MARIANA DE ALCOFORADO (1640- 1723)
Cartas de amor de la monja portuguesa
(fragmento)
¿Qué será de mí? ¿Qué quieres que haga?
¡Cuán lejos me veo de lo que imaginaba!
Supuse que me escribirías de todos los lugares
por que pasaras. ¡Esperaba recibir cartas
larguísimas! Creí que alimentarías mi pasión,
con la esperanza de tu regreso. Pensé que
una confianza absoluta en tu fidelidad me
proporcionaría algún alivio y que perma-
necería así en una condición soportable, sin
grandes inquietudes. Hasta formé unos leves
propósitos de poner todo el esfuerzo de que
fuera capaz al servicio de mi curación, si con
certeza llegaba a saber que me habías olvidado.
Tu ausencia, algunos rasgos de devoción, el natural
recelo de arruinar enteramente la poca salud que
con tantas vigilias y tamañas mortificaciones me
queda, la escasa esperanza de tu regreso, la frialdad
de tu cariño, tus postreros adioses, tu partida fundada
en mal forjados pretextos, otras mil consideraciones,
no por razonables menos inútiles, me ofrecían un
refugio, si... lo hubiera deseado.
No teniendo que batallar sino contra mí misma, ni
podía desconfiar de todas mis flaquezas, ni prever
todo cuanto ahora padezco. ¡Ay de mí, cuán digna
soy de lástima por no poder dividir contigo mis
penas y por verme sola, enteramente sola, entre
tanta desventura!
Esta idea me mata. Muero de terror al pensar que
nunca sentiste deveras el íntimo deliquio de nuestros
goces. ¡Ay, sí! Ahora conozco la falsía de todos tus
transportes. Me traicionabas cuantas veces decías
que tu supremo encanto era estar a solas conmigo.
Sólo a mis importunidades debes tus éxtasis y tus
raptos.
(texto tomado de Cartas de amor de la monja
portuguesa, ed. Grijalbo, Barcelona, 1975, trad. de
Pedro González Blanco)
(fragmento)
¿Qué será de mí? ¿Qué quieres que haga?
¡Cuán lejos me veo de lo que imaginaba!
Supuse que me escribirías de todos los lugares
por que pasaras. ¡Esperaba recibir cartas
larguísimas! Creí que alimentarías mi pasión,
con la esperanza de tu regreso. Pensé que
una confianza absoluta en tu fidelidad me
proporcionaría algún alivio y que perma-
necería así en una condición soportable, sin
grandes inquietudes. Hasta formé unos leves
propósitos de poner todo el esfuerzo de que
fuera capaz al servicio de mi curación, si con
certeza llegaba a saber que me habías olvidado.
Tu ausencia, algunos rasgos de devoción, el natural
recelo de arruinar enteramente la poca salud que
con tantas vigilias y tamañas mortificaciones me
queda, la escasa esperanza de tu regreso, la frialdad
de tu cariño, tus postreros adioses, tu partida fundada
en mal forjados pretextos, otras mil consideraciones,
no por razonables menos inútiles, me ofrecían un
refugio, si... lo hubiera deseado.
No teniendo que batallar sino contra mí misma, ni
podía desconfiar de todas mis flaquezas, ni prever
todo cuanto ahora padezco. ¡Ay de mí, cuán digna
soy de lástima por no poder dividir contigo mis
penas y por verme sola, enteramente sola, entre
tanta desventura!
Esta idea me mata. Muero de terror al pensar que
nunca sentiste deveras el íntimo deliquio de nuestros
goces. ¡Ay, sí! Ahora conozco la falsía de todos tus
transportes. Me traicionabas cuantas veces decías
que tu supremo encanto era estar a solas conmigo.
Sólo a mis importunidades debes tus éxtasis y tus
raptos.
(texto tomado de Cartas de amor de la monja
portuguesa, ed. Grijalbo, Barcelona, 1975, trad. de
Pedro González Blanco)
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