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Mostrando entradas de junio, 2015

Joan Margarit (1938 )

La profesora de alemán En aquel Instituto de posguerra debía haber aprendido algo de griego y adquirido un barniz sobre los clásicos.. Pero, si aprender algo era difícil,, nada tenía aún menos futuro que el alemán, cubierto por negruzcos escombros de Berlín bajo la nieve. La mía era una lengua perseguida y la suya una lengua derrotada. En un aula pequeña del chalé donde estaba instalado el Instituto, al entrar la encontraba de rodillas fregando junto a un cubo, hablando sola. No sé alemán y en general no tengo buen recuerdo de toda aquella gente, pero no olvidé  nunca su dolor. Ahora que paso cuentas con quién soy siento en frías baldosas mis rodillas mientras borro el ayer, como ella hacía con la roja cenefa del mosaico. ("poética y poesía", fundación juan march, madrid, mmx)

Charles Simic (1938 )

Mil novecientos treinta y ocho Ese fue el año en que los nazis entraron a Viena. Superman hizo su debut en Action Comics. Stalin exterminaba a sus camaradas revolucionarios, la primera Dairy Queen abrió en Kankakeee, Illinois. y yo estaba en mi cuna orinando mis pañales. "Debes haber sido una hermosa bebé", cantaba Bing Crosby. Un piloto al que los diarios llamaron Confundido Corrigan despegó de Nueva York con rumbo a California pero aterrizó en Irlanda, mientras yo miraba cómo mi madre sacaba un pecho de su bata azul y me lo acercaba. Aquel septiembre hubo un huracán que arrastró un cine por los aires hasta la playa de Westhampton. La gente se angustiaba porque el mundo se iba a acabar. Un pez que se creía extinto hacía setenta millones de años apareció en la red de un pescador en la costa de Sudáfrica. Mientras yacía en mi cuna los días se volvían más cortos y más fríos y la primera nevada fuerte cayó en plena noche haciendo que todo se volviera muy s...

Uriel Martínez (1950 )

Ensayo a tientas Empiezas los ensayos a oscuras, de noche, primero una fruta, luego, el cable, el libro, el cuaderno, el polvo del sofá; más tarde la superficie mohosa del espejo, el grifo que gotea y gotea, el llanto multiplicado, el agua sin censo y el aljibe raso, la entrada al sueño; ensayas los primeros pasos, corres las puertas silenciosas del armario, los travesaños de párpados, los vacíos de muelas idas, de incisivos desgastados, de oídos como tapias.

David Huerta (1949 )

El Minotauro baila... El Minotauro baila, resopla gigantesco sobre cenizas, cráneos, escombros. Baila sobre un abismo y no lo sabe: gime, ruge, lanza llamas con espasmos de dragón y de simio. El laberinto se cuece con los ecos de esa danza y los salvajes tumbos que resuenan. Asterión, el grave Minotauro, no lo sabe, pero baila sobre un abismo afilado, inexorable. El hilo de Ariadna es ese abismo. Veo... Veo la claridad, el corazón del diamante; veo el vuelo, la quietud convocada -y después la elevación de las piernas en la fluencia tibia. Veo, el aire al vuelo, la ráfaga piadosa de tus manos: culminación del cuerpo, toda mi ansia. Veo tus tobillos sobre un fondo gris como navajas en la niebla. En el espejo de tu cuerpo veo mi cuerpo dormido, deseándote, mientras creces como una invocación en el fuego multiplicado de la danza. ("el espejo del cuerpo", ed. unam, méxico, mcmLxxx)

Ursus Sartoris (1971 )

Ayer lo oí agrietarse en el eco de las amatistas, apenas si balbuceaba. Entre la palabra sanguínea y los íncubos del pensamiento, entre destello y destello había visto las últimas garzas desvanecerse en sus labios como si fuera un segundo ocaso como si cada una de ellas fuera el sol en busca de su manto. ("periódico de poesía")

Armando Salgado (1985 )

Cherán: todos los árboles del mundo 3 Afilar un machete en la boca del suelo para cortar culebras de agua. El abuelo José partía historias como gajos de naranja y nos hablaba del respeto a la naturaleza. Era un gran árbol. Su bosque no conocía el dolor, ningún quejido. Decía que las enfermedades llegaron como fábricas de detergentes. Contaminaron cuerpos y los ríos y las historias personales de los barrios y las casas de adobe y la plaza del centro. Les dejaron códigos de barras para prevenir la vejez en la autopista que detona casetas. Los árboles son ahora petróleo y atermitan la dentadura del gasoducto. Inflan con resina la compraventa de colorante artificial para las arrugas. Al recordar, nunca había sido tan viejo y a la vez tan niño. Ay, abuelo, corta otra naranja menos agria, una hogaza de pan no tan dura; no compres charales con lama, mejor una chúspata o un taco de borrego sin limón. Los alimentos que anuncia la bocina tienen chapopote. Muertos tirados e...

