DANGER, EL NOBLE
Era un perro pastor alemán de porte distinguido y, como animal noble, tenía un sexto sentido para olfatear a los seres humanos como acaso sólo lo tienen los animales que se han criado al lado del homo erectus. A diferencia de otros seres de su condición de domésticos, este perro era escandaloso como su nombre, pero su porte le exentaba de reproches pues fue guardián de su amo y los dominios de éste. Danger vivió en la cabecera municipal de Valparaíso -hablamos de un lugar cuna de artistas y ganado de lidia; de un sitio con vocación exportadora o expulsora de mano de obra-, donde murió envenenado como han muerto a lo largo de la historia familias ilustres en los albores de la filosofía, la Rusia zarista y otros personajes cercanos a Medea, la que sacrificó a sus hijos.
Como animal de origen noble, los antepasados de nuestro protagonista han sido motivo de relatos de autores brasileños, Machado de Asís, norteamericanos, Patricia Highsmith, colombianos y peruanos, o paisanos como Juan Rulfo, Elena Garro y Hugo Argûelles. Intervienen en la sabiduría popular a veces de manera perversa: "Perro no come perro", de forma despectiva en el terreno de la política: "Agarró hueso", como metáfora pedestre: "Se ayuntaron como perros"; incluso han sido razón de corridos: "El perro negro", de José Alfredo Jiménez; y apodos como El Perro Aguayo", héroe del pancrasio y oriundo de la región de los Cañones.
Pues bien, cuentan los que lo conocieron, que Danger tenía un olfato especial para identificar a los habitantes de aquel lugar, Valparaíso; así, les gruñía a hombres y mujeres como les hacía fiestas a otros; correteaba a unos y les penduleaba el rabo a otros. Hasta que un día Martín el artista lo envenenó, harto de las hostilidades del cánido que a la menor provocación se le iba encima. Esto que aquí expongo no es de mi fantasía, lo supe por un cronista lugareño y autor de un volumen de anédotas pintorescas, de nombre Mateo.
Pasó mucho tiempo, hablamos de antes del 2 de octubre de 1968, para que mi confidente le preguntara a Martín el artista si Danger le gruñía y perseguía al cura del pueblo, que se ancló por meses y años en la misma parroquia de la cabecera municipal. Martín confesó que sí porque el cura era somético, como el propio autor y brazo ejecutor de la muerte por veneno del noble animal, incansable perseguidor de monjas, vagos, malvivientes y currutacos del pueblo en cuestión, cuna del pintor Manuel Felguérez.
Estamos sentados en los poyos del Jardín Independencia, llamado también de los "pájaros decapitados", Toni -un profesor de danza folk- y yo, en amena cháchara una tarde cualquiera. En el momento que considero adecuado, le pregunto si será posible que un can pueda intuir u olfatear a los homosexuales y mariquitas, al grado de perseguirlos ferozmente. Toni se ríe de mi pregunta y me rezonga que nunca en la historia de la ciudad y pueblos circunvecinos se ha dado un caso como el que se refiere aquí, como el de Danger en Valparaíso. Dice, sin conocerlo, que Mateo mi informante está loco de atar; y Toni se zangolotea de la risa, con una estruendosa carcajada que le hacer vibrar la dentadura nueva e integral.
Como animal de origen noble, los antepasados de nuestro protagonista han sido motivo de relatos de autores brasileños, Machado de Asís, norteamericanos, Patricia Highsmith, colombianos y peruanos, o paisanos como Juan Rulfo, Elena Garro y Hugo Argûelles. Intervienen en la sabiduría popular a veces de manera perversa: "Perro no come perro", de forma despectiva en el terreno de la política: "Agarró hueso", como metáfora pedestre: "Se ayuntaron como perros"; incluso han sido razón de corridos: "El perro negro", de José Alfredo Jiménez; y apodos como El Perro Aguayo", héroe del pancrasio y oriundo de la región de los Cañones.
Pues bien, cuentan los que lo conocieron, que Danger tenía un olfato especial para identificar a los habitantes de aquel lugar, Valparaíso; así, les gruñía a hombres y mujeres como les hacía fiestas a otros; correteaba a unos y les penduleaba el rabo a otros. Hasta que un día Martín el artista lo envenenó, harto de las hostilidades del cánido que a la menor provocación se le iba encima. Esto que aquí expongo no es de mi fantasía, lo supe por un cronista lugareño y autor de un volumen de anédotas pintorescas, de nombre Mateo.
Pasó mucho tiempo, hablamos de antes del 2 de octubre de 1968, para que mi confidente le preguntara a Martín el artista si Danger le gruñía y perseguía al cura del pueblo, que se ancló por meses y años en la misma parroquia de la cabecera municipal. Martín confesó que sí porque el cura era somético, como el propio autor y brazo ejecutor de la muerte por veneno del noble animal, incansable perseguidor de monjas, vagos, malvivientes y currutacos del pueblo en cuestión, cuna del pintor Manuel Felguérez.
Estamos sentados en los poyos del Jardín Independencia, llamado también de los "pájaros decapitados", Toni -un profesor de danza folk- y yo, en amena cháchara una tarde cualquiera. En el momento que considero adecuado, le pregunto si será posible que un can pueda intuir u olfatear a los homosexuales y mariquitas, al grado de perseguirlos ferozmente. Toni se ríe de mi pregunta y me rezonga que nunca en la historia de la ciudad y pueblos circunvecinos se ha dado un caso como el que se refiere aquí, como el de Danger en Valparaíso. Dice, sin conocerlo, que Mateo mi informante está loco de atar; y Toni se zangolotea de la risa, con una estruendosa carcajada que le hacer vibrar la dentadura nueva e integral.
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