CASSEZ EN CASA
El primero de enero de 2011 América festejó la llegada al poder en Brasil de una mujer. Dilma Rousseff asumió la presidencia brasileña en ceremonia en la que México estuvo representado por un funcionario segundón. Supuestas desaveniencias entre mexicanos y brasileños en la cumbre sobre el clima de Cancún llevaron al gobierno de Felipe Calderón a automarginarse de la histórica ocasión. Seguro en Brasil siguen entre divertidos e intrigados por la psique del presidente mexicano que desperdició una oportunidad dorada para hacer política de altura.
A Calderón no le gusta la agenda internacional. No sé si le entiende, pero sé que no le gusta. Cuando en 2006 México tenía que ratificar su solicitud para participar de nueva cuenta en el Consejo de Seguridad de la ONU, en su calidad de presidente electo Calderón comentó a su equipo que ese asunto no le gustaba, que para qué meterse en esos problemas. Tiene razón, estar en la sala en la que se discuten los mayores asuntos de seguridad mundial produce situaciones problemáticas. Problemas que surgen cuando se quiere jugar en las grandes ligas.
En un libro que no se debatió suficientemente --La Diferencia, radiografía de un sexenio, de Jorge G. Castañeda y Rubén Aguilar--, los autores narran una reunión que nos revela quién es Calderón en el plano internacional. El libro hace una revisión del sexenio de Vicente Fox. El presidente que derrotó al PRI estaba convaleciente de una cirugía de columna vertebral. Era 2003 y México participaba en el Consejo de Seguridad. Estados Unidos quería que los mexicanos respaldaran la invasión a Irak. Fox convocó a un grupo de colaboradores para discutir el sentido del voto mexicano en la ONU y la presión que Estados Unidos ejercía: el único que dijo abiertamente que tenían que apoyar a Washington en su locura bélica fue Felipe Calderón. Hoy una de las pocas cosas que se le reconocen al presidente ranchero es el haberse opuesto a George W. Bush.
Calderón nombró canciller a una modesta embajadora. Wikileaks nos confirmó que Calderón no quiere a Chávez pero que tampoco sabe qué hacer con él, ni como jugar en la región. Calderón ha pedido apoyo a Estados Unidos como nunca antes nadie lo había hecho desde la silla presidencial mexicana. Y ahora Calderón ha creado un problema donde no lo había. La noche del lunes México canceló un ambicioso programa de actividades denominado Año de México en Francia. El arrebato calderonista de tirar por la borda una celebración internacional surge de un engaño: la policía mexicana detuvo en diciembre de 2005 a la ciudadana francesa Florence Cassez en un operativo que tuvo irregularidades, incluida la representación teatralizada un día después de la detención para que la televisión la pudiera "grabar" como si estuviera ocurriendo en directo. Acusada de secuestro, Cassez ha sido condenada a 60 años de prisión. Francia quiere que la envíen a su territorio. México, no sólo Calderón sino el poder Judicial también, ha dicho que no. La última instancia del juicio ocurrió la semana pasada y resultó adversa para Cassez. Por ello, Nicolás Sarkozy, en vez de cancelar el festival de México en Francia, como lo pedían altas voces en su país, decidió dedicar ese evento a Florence Cassez. Fue demasiado para la impericia de los diplomáticos calderonistas que no pudieron evitar la cachetada con guante blanco del mandatario galo: la canciller mexicana anunció que México prefiere apearse del magno programa de actividades.
Nuestro país necesita que se hable de él, de su cultura, de su historia, de su grandeza. La sangre de una guerra está ahogando la imagen de un país milenario. Podemos discutir si Francia se excede en su demanda de repatriación de Cassez. Pero es indiscutible que ese festival era una oportunidad grande para que los que defienden la encarcelación lo hagan con inteligencia y argumentos, incluso en foros galos. En todo caso, o como le gusta decir a Calderón: haiga sido como haiga sido, la cancelación es un fracaso para México, para sus diplomáticos disminuidos y para sus ciudadanos, que nos merecemos participar en discusiones, así sea con todo en contra, más vale ir que quedarnos, como ocurrió el primero de enero con el caso brasileño, lejos del mundo.
