Violencia en la escuela

Vaya que vamos hacia arriba: ya ganamos otro primer lugar internacional. Esta vez es el de un juvenil deporte canallesco que está en particular boga en el mundo. Según un reciente estudio legislativo

de la OCDE, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (para la América Latina), México se ha ganado a pulso el primer lugar internacional en número de casos de bullying. La palabra, que últimamente corre por doquier del modo aparentemente más garboso, procede de un vocablo inglés, bull, que signica toro o buey, o, según otras fuentes, viene de un vocablo holandés que se refiere al acoso violento y montonero practicado principalmente en las escuelas secundarias y preparatorias.
El bullying, etimologías aparte, es un modo de violencia, intimidación y humillación que se produce tanto en modo de brutalidad física mediante amenazas y golpes, como en modo virtual, es decir por la vía oral: mediante insultos, amenazas y calumnias, sea de personas a personas o sea por teléfonos, webs, tuits y cualesquiera modos de mensajería electrónica,
El “fenómeno”, si es que se puede hablar de él como de un hecho atmosférico, no es nuevo: la matonería juvenil y aun infantil se da desde que existen las colectividades escolares, pues no otra cosa eran (¿antaño?) las rudas “pambas” y las bestiales “novatadas”, pero con ese nombre de bullying ya arraigó en México, y, claro está, especialmente fuerte en la sobrepoblada Esmógico City, que podría ahora también ser llamada Bullying City.
No faltarán los psicólogos y los sociólogos y hasta los comunicólogos para “explicar” tiernamente el bullying por el maltrato e incompresión que sufre el matoncito en el hogar, de los cuales, “lógicamente”, se desquitará aplicándolo allá fuera a otro niño más débil o solitario, pero el hecho es que tenemos en las escuelas niños y muchachos matoncitos, para no decir cabroncitos, que aterrorizan a sus compañeritos. Y a ver cuál es la autoridad (digamos pedagógica) que halla el modo de meter a los bullyingueros en cintura sin “criminalizarlos”… como ahora tanto se dice.


(¿Puede pensarse que un sicario menor de edad, como en la novela de Fernando Vallejo, pone en práctica la violencia que aplicaron contra él desde niño? Hace poco un escritor de Torreón decía que ya está harto de que cada mañana amanezca un cuerpo descuartizado o decapitado cerca de su casa, que no sabe si mudar de domicilio o acostumbrarse. Lo cierto es que la violencia ya entró en nuestra intimidad... Nota del escritor José de la Colina en Milenio diario en línea.)

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