DÍA DE LA CANDELARIA

febrero 2, 2011
Las guarderías y los kindergarten se quedaron sin niños pues el viento errático y frío propagó en volantes que la ciudad seguirá bajo el fragor de los murmullos, como en Comala, de otra escalada de violencia. Antes de las 13 horas había comercios dispuestos a bajar las cortinas de acero, a colocar candados inviolables y trancas gruesas porque nadie estaba preparado para atestiguar la presencia ni las víctimas de los bárbaros, como en el poema de Kavafis.

Había los que esperaban un coro de hombres decapitados, colocados en hieleras rojas y blancas de oxxo, los cráneos desollados acomodados cuidadosamente sobre cubitos de hielo. Eran recipientes abandonados en algún entronque cercano a un depósito de gasolina en dirección sur, norte o el que fuese una referencia en esta ciudad protegida y fortificada por una decena de capillas, ermitas y parroquias y una catedral. Todas vacías pues hasta los pordioseros recogieron sus andrajos y miedos para resguardarse mucho antes del toque de queda. Antes que la noche acampase en la vida de cada uno y cada quien.

Como una ambulancia que va, preocupada, al lugar del siniestro, así se propagaron las voces que prevenían del desastre; como el camión-cisterna de Bomberos que suena la campana anémica en dirección a la desgracia, así la flama del desasosiego se mantuvo en la boca del estómago del manso, del bienaventurado y el místico de barra libre, en el corazón del descafeinado y el de la cuba libre.

Así pasaron las horas, el cenit de ese miércoles con vientos de ceniza adelantada, temerosas las almas de abrir la ventana del televisor, las cejas ralas de las persianas, el llanto anticipado de las ambulancias, los párpados cerrados de los negocios y comercios, las pestañas luídas de los bancos y las cotizaciones de divisas. Dejaron de circular los trenes, los coches, los camiones urbanos; las muchachas de los vecinos, acomodados en sus caudales, no llegaron de sus pueblos a preparar el almuerzo y a llenar los patios de ropa mojada. Y aunque todos supieron que la marmota Phil había anunciado el fin del invierno, pocos se apresuraron a celebrarlo, acaso nomás don Nico, que cada mediodía recolecta cartón de desecho, ropa vieja o una bolsa de pan rezagado del día anterior.

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