(nota tomada dle blog de Salvador Camarena, 'águila y sol' de El País.)
A Calderón no le gusta la agenda internacional. No sé si le entiende, pero sé que no le gusta. Cuando en 2006 México tenía que ratificar su solicitud para participar de nueva cuenta en el Consejo de Seguridad de la ONU, en su calidad de presidente electo Calderón comentó a su equipo que ese asunto no le gustaba, que para qué meterse en esos problemas. Tiene razón, estar en la sala en la que se discuten los mayores asuntos de seguridad mundial produce situaciones problemáticas. Problemas que surgen cuando se quiere jugar en las grandes ligas.
En un libro que no se debatió suficientemente --La Diferencia, radiografía de un sexenio, de Jorge G. Castañeda y Rubén Aguilar--, los autores narran una reunión que nos revela quién es Calderón en el plano internacional. El libro hace una revisión del sexenio de Vicente Fox. El presidente que derrotó al PRI estaba convaleciente de una cirugía de columna vertebral. Era 2003 y México participaba en el Consejo de Seguridad. Estados Unidos quería que los mexicanos respaldaran la invasión a Irak. Fox convocó a un grupo de colaboradores para discutir el sentido del voto mexicano en la ONU y la presión que Estados Unidos ejercía: el único que dijo abiertamente que tenían que apoyar a Washington en su locura bélica fue Felipe Calderón. Hoy una de las pocas cosas que se le reconocen al presidente ranchero es el haberse opuesto a George W. Bush.
Calderón nombró canciller a una modesta embajadora. Wikileaks nos confirmó que Calderón no quiere a Chávez pero que tampoco sabe qué hacer con él, ni como jugar en la región. Calderón ha pedido apoyo a Estados Unidos como nunca antes nadie lo había hecho desde la silla presidencial mexicana. Y ahora Calderón ha creado un problema donde no lo había. La noche del lunes México canceló un ambicioso programa de actividades denominado Año de México en Francia. El arrebato calderonista de tirar por la borda una celebración internacional surge de un engaño: la policía mexicana detuvo en diciembre de 2005 a la ciudadana francesa Florence Cassez en un operativo que tuvo irregularidades, incluida la representación teatralizada un día después de la detención para que la televisión la pudiera "grabar" como si estuviera ocurriendo en directo. Acusada de secuestro, Cassez ha sido condenada a 60 años de prisión. Francia quiere que la envíen a su territorio. México, no sólo Calderón sino el poder Judicial también, ha dicho que no. La última instancia del juicio ocurrió la semana pasada y resultó adversa para Cassez. Por ello, Nicolás Sarkozy, en vez de cancelar el festival de México en Francia, como lo pedían altas voces en su país, decidió dedicar ese evento a Florence Cassez. Fue demasiado para la impericia de los diplomáticos calderonistas que no pudieron evitar la cachetada con guante blanco del mandatario galo: la canciller mexicana anunció que México prefiere apearse del magno programa de actividades.
Nuestro país necesita que se hable de él, de su cultura, de su historia, de su grandeza. La sangre de una guerra está ahogando la imagen de un país milenario. Podemos discutir si Francia se excede en su demanda de repatriación de Cassez. Pero es indiscutible que ese festival era una oportunidad grande para que los que defienden la encarcelación lo hagan con inteligencia y argumentos, incluso en foros galos. En todo caso, o como le gusta decir a Calderón: haiga sido como haiga sido, la cancelación es un fracaso para México, para sus diplomáticos disminuidos y para sus ciudadanos, que nos merecemos participar en discusiones, así sea con todo en contra, más vale ir que quedarnos, como ocurrió el primero de enero con el caso brasileño, lejos del mundo.
(nota tomada dle blog de Salvador Camarena, 'águila y sol' de El País.)
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