LA MASCOTA DE SEVERINO

para Antonio Marquet
Bluish fue un gato que acompañó a su dueño hasta sus últimos días. Mejor dicho, uno y otro vivieron y envejecieron juntos, aunque el ciclo vital del felino sea más breve y discreto. Creo que en 1985 el que sería su amo vivía en la Unidad Habitacional Aragón, en la ciudad de México y el gato aún no llegaba a su vida. Tampoco cuando vivió cerca del Parque Hundido ni en la temporada que estuvo en Santa María la Ribera, en un departamento con poca iluminación y deficiente ventilación.
Ese felino, Bluish, existió para mí cuando su propietario ya vivía en la unidad El Rosario. Cada vez que yo llegaba de visita, procedente del norte, me topaba en la puerta del departamento 302 con Severino y a un lado la mascota. Como todos los felinos de su especie, Bluish se daba a entender con su presencia: con las garras limaba el tejido de tule de la mecedora ("¡Cabrón gato que no entiende!", expresaba su dueño), o arañaba por ocio la cubierta de piel del sofá, antes de recibir un regaño a cambio de ese arranque de libertad o capricho. En ese entonces, 1995, el felino tenía una caja en el cuarto de lavado, donde hacía sus necesidades y las enterraba según las indicaciones y su propio instinto le señalaban. A un lado de la cocina, donde su amo le servía ya el atún, ya las croquetas, ya el agua. Era cuando Bluish, dócilmente, permitía que su amo lo cepillara para evitar la pelambre esparcida aquí, allá y acullá.
Creo que fue a fines del siglo pasado. Un día que estaba de visita, había llegado del lejano Torreón, y esa mañana estábamos en la sala el minino, su propietario, el amigo de éste y yo. Esperábamos de un momento a otro la llegada de la señora del aseo, que asistía dos veces a la semana. El departamento se ubicaba en un tercer piso y eran alrededor de las once. Bluish
empezó a bufar como si se sintiese amenazado. Corrió a meterse entre las patas de la mecedora. "Ya viene Yolanda", observó el amigo quien además, aclaró, cuando ella se queda sola con el gato, lo amenaza y amedrenta. Aunque nadie oía sus pasos al ascender las escaleras hasta la entrada del 302, Bluish la olía y la escuchaba. Hasta que metió la llave en la cerradura superior, supe que era cierta la reacción del minino.
A medida que el cáncer de próstata se volvió metástasis, es decir se propagó por músculos y tejidos del organismo del amo, Severino tomó la determinación de darle vacaciones a Yolanda, con el pretexto de atenderse de un "malestar", primero, y luego con el argumento de su año sabático. A medida que el cáncer se extendió, sin él saberlo, Bluish empezó a tornarse rebelde y a mostarle las garras y colmillos a su dueño, quien externaba sus quejas al que quería oirlo: a mí, a su amigo -con quien viajó a España, Francia y Portugal durante el año sabático, 1994-, y al resto de su familia cercana.
Sería entre marzo y julio de 1995, antes de su deceso el 7 de agosto, entre diálisis, aplicaciones de dosis cada vez mayores de morfina, con miras a mitigar el dolor, e ingresos repentinos en el hospital, que se decidió el destino de Bluish. Fue llevado y alojado en alguna bodega de la universidad (UAM-Azc*), pues en ese tipo de espacios abunda toda clase de roedores, arácnidos y alimañas de los que se alimentan las mascotas como nuestro héroe. Hecho que acaso permitió descansar a su amo, al encontrarle una salida natural y lógica a quien le hizo compañía por doce o quince años, en la recta final de la vida.
*En esa unidad de la UAM Severino Salazar fue profesor de tiempo completo y donde no le alcanzó la vida para jubilarse. Ahí, en su alma mater vio publicados varios títulos de su obra literaria.

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