Ramón Rubín, el olvidado
Estimado amigo, en estos tiempos en que una felicitación por cumpleaños se reduce a un correo electrónico, o a una nota en su muro de Facebook, o un tweet con un tope de 140 caracteres, nunca extensos y por lo regular faltos de sentimientos, se me pega la gana de escribirle una carta a la antigüita con motivo del centenario de su nacimiento. Suceso que, en lo personal, significa un gran acontecimiento.
No creo que me recuerde, pero procuraré deslizarle unos datos para refrescar su memoria. De 1985 a 1987 dirigí, para El Sol del Pacífico, un suplemento cultural llamado La Página. Esta condición reforzó mis buenas relaciones con inquietos universitarios de la época, entre ellos cito a Pedro Brito, Luis Antonio Martínez, Renato Osuna, Prócoro Hernández, Nery Córdoba, Rosendo Peña, Ernesto Hernández, Héctor el Chino Araiza y Elías Miranda, quien de alguna forma me dijo que no podía seguir en este mundo sin conocer la obra de Ramón Rubín, o séase, usted. Ante tamaña amenaza, le acepté como préstamo un libro suyo, que me entregó junto con un par de novelas de García Ponce, que le había pedido. Antípodas.
El caso es que bajo la batuta del profe Elías, en primer lugar, y del Chino Araiza, en segundo, nos fuimos convirtiendo en admiradores de su obra, aunque en mi caso particular —lo confieso hoy y lo confesé en su momento— batallaba para entrar en sus personajes, adecuarme a sus descripciones, sumergirme en su lenguaje, en sus ambientes, en sus temas. El caso es que en La Página le haríamos un reconocimiento con textos de varios de los citados, incluido Miranda, que creo fue su debut y despedida de la palabra escrita. Un gran lector que no escribe, como lo fue el Feroz. También, por iniciativa de Rosendo Peña, publicamos Los músicos de Ixpalino en una revista de la Universidad.
Claro que no tiene porqué recordarme por esto que le digo, pero es necesario referirlo porque de no mediar ello quizá yo tampoco tendría motivos para recordarlo a usted. Eso es cierto, más no ofensivo.
Esa raza se la partía por Ramón Rubín y yo entonces era mucho más irreverente de lo que ahora soy. Recuerdo que un día le pedí a Elías que me prestara su novela El seno de la esperanza.
—A lo mejor es erótico y sí me interesa —argumenté.
—¿Entonces me estás diciendo que Rubín no te interesa por no tener erotismo? —respondió con ese tono mordaz que usa para aplicar una sutil regañada.
Pues bien, mire nomás como son las cosas, años más tarde, y no lo dudo que por el empuje de ese grupo que promovía con particular pasión su obra, la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS) y la Dirección de Investigación y Fomento de la Cultura Regional (Difocur), unieron esfuerzos para sacar la segunda edición de La Loca, en 1995. Recordará que usted por sus güevos, digo, con su peculio, sacó la primera en 1950.
Aunque a toro pasado, ahora que menciono sus ediciones de autor, que fueron casi todas, ¿qué tanto le afectó en su carrera literaria haber balconeado a don Alfonso Reyes, el hijo del general Bernardo Reyes, considerado por Borges como el mejor prosista de habla hispana, candidato al Nobel en 1945, como plagiario de un texto de un tal George Kent? ¿Sería por ello que las grandes casas editoriales le cerraron las puertas y usted tenía que publicar con lo que le dejaba esa pequeña industria que más tarde cedería a sus trabajadores? Dije que es a toro pasado.
Para la presentación en Mazatlán de esa segunda edición de La Loca fui invitado como comentarista, igual que Pedro Brito y no recuerdo quién más. Me tocó sentarme por un lado de su oído bueno, por lo que después de nuestras intervenciones le repetía las preguntas que le estaba haciendo el público.
Habrá de recordar que había parentela suya de Villa Unión y Mazatlán que ya ni recordaba o conocía. Mucha gente que lo había leído o quería conocerlo, a pesar de que la presentación fue en horas de la mañana. En fin, yo que lo tenía a un lado lo contemplaba contento.
