LA PELUQUERA
Mientras Magda pasa la podadora
rasante sobre las canas en sienes,
mollera y orejas, evoca el cuerpo
de su madre en el piso.
Enumera luego los cuidados
que hubo de prodigarle
al cuerpo temporalmente inválido
con agua y esponja, pañales y caldos.
Dice que no sabe quién
le limpiará a ella la mierda llegado
el momento de invalidez
y la dependencia de horarios medicinales.
Niega que su último refugio
sea el asilo o el santuario
lleno de pacientes mentales
pues nadie cubrirá interminables estancias.
No sabe si en un futuro lejano
haya nietos que vean por ella
pues sus descendientes andan
entre los seis y ocho años.
Con todo y eso en sus dudas
subyace un arma de fuego
en el paladar terso o el veneno
procurado a tientas al fondo de sus años.
rasante sobre las canas en sienes,
mollera y orejas, evoca el cuerpo
de su madre en el piso.
Enumera luego los cuidados
que hubo de prodigarle
al cuerpo temporalmente inválido
con agua y esponja, pañales y caldos.
Dice que no sabe quién
le limpiará a ella la mierda llegado
el momento de invalidez
y la dependencia de horarios medicinales.
Niega que su último refugio
sea el asilo o el santuario
lleno de pacientes mentales
pues nadie cubrirá interminables estancias.
No sabe si en un futuro lejano
haya nietos que vean por ella
pues sus descendientes andan
entre los seis y ocho años.
Con todo y eso en sus dudas
subyace un arma de fuego
en el paladar terso o el veneno
procurado a tientas al fondo de sus años.