Arturo Gutiérrez Plaza (1962 )


                                                            foto de martha viaña pulido



Mientras él leía a Shelley

                                             a charles simic

Mientras él leía a Shelley,
el otro lo leía a él.
No en un café mugriento
de algún callejón de Manhattan,
ni en un restaurant de rojas cortinas
y hábitos chinos, en cuyo brillo
se asentara la escapadiza
grasa de las cocinas.

Mientras Shelley le hablaba,
le murmuraba -entrelíneas- historias
de multitudes contagiadas por la peste
y reyes enloquecidos, ciegos y moribundos,
el otro lo leía a él;
pero no en algún bar de la calle McDougal
o en algún recoveco de la Cuarta Avenida.
Lo leía desde muy lejos,
desde antes de nacer;
ni en inglés ni en eslavo,
simplemente lo leía
en el único idioma que compartían,
aquél que desde siempre han hablado las rocas.

Desde allí lo leía
y escuchaba también entre susurros.
Le oía decir que la luz de la luna no era de piedra,
pero que se escondía en ellas
para inventar en su interior amaneceres
cruzados por cantos de pájaros
que habitaban allí
mientras aprendían a volar.

Sí, él leía a Shelley,
pero el otro lo leía a él
sin importar si las hojas muertas
eran barridas por fantasmas.

Lo leía escondido tras las pétreas murallas
que custodian la tumba de un emperador niño.



Hogar


Vivo en esta ciudad, en este país despoblado,
avergonzado por sus propios fantasmas,
confinado a cuatro paredes hurañas.

Vivo en cuartos vacíos.
En habitaciones que a ratos se encogen
expulsando todo aquello
que hasta ayer me acompañaba.

Vivo en su centro como viven los moluscos,
babosos e invertebrados, cordializando
con la concha que los protege.

Doy rondas, tanteo su superficie,
hago trampas: intento horadarla
guardando la esperanza de encontrar
respiraderos al otro lado.

Pero soy de acá, este es mi hogar
y aunque me vaya, aunque me escape lejos,
este encierro siempre será mío.


Vivo como el cangrejo ermitaño,
como un decápodo errante,
refugiado en conchas vacías,
atrapado, impenitente, confiado
en la bondad de alguna ola que me arrastre
o termine de ocultarme en la arena.


("revista altazor")


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