¿Ya me empieza a recordar? Fue un 15 de noviembre de 1995, fecha de la dedicatoria que estampó en mi libro. Entonces estaba bien flaco, había llevado una dieta por prescripción médica que me tumbó más de veinte kilos. No me acuerdo qué ropa llevaba porque eso igual le va a parecer intrascendente. Yo sí me acuerdo que usted iba de blanco, con un sombrero que dejó en manos de una de sus parientes, su bastón, sus gafas de gruesos cristales, su cabello de plata, su permanente sonrisa. Sus ochenta y tres años bien plantados, como su bigote.
Conste, no le estoy tirando los perros, solo lo describo.
Voy a intentar un último recurso para acicatear su memoria.
Una de las personas asistentes a la presentación se puso de pie para hacerle una pregunta. Llevaba un vestido rojo, quizá una mascada. Se veía despampanante. Usted, luego de que ella finalizara, se dirigió a mí. Intenté iniciar mi traducción, pero usted me interrumpió para preguntarme quién era ella.
—¿Cómo? —me insistía haciendo una concha acústica con su mano en el oído bueno.
¿Cómo? Era lo que yo me preguntaba. Usted, de manera directa y por otros medios, me había dicho que no alcanzaba a ver más allá de lo que llegaba su mano y la muchacha estaba a cinco metros de nosotros ¿no se acuerda? ¡Y la estaba viendo! ¿No es acaso el fundador de una técnica de escritura, acuñada aquí en su Mazatlán en la que, aduciendo no alcanzar a leer la revista que le pasa el maestro para que la transcriba, pide que se le deje escribir en la imponente Underwood de la academia de taquimecanografía de la calle Carnaval lo que se le venga en gana, saliendo de ese ejercicio su primera novela, que con la irresponsabilidad de sus quince años destruyó?
Usted no veía y sin embargo asumió la necedad de exigirme tantas veces el nombre de esa despampanante muchacha de vestido rojo, periodista cultural, que seguía de pie, esperando sus palabras. Amigo, no sé cómo le hice para meter en el laberinto de su oído bueno el nombre de Aleyda. Y creo que tuve que reinventar la pregunta que ella le había hecho.
¿Ya se acordó o le sigo?
Le sigo por si las pulgas. Ese día se fueron a visitar “su calle” en la Isla de la Piedra. Lo hicieron en un vehículo o varios de Difocur (hoy Isic) o de la UAS. Eran una tropa encantadora y risueña y usted llevaba por el lado de su oído bueno a la muchacha que tanta batalla me dio darle a conocer el nombre y que hoy es novelista. Se la paso al costo. Comerían un zarandeado, camarones, aguachiles, por allá, varias cervezas frías. Yo no pude acompañarlos, por culpa de mi dieta, que era peor que una esposa celosa.
La verdad es que si al final de esta exposición memoriosa aun no me ubica, es una minucia sin trascendencia, lo que importa es que usted jamás se olvidó de Mazatlán. Lo que duele es que, al parecer, Mazatlán sí se ha olvidado de usted.
Hace año, angustiado por tal desmemoria, publiqué en Ríodoce un texto que remataba así:
“El 11 de junio de 1912 nació en Mazatlán un personaje de primer nivel al que mantenemos en el quinto olvido. Queda esperar si para el año entrante, en el centenario de su nacimiento, se hace digno de que lo recordemos”.
Al parecer valimos madre, querido amigo. Pero no tanto, si ponemos en consideración que usted dijo al rechazar el Premio Jalisco, en 1954: “Escribo por mero placer y gusto, y a veces para darle desahogo a mi rebeldía contra las injusticias sociales; no necesito esos estímulos”.
Bueno, pues como le dije en un principio, le escribo esta carta para desearle un feliz centenario. Que su literatura impere en el festejo.
P.D.: Por aquellos rumbos anda Ray Bradbury, se fue el pasado 5 de junio. Seguro habrán de encontrarse.
(México es el país de los escritores olvidados, ignorados y marginados. Es indudable que nuestra cultura se deja llevar por los reflectores de la literatura extranjera y los best-sellers, ahí tenemos el caso de Carlos Fuentes que "opacó" o "hizo sombra" a otros contemporáneos suyos como Ramón Rubín, Francisco Tario y Jorge López Páez, poco reeditados,`poco leídos y por ende poco estudiados. Y no mencionemos a escritoras, dramaturgas y poetas mujeres porque el panorama está para llorar. Nota de José Luis Franco en "río hondo" en línea.)
