Nadia López García (1992 )
Tía Chelo
Guardaron todas tus herramientas de hombre de campo y sellaron la puerta de tu casa, quizá, para que a varias de nosotras, no nos gane la tristeza y corramos a buscarte en la soledad de tus cuatro paredes.
Tú tienes la culpa, Tío Chelo, que estemos enojadas contigo: nos acostumbramos a creer que nada te vencería. Sobreviviste a casi todo: a esa única vez en que tu cuerpo se enfermó, a aquella embestida del caballo y a esos meses de vivir a la intemperie; cuidando que nadie robara las mazorcas. Hasta llegue a pensar, en mi mente de niña, que eras un toro que se hizo hombre. Abuelita decía que tú nos enterrarías a todas, como premio por ser único entre tanta mujer.
Nadie imaginó que sería ahí, en la intimidad de tu cama, donde se tejería el murmullo de tu muerte. ¿Cómo no lo viste, Tío Chelo?, Tú, que en la lejanía distinguías el rayo de la liebre que después sería manjar en la mesa, tú, que al menor movimiento de una coralillo le saltabas encima para terminar, sin clemencia, con su vida. ¿Cómo no viste a esa insignificante araña, Tío Chelo? Quizá ella estuvo vigilándote por días y en la humedad de tu cabecera, encontró el sitio perfecto para hacer de ti, su presa.
A veces pienso que sí la viste anidar cerca de ti y al observar su diminuto cuerpo, pensaste –como era tu costumbre- que algo tan pequeño no era capaz de causarte daño.
Quizá, nadie te dijo que también aquello que parece inofensivo, en la oscuridad de lo íntimo, puede aniquilarnos.
("liberoamérica")
Guardaron todas tus herramientas de hombre de campo y sellaron la puerta de tu casa, quizá, para que a varias de nosotras, no nos gane la tristeza y corramos a buscarte en la soledad de tus cuatro paredes.
Tú tienes la culpa, Tío Chelo, que estemos enojadas contigo: nos acostumbramos a creer que nada te vencería. Sobreviviste a casi todo: a esa única vez en que tu cuerpo se enfermó, a aquella embestida del caballo y a esos meses de vivir a la intemperie; cuidando que nadie robara las mazorcas. Hasta llegue a pensar, en mi mente de niña, que eras un toro que se hizo hombre. Abuelita decía que tú nos enterrarías a todas, como premio por ser único entre tanta mujer.
Nadie imaginó que sería ahí, en la intimidad de tu cama, donde se tejería el murmullo de tu muerte. ¿Cómo no lo viste, Tío Chelo?, Tú, que en la lejanía distinguías el rayo de la liebre que después sería manjar en la mesa, tú, que al menor movimiento de una coralillo le saltabas encima para terminar, sin clemencia, con su vida. ¿Cómo no viste a esa insignificante araña, Tío Chelo? Quizá ella estuvo vigilándote por días y en la humedad de tu cabecera, encontró el sitio perfecto para hacer de ti, su presa.
A veces pienso que sí la viste anidar cerca de ti y al observar su diminuto cuerpo, pensaste –como era tu costumbre- que algo tan pequeño no era capaz de causarte daño.
Quizá, nadie te dijo que también aquello que parece inofensivo, en la oscuridad de lo íntimo, puede aniquilarnos.
("liberoamérica")
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