EL BISTURÍ DE KAPUSCINSKI
Nos encontramos bajo los árboles de una terraza en la parte alta de El Escorial, en las estribaciones de la montaña que ampara la villa de Felipe II y sus súbditos. Joaquín Estefanía hace los honores con una frase que me emocionó: “Maestro y discípulo”. Ni Ryszard Kapuscinski ni yo hicimos la menor apostilla. Creo que sonreímos. Contó Joaquín Estefanía, que entonces ya había dejado de ser mi director en El País, que el reportero polaco llevaba cerca de una semana asistiendo al curso de verano de El Escorial en el que era el ponente estrella de la jornada de clausura tomando notas como un alumno más, sentado al fondo del aula, sin reclamar para sí desde el primer momento la menor atención, ni mucho menos tratamiento especial. Hablaba un español endulzado por acentos latinoamericanos, gracias a su trabajo como reportero en aquellos parajes. Vestido con un pantalón oscuro y una camisa blanca, escuchaba con atención, mirándote a los ojos, tomándose su tiempo en comprender lo que le decías. Le admiraba por libros que me habían dejado boquiabierto, como El Emperador (que me parecía una secuela de las mejores obras de mi admirado Franz Kafka), El Sha y La guerra del fútbol. Seguí comprando todos y cada uno de los libros que fue publicando la editorial Anagrama, aunque algunos he tardado mucho tiempo en leerlos. Más que ser como él, quería hacer como él: en vista de que la batalla por los periódicos parecía perdida (el espacio era un bien cada vez más escaso para historias de países que no encajaban en los intereses geopolíticos y comerciales de mi país y del diario para el que trabajaba) y de que nada hacía presagiar que en España fuera a aparecer un émulo del New Yorker, la solución eran los libros.
Nada me hizo pensar que Kapuscinski pudiera tomarse la menor libertad a la hora de elaborar y construir sus historias. Con una prosa deslumbrante (muy bien vertida al español por Agata Orzeszek), compartía con él la necesidad de “ponerse en el lugar del otro” (el imperativo moral más caro para Simone Weil). Cuando murió, el director de ABC, donde ahora trabajo, me pidió que escribiera “una tercera”. Allí anoté las razones de mi admiración hacia el maestro polaco: “Kapuscinski tenía lo que hay que tener para ser un extraordinario reportero: humildad para ponerse a la altura de los ojos de su interlocutor, soberano o enterrador; la exactitud de un entomólogo, un historiador o un astrónomo, 'para que ningún lector pueda corregirte y demostrar que no sabes de qué hablas, dejarte en evidencia y en entredicho todo lo escrito'; curiosidad insaciable (cómo si no iba a volver a perderse una y otra vez bajo soles como espinas, fríos como sierras); valor para ponerse a prueba jugándosela donde ya no queda nadie para contarlo, nadie con un altavoz donde propagar lo que se ha visto y no se pierda, sufrimiento inútil, dolor derramado para nada; compasión hacia quienes no sólo suelen sufrir la historia, y mucho menos para hacerla suya, para cambiar su destino; resistencia frente a las adversidades, los flacos presupuestos, la desidia o la pereza de los jefes alejados de los campos de batalla o de los campos de algodón; perseverancia para comprobar hasta el último rasguño y el último dato, para que no quede el relato cojo, incompleto, falso por ese mal tan extendido que deduce que 'da lo mismo', cuando ahí reside el principio de nuestro deshonor, y estilo: el de su alma, la de un hombre cercano capaz de encender hogueras de palabras que calientan e iluminan más que el fuego”.
A pesar de que titulé mi artículo El honor perdido del periodismo (parafraseando a modo de homenaje el título de la novela de Heinrich Böll, El honor perdido de Katharina Blum), no había en él la menor sombra de duda acerca de la estatura moral y la categoría periodística de Kapusckinski. Y eso que entonces ya había leído la demoledora crítica que el antropólogo británico John Ryle había hecho de Ébano y El Emperador en el Times Literary Supplement (TSL): Por eso, cuando aparecieron las primeras revelaciones que había hecho en un libro el periodista polaco Artur Domoslawski (Kapuscinski non fiction, que publicará en octubre próximo en español la editorial Galaxia Gutemberg), empecé a sentir un profundo malestar. No sabía a qué atenerme. Invitado el pasado mes de julio a un curso de verano de El Escorial titulado, sin el menor asomo de ironía, Ryszard Kapusckinsi, el último maestro, y a la espera de poder leer en español el libro de Domoslwakski, amigo y discípulo de Kapuscinski, preparé mi intervención trasladando mi perplejidad y mi desasosiego a unos cuantos amigos periodistas. A todos ellos les planteé las mismas preguntas:
1. ¿Qué es Ryszard Kapuscinski para ti?
