La naranja de la discordia
Fui a ver La naranja mecánica de Stanley Kubrick en Nueva York, peleando para entrar, como todos los demás. La pelea valió la pena, pensé –una película muy Kubrick, técnicamente brillante, pensante, relevante, poética, que despierta conciencia–. Fue posible para mí ver el trabajo como una remake radical de mi novela, no como una mera interpretación y esto –esta sensación de que no era una impertinencia promocionarla como La naranja mecánica de Stanley Kubrick– es el mejor tributo que le puedo pagar a su maestría. El hecho permanece, sin embargo, de que la película salió de un libro, y que la controversia que empezó a relacionarse con la película es controversia en la que yo, inevitablemente, me siento envuelto. En términos de filosofía e incluso teología, la Naranja de Kubrick es un fruto de mi árbol. Escribí La naranja mecánica en 1961, que es un año muy remoto, y experimento cierta dificultad en empatizar con aquel escritor ya desaparecido, quien, preocupado por su sustento, llega...