María Auxiliadora Álvarez (1956 )

9 mamá es un animal negro manso extenso huele a aguas estancadas cría batracios dulces en las encías no come no duerme no ríe es un espacio oscuro que recorro con la lengua y me sabe a semen a sangre a agua de renacuajo mamá es un animal quieto amarrado hinchado habitual muerto ("ars scribendi")

Saúl Ordóñez (1981 )

Ángel Zárraga, San Sebastián, 1910 enlutada y de rodilla, ella pide:      venga a mi puerta el Ángel              negro de sudor y polvo              doloroso                          animal grande                           desbordándose         sea hueso en el fruto                  agua en el hocico del caballo                  filo de navaja                   mapa celeste      sea espiga y el santo ríe ("museo vivo", ed. tierra adentro, méxico, mmix)

Miyó Vestrini (1938/1991 )

Soledad Soledad es simplemente ese viejo marinero que nos habla de las serpientes del sur. Es simplemente esa plegaria que se pronuncia al pasar cerca de un mendigo. Soledad puede ser cualquier lagarto arrodillado; cualquier ciudad que agoniza poblándose de emigrantes y de mujeres desnudas. Soledad yo te invoco. Y la lluvia danza a mi alrededor. Sobre todas las cosas del olvido clavas tu aullido de niño muerto y no obstante, cada vez que te invoco sólo me traes el gesto de aquel adolescente que quería morir bajo los puentes. Resucitaste una tarde mientras yo le mentía al joven desconocido y él me hablaba de una casa extraña donde los ancianos daban grandes banquetes y ofrecían sacrificios. Resucitaste soledad. Conocí entonces el nombre del que me hablaba, Comprendí que la casa extraña no era sino una vieja palabra cuya ternura utilizaban mis antepasados para enamorar a las bailarinas del fuego. Descubrí la mentira del tranvía que devoraba al estudiante. ...

Uriel Martínez (1950 )

Séptimo día Hoy es domingo; y los domingos ni Jesús crucificado hace milagros, ni vuela la mosca, ni el viento azota las sábanas. Hoy es domingo; el séptimo día la gente despierta tarde, con el sol alto y los poros cubiertos de nieve. Los domingos no se manifiestan milagros, pues todos están de asueto, incluso los ladrones, los amantes furtivos y los animales ponzoñosos. El gato, el teléfono, las plantas medicinales, los papeles abandonados en las calles, las nubes, los mesías y los iluminados permanecen mudos. Pareciera que todos esperan un suceso pero nadie abre el periódico ni enciende la radio, ni nadie empuja la puerta. Sólo el veneno permanece al acecho en su cáliz perfecto, el revólver espera la voluntad de abrir el milagro repentino, inesperado. (revista "tema y variaciones de literatura", no. 22, coordinado por severino salazar muro, uam-azcapotzalco, méxico, df, mmiii)

Pedro A. González Moreno (1960 )

  Mañana, la intemperie Por si no amaneciera mañana, que la casa no parezca vacía; que todo continúe como al borde de suceder, no olvides dejar llenas las copas, como si el vino fuese una última forma de esperanza. Y ahí, sobre el mantel, recién partido, deja también el pan para que haya un olor a espigas altas o para que parezca que hay cosas que se pueden compartir todavía. Deja algún libro abierto en cualquier sitio, como si fueras a volver muy pronto; que parezca que todo se ha quedado esperándote. Que no note la muerte cuando llegue que en esta casa ya no vive nadie. Deja abierta una ventana para que entre todo ese ruido extraño y ajeno de la calle. Que en tu muerte no haya esa misma intemperie que hubo siempre en tu vida. Guarda en algún espejo tu mirada y un poco de esa lumbre que ya no habrá en tus ojos mañana; y guarda dentro de un cuaderno el ascua viva de tu tacto. Deja encendida una lámpara, por si acaso la noche durara demasiado. Déja...