2. Después de las recientes revelaciones de que introdujo algo de ficción en algunos de sus reportajes para hacerlos más interesantes, ¿cambió tu visión sobre el reportero polaco?
(Si te dieran a escoger los mejores libros de Kapuscinski, sé que tomarías "Las botas" y "Los cínicos no sirven para este oficio", pero no por discriminar otros libros sino porque no has leído más; y sabes que si los relees será como la vez primera que se lee un libro que te va a gustar, que no vas a querer prestar, por que sabes que no te será devuelto, porque eso pasa con los libros buenos, sin desperdicio. Reportaje tomado de la revista electrónica 'frontera d', autor Alfonso Armada.)
Nada me hizo pensar que Kapuscinski pudiera tomarse la menor libertad a la hora de elaborar y construir sus historias. Con una prosa deslumbrante (muy bien vertida al español por Agata Orzeszek), compartía con él la necesidad de “ponerse en el lugar del otro” (el imperativo moral más caro para Simone Weil). Cuando murió, el director de ABC, donde ahora trabajo, me pidió que escribiera “una tercera”. Allí anoté las razones de mi admiración hacia el maestro polaco: “Kapuscinski tenía lo que hay que tener para ser un extraordinario reportero: humildad para ponerse a la altura de los ojos de su interlocutor, soberano o enterrador; la exactitud de un entomólogo, un historiador o un astrónomo, 'para que ningún lector pueda corregirte y demostrar que no sabes de qué hablas, dejarte en evidencia y en entredicho todo lo escrito'; curiosidad insaciable (cómo si no iba a volver a perderse una y otra vez bajo soles como espinas, fríos como sierras); valor para ponerse a prueba jugándosela donde ya no queda nadie para contarlo, nadie con un altavoz donde propagar lo que se ha visto y no se pierda, sufrimiento inútil, dolor derramado para nada; compasión hacia quienes no sólo suelen sufrir la historia, y mucho menos para hacerla suya, para cambiar su destino; resistencia frente a las adversidades, los flacos presupuestos, la desidia o la pereza de los jefes alejados de los campos de batalla o de los campos de algodón; perseverancia para comprobar hasta el último rasguño y el último dato, para que no quede el relato cojo, incompleto, falso por ese mal tan extendido que deduce que 'da lo mismo', cuando ahí reside el principio de nuestro deshonor, y estilo: el de su alma, la de un hombre cercano capaz de encender hogueras de palabras que calientan e iluminan más que el fuego”.
A pesar de que titulé mi artículo El honor perdido del periodismo (parafraseando a modo de homenaje el título de la novela de Heinrich Böll, El honor perdido de Katharina Blum), no había en él la menor sombra de duda acerca de la estatura moral y la categoría periodística de Kapusckinski. Y eso que entonces ya había leído la demoledora crítica que el antropólogo británico John Ryle había hecho de Ébano y El Emperador en el Times Literary Supplement (TSL): Por eso, cuando aparecieron las primeras revelaciones que había hecho en un libro el periodista polaco Artur Domoslawski (Kapuscinski non fiction, que publicará en octubre próximo en español la editorial Galaxia Gutemberg), empecé a sentir un profundo malestar. No sabía a qué atenerme. Invitado el pasado mes de julio a un curso de verano de El Escorial titulado, sin el menor asomo de ironía, Ryszard Kapusckinsi, el último maestro, y a la espera de poder leer en español el libro de Domoslwakski, amigo y discípulo de Kapuscinski, preparé mi intervención trasladando mi perplejidad y mi desasosiego a unos cuantos amigos periodistas. A todos ellos les planteé las mismas preguntas:
1. ¿Qué es Ryszard Kapuscinski para ti?
2. Después de las recientes revelaciones de que introdujo algo de ficción en algunos de sus reportajes para hacerlos más interesantes, ¿cambió tu visión sobre el reportero polaco?
(Si te dieran a escoger los mejores libros de Kapuscinski, sé que tomarías "Las botas" y "Los cínicos no sirven para este oficio", pero no por discriminar otros libros sino porque no has leído más; y sabes que si los relees será como la vez primera que se lee un libro que te va a gustar, que no vas a querer prestar, por que sabes que no te será devuelto, porque eso pasa con los libros buenos, sin desperdicio. Reportaje tomado de la revista electrónica 'frontera d', autor Alfonso Armada.)
Comentarios