deshora. Vivo en un intranquilo paraíso, mis amigas casadas viven en un tranquilo infierno, afortunadamente me quedé soltera por circunstancias luego por vocación. Tuve aventuras ocasionales. Cesó la lucha cuerpo a cuerpo con la soledad si ahora me veis cuerpo a cuerpo con ella es unidas en un abrazo no pasional sino confortable. (fuente: "petit palais du vocabulaire")

Odysseas Elytis (1911/1996 )

Poeta Entonces vi frente a mí una imagen que me será inolvidable: Sikelianós, de pie, descalzo, con un largo camisón blanco que le quedaba como las antiguas clámides, comía un racimo de uvas. De vez en cuando lo levantaba frente a la ventana abierta y lo admiraba a la luz. Helo ahí. Ese era él. Un auténtico poeta griego que no negaba la sensación, al contrario, la impulsaba hasta ponerla al revés y leer en sus adentros las señales secretas. (fuente: Crónica de una década, Ediciones sin nombre-Conaculta, col. El arca de  Babel, México, 2008, prólogo Miguel Castillo Didier, traducción Francisco Torres Córdova.)

Emma Barrandéguy (1914/2006 )

El apaciguamiento de las cosas Todo está en calma. Doy una última mirada al cuarto: si muriera esta noche mínimas serían las dificultades que siguieran. No hay nadie ya despierto y he concluido la última anotación de lo que haré mañana. Todo está encarpetado, no hay ningún ángulo que sobresalga. Casi no hay objetos redondos. Los piolines en su sitio y los suicidas sonriendo tras los vidrios. Este poema es lo único que da la clave de la madeja: "Los monstruos, bien peinados, por dentro".     (tomado de "bajo la rosa china.blogspot")

Irma Cuña (1932/2004 )

Isla Nadie Mi corazón sostiene cinco muertes Y un resplandor de fuga. ¿Cómo amar el resquicio por donde fluyen mariposas ebrias? Consuélame de tanta muchedumbre, De este jirón de rostro pudriéndose en la orilla. Mitad de río, lumbre, viento largo. Precipicio de amigos y olvido de cavernas. Nadie. Deshabitada convoco algunas sombras y un ritual apagado para manos oscuras. El sueño es una roca derrumbada. (fuente: "río negro on line")

Fernando Molano Vargas (1961/1998 )

Dulce hermano de los arietes De niño, papá despeinaba mi copete para que yo me enojara como un hombre. En los pesados trabajos de su taller de hierros forjó rudamente mi cuerpo. A los quince años mis piernas sostenían sin dificultad una nevera, y en mi pecho hubiesen podido llorar dos o tres muchachas. Allí mismo, en los sucios almanaques Texaco que envejecían sobre las paredes, él me enseñó el amor por las mujeres desnudas; y asomado a la puerta de las cantinas donde a veces bebía, aprendí la manera de aprovecharme de ellas. "Pero llegado el día en que tu madre enferme de muerte -me decía ebrio mientras lo llevaba a casa-, será justo que prefieras cuidar de tu esposa." Sin preguntar nada, un día celebró las heridas de mi primera riña y, sonriendo, descargó un puño sobre mi pecho. De igual manera él supo entonces sobreponerse al miedo, y hoy, a mis diecisiete, presumo de poder llegar tarde a casa. Oh, Diego, en largas jornadas papá hizo de mí una for...

Rosario Neira (1973 )

Los nombres del parque En aquel tiempo todos los rincones del parque tenían nombre. Nosotros habíamos recorrido tarde a tarde sus avenidas, sus doblados senderos; habíamos dado nombre a la tierra, al césped de flores amargas, a la colina, a la fuente de piedra y bronce,                                      a todo lo que amanecía extraño y nuevo a nuestros ojos. Lo recorrimos -lo recorriste- entonces,                        y no era parque, sino bosque redondo,                                      ...

Uriel Martínez (1950 )

En aquel tiempo... En aquella fotografía que nunca me tomé contigo aparezco con el pelo negro y la mirada oscura. En ese entonces me habías contagiado piojos de pubis a pubis sin otra razón más que tu gesto generoso. Aún hacía buen tiempo en nuestra vida cuando marcabas de la esquina al número de casa. Era viable hacer trayectos de noche iluminados con luz neón + un fondo de música apacible. Nadie imaginaba escenas minuciosas no recreadas en technicolor y un final adecuado a tu fe y la mía.

María Mercedes Carranza (1945/2003 )

Elegía C aminaba mirando el cielo  y me fui de narices. Ahora echo sangre por todas partes: Las rodillas, el aire, los recuerdos;  mi falda se desgarró y perdí los aretes, la razón.  ¿ No hay en el alma  una manera otra  de vivir un desamor? (fuente: "emmagunst.blogspot")

Luis Alberto de Cuenca (1950 )

Tiempos difíciles Era todo tan triste y tan absurdo. No vivías apenas. Te colgabas de la pared de la melancolía y veías pasar las lentas horas que hacia nada conducen y hacia nunca. Las mujeres te habían retirado su protección, los dioses su asistencia y la literatura su cobijo. Fueron tiempos difíciles aquéllos. (fuente: "rua das petras")

Karmelo C. Iribarren (1959 )

Lo demás son historias Mi mujer y mi hija, estas paredes y estos libros, un puñado de amigos que me quieren -y a los que quiero de verdad- las olas del cantábrico en septiembre, tres bares, cuatro con el garito en la playa. Aunque sé que me dejo algunas cosas, puedo decir que, de ser algo, esta es mi patria. Lo demás son historias. (fuente: "rua das petras")

Blanca Varela, poeta

Escucha la música... Tal vez en primavera. Deja que pase esta sucia estación de hollín y lágrimas hipócritas. Hazte fuerte. Guarda miga sobre miga. Haz una fortaleza de toda la corrupción y el dolor. Llegado el tiempo tendrás alas y un rabo fuerte de toro o de elefante para liquidar todas las dudas, todas las moscas, todas las desgracias. Baja del árbol. Mírate en el agua. Aprende a odiarte como a ti mismo. Eres tú. Rudo, pelado, primero en cuatro patas, luego en dos, después en ninguna. Arrástrate hasta el muro, escucha la música entre las piedrecitas. Llámalas siglos, huesos, cebollas. Da lo mismo. Las palabras, los nombres, no tienen importancia. Escucha la música. Sólo la música.     (fuente: "blog del amasijo")

José Saramago, narrador

Locos Vivimos en un tiempo en el que cualquier monja, como si fuera lo más natural del mundo, encuentra en el claustro al Niño Jesús o en el coro a un ángel tocando el arpa, y, si está encerrada en su celda, donde, por mor del secreto, son más corporales las manifestaciones, la atormentan los diablos agitando la cama, y sacudiéndole así los miembros, los superiores de modo que hasta los senos se le agitan, los inferiores, hasta donde el punto de que se estremece y transpira la hendidura de su cuerpo, ventana del infierno, si no puerta del cielo, ésta por estar gozando, aquélla porque gozó, y en todo esto se cree, no obstante, no puede Baltasar Mateus, llamado Sietesoles, decir, Yo volé de Lisboa al Monte Junto, porque lo tomarían por loco, y eso si hay suerte, porque por tan poco no puede inquietarse el Santo Oficio, lo que sobran son locos en esta tierra barrida por la locura. (fuente: Memorial del convento, ed. Seix Barral, Biblioteca Breve, traducción de Basilio Losada, Méxic...