No creo que me recuerde, pero procuraré deslizarle unos datos para refrescar su memoria. De 1985 a 1987 dirigí, para El Sol del Pacífico, un suplemento cultural llamado La Página. Esta condición reforzó mis buenas relaciones con inquietos universitarios de la época, entre ellos cito a Pedro Brito, Luis Antonio Martínez, Renato Osuna, Prócoro Hernández, Nery Córdoba, Rosendo Peña, Ernesto Hernández, Héctor el Chino Araiza y Elías Miranda, quien de alguna forma me dijo que no podía seguir en este mundo sin conocer la obra de Ramón Rubín, o séase, usted. Ante tamaña amenaza, le acepté como préstamo un libro suyo, que me entregó junto con un par de novelas de García Ponce, que le había pedido. Antípodas.
El caso es que bajo la batuta del profe Elías, en primer lugar, y del Chino Araiza, en segundo, nos fuimos convirtiendo en admiradores de su obra, aunque en mi caso particular —lo confieso hoy y lo confesé en su momento— batallaba para entrar en sus personajes, adecuarme a sus descripciones, sumergirme en su lenguaje, en sus ambientes, en sus temas. El caso es que en La Página le haríamos un reconocimiento con textos de varios de los citados, incluido Miranda, que creo fue su debut y despedida de la palabra escrita. Un gran lector que no escribe, como lo fue el Feroz. También, por iniciativa de Rosendo Peña, publicamos Los músicos de Ixpalino en una revista de la Universidad.
Claro que no tiene porqué recordarme por esto que le digo, pero es necesario referirlo porque de no mediar ello quizá yo tampoco tendría motivos para recordarlo a usted. Eso es cierto, más no ofensivo.
Esa raza se la partía por Ramón Rubín y yo entonces era mucho más irreverente de lo que ahora soy. Recuerdo que un día le pedí a Elías que me prestara su novela El seno de la esperanza.
—A lo mejor es erótico y sí me interesa —argumenté.
—¿Entonces me estás diciendo que Rubín no te interesa por no tener erotismo? —respondió con ese tono mordaz que usa para aplicar una sutil regañada.
Pues bien, mire nomás como son las cosas, años más tarde, y no lo dudo que por el empuje de ese grupo que promovía con particular pasión su obra, la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS) y la Dirección de Investigación y Fomento de la Cultura Regional (Difocur), unieron esfuerzos para sacar la segunda edición de La Loca, en 1995. Recordará que usted por sus güevos, digo, con su peculio, sacó la primera en 1950.
Aunque a toro pasado, ahora que menciono sus ediciones de autor, que fueron casi todas, ¿qué tanto le afectó en su carrera literaria haber balconeado a don Alfonso Reyes, el hijo del general Bernardo Reyes, considerado por Borges como el mejor prosista de habla hispana, candidato al Nobel en 1945, como plagiario de un texto de un tal George Kent? ¿Sería por ello que las grandes casas editoriales le cerraron las puertas y usted tenía que publicar con lo que le dejaba esa pequeña industria que más tarde cedería a sus trabajadores? Dije que es a toro pasado.
Para la presentación en Mazatlán de esa segunda edición de La Loca fui invitado como comentarista, igual que Pedro Brito y no recuerdo quién más. Me tocó sentarme por un lado de su oído bueno, por lo que después de nuestras intervenciones le repetía las preguntas que le estaba haciendo el público.
Habrá de recordar que había parentela suya de Villa Unión y Mazatlán que ya ni recordaba o conocía. Mucha gente que lo había leído o quería conocerlo, a pesar de que la presentación fue en horas de la mañana. En fin, yo que lo tenía a un lado lo contemplaba contento.
¿Ya me empieza a recordar? Fue un 15 de noviembre de 1995, fecha de la dedicatoria que estampó en mi libro. Entonces estaba bien flaco, había llevado una dieta por prescripción médica que me tumbó más de veinte kilos. No me acuerdo qué ropa llevaba porque eso igual le va a parecer intrascendente. Yo sí me acuerdo que usted iba de blanco, con un sombrero que dejó en manos de una de sus parientes, su bastón, sus gafas de gruesos cristales, su cabello de plata, su permanente sonrisa. Sus ochenta y tres años bien plantados, como su bigote.