Armando Salgado (1985 )

Cherán: todos los árboles del mundo 2 Vagar fantasmas en la cara. Sentir el fondo del caos e inhalar atisbos sin los primeros rostros desenmadejados. Sorber la eternidad y el origen de un huerto. Hoy, la velocidad es tarde en bolsitas de plástico. Un refresco, la pulpa de un árbol, personas de vapor. Cerros abandonados a la fuerza. Puñetazos por la espalda. La desbandada de un barranco. Ojos en cruz. Troncos anudados. Personas que al marcharse nunca volverán. Mordida de un perro y alfileres de rabia en el ombligo. Despuntando árboles, cadáveres, el llanto. No dejo de recordar, no, no, no. Negarlos hasta el amanecer es creer que los sueños despiertan. Los pueblos, la madre tierra, los hermanos se escurren por la rendija. Destejo cuerpos de pan. Dientes esparcidos como recuerdos distantes. La placa de una vida mejor se renta en tiendas automáticas. Aserrín enrevesado. Placenta. Verde pálido. Verde muerto. La velocidad del dinero es testimonio de nuestras manos. El t...

José Watanabe (1945/2007 )

El baño Mientras el agua cae sobre tu cuerpo                     yo pienso que de todos los cuerpos del mundo tú posees el más preciso. Tienes algo de intercambiable conmigo, algunos órganos secretos,             los más saludables y hermosos, o el sabor o la mirada. Ayer me acerqué por tus espaldas y deslicé mis manos bajo tus axilas hasta tocar tus senos. De pronto sentí el temblor de una restitución: si yo hubiera tenido tetas serían como las tuyas. ("el desierto nuca se acaba" , antología, ed. textofilia, col. lumía, méxico, 2013)

Kay Ryan (1945 )

Canarios de mina No es arbitrario; no es curioso; los canarios de los mineros sirven fines comunes y corrientes con apenas un pequeño toque de ironía. Siempre hay algo que explora los bordes del aire respirable— no tan dulce, ni tan amarillo, pero algo que vive siempre al otro lado de lo arable; algo que es siempre lo primero que se exime del agua, marcando la frontera entre lo posible y lo lejano; hasta en el individuo. ("círculo de poesía", trad. francisco larios)

Jorge Teillier (1935/1996 )

Sentados frente al fuego Sentados frente al fuego que envejece miro su rostro sin decir palabra. Miro el jarro de greda donde aún queda vino, miro nuestras sombras movidas por las llamas. Esta es la misma estación que descubrimos juntos, a pesar de su rostro frente al fuego, y de nuestras sombras movidas por las llamas. Quizás si yo pudiera encontrar una palabra. Esta es la misma estación que descubrimos juntos: aún cae una gotera, brilla el cerezo tras la lluvia. Pero nuestras sombras movidas por las llamas viven más que nosotros. Sí, ésta es la misma estación que descubrimos juntos. —Yo llenaba esas manos de cerezas, esas manos llenaban mi vaso de vino—. Ella mira el fuego que envejece. ("el poeta ocasional")

Dulce María González (1958/2014 )

Magia Las pastillas desaparecen de su alhajero de plata. Cada noche, antes de ir a dormir, coloca dentro una pastilla azul. Se trata de un alhajero en forma de cofre diminuto, le gusta ver ahí la reluciente pastilla. Piensa que, cuando se la meta a la boca en medio de la madrugada, su cuerpo será una concha caliente y húmeda para esa perla. No obstante, al despertar sabe que nuevamente ha olvidado tomarla. Pero siempre encuentra el alhajero abierto, la concha vacía. ("la mirada del lobo")

Uriel Martínez (1950 )

Las agujas mis parientas tienen celulitis desarrollada que es un contento batallan para meter llave en candados puertas y alacenas se mortifican no se diga al ensartar hilo negro en ojos de aguja titubean cuando tejen cosen y cantan en el cuarto de la tele de madrugada carraspean, van casi sonámbulas al WC piden respaldo en balaustradas escaleras mecánicas y botones de ascender de un tiempo a esta parte olvidan el maíz el alpiste y el corral viven sin vivir en mí, son parientas cercanas

María Teresa Andruetto (1954 )

Las amigas de mi abuela Ibamos a verlas los días de los muertos, cuando la muerte no dolía. Mi madre (que era hermosa y usaba tacos altos) nos llevaba de la mano, se pintaba la boca. Hablaban piamontés, la palabra cerrada en la garganta a gritos. Nos ponían vestiditos blancos de piqué y volvíamos con olor a gladiolos, a margaritas. Tenían una casa oscura las amigas de mi abuela, y el tamaño de un hombre. Ellos en cambio eran flacos, frágiles como niñas: se llamaban Geppo, Vigü, Gennio, Chiquinot. ("otra iglesia es imposible")

Chella Courington (1956 )

