ROGELIO LUÉVANO
Para mí, el verano pasado se dividió en antes y después de asistir a un encuentro de escritores en un punto del norte del país. Con excepción de la ceremonia inaugural, que se efectuó en un teatro del centro, el resto se realizó en los patios de un museo. Como nunca en varios meses, quizá en sesenta o más, disfruté el corte de higos antes de lavarlos y pelarlos para llevarlos a la boca. Fueron días de lluvia y sol: al mismo tiempo o escalonados, como se prefiera. Recuerdo el penúltimo día, sentado al lado de Esther, participante en el suceso cultural, bajo la sombra de una higuera. Sostiene la sabiduría popular que cuando un guerrero reposa al pie de este árbol, llega una tranquilidad interior que induce al sueño. Así como hay árboles, le explico a Esther, que llevan a la locura o al enhechizamiento, digamos la mandrágora, otros conducen a una paz beatífica, como la higuera, cuya leche aleja las nubes indeseables de mosquitos. Aquí cabe un paréntesis pues el libro en verso , Martín Fi...