Conste, no le estoy tirando los perros, solo lo describo.
Voy a intentar un último recurso para acicatear su memoria.
Una de las personas asistentes a la presentación se puso de pie para hacerle una pregunta. Llevaba un vestido rojo, quizá una mascada. Se veía despampanante. Usted, luego de que ella finalizara, se dirigió a mí. Intenté iniciar mi traducción, pero usted me interrumpió para preguntarme quién era ella.
—¿Cómo? —me insistía haciendo una concha acústica con su mano en el oído bueno.
¿Cómo? Era lo que yo me preguntaba. Usted, de manera directa y por otros medios, me había dicho que no alcanzaba a ver más allá de lo que llegaba su mano y la muchacha estaba a cinco metros de nosotros ¿no se acuerda? ¡Y la estaba viendo! ¿No es acaso el fundador de una técnica de escritura, acuñada aquí en su Mazatlán en la que, aduciendo no alcanzar a leer la revista que le pasa el maestro para que la transcriba, pide que se le deje escribir en la imponente Underwood de la academia de taquimecanografía de la calle Carnaval lo que se le venga en gana, saliendo de ese ejercicio su primera novela, que con la irresponsabilidad de sus quince años destruyó?
Usted no veía y sin embargo asumió la necedad de exigirme tantas veces el nombre de esa despampanante muchacha de vestido rojo, periodista cultural, que seguía de pie, esperando sus palabras. Amigo, no sé cómo le hice para meter en el laberinto de su oído bueno el nombre de Aleyda. Y creo que tuve que reinventar la pregunta que ella le había hecho.
¿Ya se acordó o le sigo?
Le sigo por si las pulgas. Ese día se fueron a visitar “su calle” en la Isla de la Piedra. Lo hicieron en un vehículo o varios de Difocur (hoy Isic) o de la UAS. Eran una tropa encantadora y risueña y usted llevaba por el lado de su oído bueno a la muchacha que tanta batalla me dio darle a conocer el nombre y que hoy es novelista. Se la paso al costo. Comerían un zarandeado, camarones, aguachiles, por allá, varias cervezas frías. Yo no pude acompañarlos, por culpa de mi dieta, que era peor que una esposa celosa.
La verdad es que si al final de esta exposición memoriosa aun no me ubica, es una minucia sin trascendencia, lo que importa es que usted jamás se olvidó de Mazatlán. Lo que duele es que, al parecer, Mazatlán sí se ha olvidado de usted.
Hace año, angustiado por tal desmemoria, publiqué en Ríodoce un texto que remataba así:
“El 11 de junio de 1912 nació en Mazatlán un personaje de primer nivel al que mantenemos en el quinto olvido. Queda esperar si para el año entrante, en el centenario de su nacimiento, se hace digno de que lo recordemos”.
Al parecer valimos madre, querido amigo. Pero no tanto, si ponemos en consideración que usted dijo al rechazar el Premio Jalisco, en 1954: “Escribo por mero placer y gusto, y a veces para darle desahogo a mi rebeldía contra las injusticias sociales; no necesito esos estímulos”.
Bueno, pues como le dije en un principio, le escribo esta carta para desearle un feliz centenario. Que su literatura impere en el festejo.
P.D.: Por aquellos rumbos anda Ray Bradbury, se fue el pasado 5 de junio. Seguro habrán de encontrarse.
(México es el país de los escritores olvidados, ignorados y marginados. Es indudable que nuestra cultura se deja llevar por los reflectores de la literatura extranjera y los best-sellers, ahí tenemos el caso de Carlos Fuentes que "opacó" o "hizo sombra" a otros contemporáneos suyos como Ramón Rubín, Francisco Tario y Jorge López Páez, poco reeditados,`poco leídos y por ende poco estudiados. Y no mencionemos a escritoras, dramaturgas y poetas mujeres porque el panorama está para llorar. Nota de José Luis Franco en "río hondo" en línea.)