Verano a los trece A Anna Claire y a mí nunca nos gustó la hierba alta, como si tuviéramos miedo a pisar una víbora. Pero el agua del color del índigo espera por nosotras al otro lado del peligro. Nos quitamos los vaqueros, la camisa, la ropa interior, señalamos nuestro lugar en la orilla, tomadas de la mano como Ruth y Noemí nos metemos en el agua hasta la cintura. A cada paso el agua se mueve cada vez más alta, estremeciendo de frío nuestros recientes senos. Rodeo a Anna Claire con los brazos y me aprieto contra ella en busca de calor. Me empuja y se aparta, se sumerge un poco más allá, sale a la superficie, se arquea, se sumerge de nuevo, nada por debajo de mí, me mece de espaldas con las manos, me levanta en el aire, floto sobre las yemas de sus dedos. Mueve lentamente las manos, toca mi hombros y mis muslos. Me besa en los labios, me abre los ojos con la lengua. No pronunciamos palabra antes de alcanzar el amarradero, antes de aventurarnos de n...

Joan Margarit (1938 )

Horarios nocturnos Acostado contigo, oigo pasar los trenes, y sus ventanas cruzan encendidas mi frente rasgando el terciopelo de esta noche. La pausa del silencio me deja una luz roja, la nota en el pentagrama de cables y de vías oscuras y brillantes. Acostado contigo, oigo cómo se alejan con el ruido más triste. Quizá me he equivocado no subiendo a uno de ellos. Quizá el último acierto sea -abrazado a ti- dejar pasa los trenes en la noche. ("poética y poesía", fundación juan march, madrid, mmx)

Martín Adán (1908/1985 )

Poema underwood Prosa dura y magnífica de las calles de la ciudad sin inquietudes estéticas. Por ellas se va con la policía a la felicidad. La poesía gafa de las ventanas es un secreto de costureras. No hay más alegría que la de ser un hombre bien vestido. Tu corazón es una bocina prohibida por las ordenanzas de tráfico. Las casas rumian sus paces de buey. Si dejaras saber que eres un poeta, irías a la comisaría. Límpiate de entusiasmos los ojos. Los automóviles te soban las caderas, volviendo la cabeza. Cree tú que son mujeres viciosas. Así tendrás tu aventura y tu sonrisa para después de la cena. Los hombres que tropiezan tienen la carne encallecida de oficina. El amor está en cualquier parte, pero en ninguna está de otro modo. Pasaban obreros con los ojos resentidos con la tarde, con la ciudad y con los hombres. ¿Por qué había de fusilarte la Checa? Tú no has acaparado sino tu alma. La ciudad lame la noche como una gata famélica. Y tú eres un hombre feliz, q...

Isla Correyero (1957 )

Conversación sin sentido Como una avalancha se me ha echado encima el tiempo y me doy cuenta de algunos errores que cometí y aún sigo viendo las causas oscuras que me llevaron y llevan a la                                                             devastación y al gran silencio de la zona más honda de la vida. Apenas una luz trasluz de inteligencia me ha permitido razonar con sentido común ese común sentido natural que llaman necesario para comunicarse con los demás y ser mínimamente aceptado en la tribu con todos los respetos y las armas. Qué quieres que te diga amigo amado a mí no se me dio (o no acepté) el don del sentido común y por eso tal vez he andado sin rumbo por la vida de un lado a otro equivocándome dándome saliendo por los pelos amando tan jodidamente con locura a quienes nunca debí amar o dejar ent...

Jorge Fernández Granados (1965 )

Los peces Fuimos bajando hasta el fondo por las calles del puerto. La noche remaba en el abismo de los ojos. No recuerdo qué tanto la brisa nos cubrió de sal y estrellas. Es conveniente dormir a menos que amanezca, dijo, pero éramos legión para esas horas ya rancias de cantinas. El ron juntó a los peces y a todas las criaturas que no duermen esa noche de pescadores y viajantes, de grasa y aguacero. Emigramos a La Luna, que era una carpa improvisada en los dudosos territorios del suburbio. Sudores y cervezas, baile, sedimento de géneros grotescos de alegría, se fueron combinando con torpeza hasta temblar en una sombra, un amasijo de danza, alcohol y extrañas vidas. Los círculos que lees con tu mirada no están en realidad aquí, pero a ti te fue dado contemplarlos, —dijo sonriendo y se perdió bajo los cuerpos en la anchurosa fiesta de esa carne. El ritmo gobernaba la sordidez o la gracia y en medio de su lago nos fundimos. Más tarde, ya cansados los pocos ...

