Robin Myers (1987 )
Paciente
El hospital vive al lado del teatro, y comparten
una plaza con una fuente, un carrito nocturno de hot dogs,
una estatua de una Madonna volcánica con su bebé. Los acomodadores
salen a fumar, los médicos se escapan a fumar, las camisas negras
y las batas blancas se demoran y desaparecen en una nube acre. La plaza se llena.
Crisis, estreno, pase lo que pase, los cuerpos se forman en
fila. Algunas perlas y sacos. Algunos tuppers. Hombres que duermen
con rigor en un banco de piedra, con el portafolios a un costado. La comida
forma parte de sus actividades. Papas fritas de bolsa al lado de la boletería,
sándwiches de queso en bolsas para sándwich, Nescafé, tacos hasta
tarde. Las vueltas que da la gente, la relación con sus propias extremidades
ociosas. La mayoría se amontona como gansos si están juntos.
Parejas que esperan inquietas, el flash de una cámara, un llanto irregular
desde un auto estacionado. Las lamparitas de las marquesinas. Miradas al reloj
para ver qué hora es. La luz límpida de la funeraria de enfrente. Rosas rojas en mano,
una camilla recostada como un borracho contra una ambulancia.
Y podría seguir. Porque esto sigue. Paso por esta escena casi todos los días
para ver a alguien que amo. Trato de no llegar con las manos vacías,
y a veces abre la puerta antes de que yo meta la llave.
La metafísica de Pedro el Heladero
Según lo veo yo, el cielo es otro mundo, nada más,
y yo no soy de ahí.
Vi un programa en la tele acerca de los peces de las profundidades,
que viven tan profundo que casi no son peces, sino apenas
pinchos y lamparitas que relumbran en un lugar extraño.
Nosotros no podemos bajar tanto, excepto en una máquina.
De intentar respirar, nos ahogaría el agua,
y nos aplastaría la oscuridad. Mientras que aquellos peces
se la pasan nadando por ahí, con sus luces intermitentes y
[sus dientecitos,
comiendo lo que sea que ellos comen,
todas nuestras palabras y los planes que hacemos no nos sirven
[de nada;
y todas esas sombras y las cosas que brillan,
junto con la comida invisible de los peces,
tienen bastante más sentido que nosotros.
¿Por qué sería diferente el cielo?
Otro país por el que para entrar tenemos que morir,
y donde ya no importan la tierra ni la sangre ni los huesos,
y hay que aprender a parecerse al aire
después de caminar por tantos años.
Cuando a la noche prendo una vela al costado de mi cama,
eso es lo más que llego a parecerme
a los peces de las profundidades.
Se me voló el sombrero un día de viento;
quizá eso se parezca un poquito a volar
o a tener un espíritu o a ser uno. Jamás volví a encontrarlo.
Quizá llegue a algún lado antes que yo,
quizá me quede donde estoy sin él.
("tres pies al gato",traducción de ezequiel zaidenwerg)
El hospital vive al lado del teatro, y comparten
una plaza con una fuente, un carrito nocturno de hot dogs,
una estatua de una Madonna volcánica con su bebé. Los acomodadores
salen a fumar, los médicos se escapan a fumar, las camisas negras
y las batas blancas se demoran y desaparecen en una nube acre. La plaza se llena.
Crisis, estreno, pase lo que pase, los cuerpos se forman en
fila. Algunas perlas y sacos. Algunos tuppers. Hombres que duermen
con rigor en un banco de piedra, con el portafolios a un costado. La comida
forma parte de sus actividades. Papas fritas de bolsa al lado de la boletería,
sándwiches de queso en bolsas para sándwich, Nescafé, tacos hasta
tarde. Las vueltas que da la gente, la relación con sus propias extremidades
ociosas. La mayoría se amontona como gansos si están juntos.
Parejas que esperan inquietas, el flash de una cámara, un llanto irregular
desde un auto estacionado. Las lamparitas de las marquesinas. Miradas al reloj
para ver qué hora es. La luz límpida de la funeraria de enfrente. Rosas rojas en mano,
una camilla recostada como un borracho contra una ambulancia.
Y podría seguir. Porque esto sigue. Paso por esta escena casi todos los días
para ver a alguien que amo. Trato de no llegar con las manos vacías,
y a veces abre la puerta antes de que yo meta la llave.
La metafísica de Pedro el Heladero
Según lo veo yo, el cielo es otro mundo, nada más,
y yo no soy de ahí.
Vi un programa en la tele acerca de los peces de las profundidades,
que viven tan profundo que casi no son peces, sino apenas
pinchos y lamparitas que relumbran en un lugar extraño.
Nosotros no podemos bajar tanto, excepto en una máquina.
De intentar respirar, nos ahogaría el agua,
y nos aplastaría la oscuridad. Mientras que aquellos peces
se la pasan nadando por ahí, con sus luces intermitentes y
[sus dientecitos,
comiendo lo que sea que ellos comen,
todas nuestras palabras y los planes que hacemos no nos sirven
[de nada;
y todas esas sombras y las cosas que brillan,
junto con la comida invisible de los peces,
tienen bastante más sentido que nosotros.
¿Por qué sería diferente el cielo?
Otro país por el que para entrar tenemos que morir,
y donde ya no importan la tierra ni la sangre ni los huesos,
y hay que aprender a parecerse al aire
después de caminar por tantos años.
Cuando a la noche prendo una vela al costado de mi cama,
eso es lo más que llego a parecerme
a los peces de las profundidades.
Se me voló el sombrero un día de viento;
quizá eso se parezca un poquito a volar
o a tener un espíritu o a ser uno. Jamás volví a encontrarlo.
Quizá llegue a algún lado antes que yo,
quizá me quede donde estoy sin él.
("tres pies al gato",traducción de ezequiel zaidenwerg)
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