Amalia Bautista (1962 )

Pide tres deseos Ver el alba contigo, ver contigo la noche y ver de nuevo el alba en la luz de tus ojos. ("poética y poesía", fundación juan march, madrid, mmviii)

Donna Masini (1954 )

Despacio Una vez vi a una serpiente comerse un conejo. Cuarto grado, el reptilario del zoológico el conejo duro, el hocico primero, arena pegada a su pelaje, la cabeza apretada en las anchas mandíbulas de la serpiente, la serpiente tragándola por su larga garganta. Toda garganta esa serpiente – no podía decir dónde terminaba la garganta, dónde empezaba el cuerpo. Recuerdo el recinto de vidrio, cómo esa serpiente se tomó su tiempo (todas las chicas se quejaban, gritaban ¿pero no estaban asombradas, fascinadas, diciendo que no podíamos mirar pero mirábamos, no estábamos atrapadas por eso, no estábamos imaginando – qué estábamos imaginando?) La Srta. Peterson nos apuró a que avancen, chicas, pero no nos podíamos mover. Era como si un helecho se desplegara, la mano del minutero se moviera por el reloj. No entendía por qué la serpiente no se ahogaba, el conejo nunca se movía, cómo las mandíbulas seguían abriéndose más y más, llevándoselo adentro, tal y como ...

José Watanabe (1945/2007 )

Las mariscadoras Al amanecer una decena de muchachas, como en un mito,                        entran algunos palmos en el mar tranquilo. Visten un traje negro                                   y buscan entre las piedras los cangrejos y las conchas que ha dejado la marea alta.                   Una roca oscura se confunde con ellas. Sólo asoma hierática, con agua baja. Si respirara el aire salino de las muchachas reiría con ellas                  que se lanzan cangrejos y comen almejas crudas. Las muchachas ignoran que esa alegría vibrátil           es su victoriosa debilidad.                              Cuando la marea suba huirán del ava...

Meira Delmar (1922/2009 )

La señal Pronunciaré tu nombre en la última hora. Así sabrá la muerte dónde encontrarme cuando llegue. ("rua das petras")

Amalia Bautista (1962 )

Las adelfas Las he visto crecer en las cunetas y en las medianas de las autopistas, en jardines privados y lujosos y rodeando bloques de ladrillo en suburbios tan tristes como el hombre. Me sorprende que sean tan bonitas, que se adapten tan bien a cualquier medio, que precisen tan pocas atenciones. Me sorprende que sean venenosas. ("poética y poesía", fundación juan march, madrid, mmviii)

Diana Bellessi (1946 )

La desaparición de Talita Kumi ¿No voy a acariciar más tus orejitas suaves de color té con leche? ¿y tu barbita feroz y el flequillo rebelde que te oculta los ojos? ¿y tus piernas elegantes y erguidas y esas caderitas que te gusta las friegue y al lomo donde se aposentan las pulgas? ¿no vendrás a dormir junto a mis costillas ahora que refresca y llega el otoño? ¿no te comerás los trocitos de pollo que guardo para vos ni veré tu dormir tranquilo con la pata levantada o el gemido del sueño que de tanto en tanto te ataca? ¿no oiré tus ruiditos por la casa ni esa manera de venir a saludarme esté donde esté de vez en cuando? ¿ni felices saldremos a caminar por el sendero verde de la isla, vos chocándote con mis piernas en estos meses de ceguera? La casa está vacía y yo, una bolsa vieja que se llena con mis lágrimas, Talita Kumi, que escapaste al monte o caíste al río a las siete de la tarde del día once de abril cuando cortaba una caña de ámbar reluciendo blanca en el cos...

Miyó Vestrini (1938/1991 )

Té de manzanilla Mi amigo, el chino, escribió una vez sobre cómo se sientan y caminan las mujeres después de hacer el amor. No llegamos a discutir el punto porque murió como un  gafo, víctima de un ataque cardíaco curado con té de manzanilla. De haberlo hecho, le habría dicho que lo único bueno de hacer el amor son los hombres que eyaculan sin rencores sin temores. Y que después de hacerlo, nadie tiene ganas de sentarse o de caminar. Le puse su nombre a una vieja palmera africana sembrada junto a la piscina de mi apartamento. Cada vez que me tomo un trago, y lo saludo, echa una terrible sacudida de hojas, señal de que está enfurecido. Me dijo una vez: La vida de uno es una inmensa alegría o una inmensa arrechera. Soy fiel a los sueños de mi infancia. Creo en lo que hago, en lo que hacen mis amigos, y en lo que hace toda la gente que se parece a uno. A veces nos quedamos solos hasta muy tarde, hablando de los gusanos que lo acosan y del terrible c...