AQUELLAS LLUVIAS DE VERANO
uno.
domingo 8.viii.2010
Recién bajaron las cubiertas de la Feria del Libro, cayó un fuerte aguacero que duró unos 45 minutos. Fue la premonición del buen temporal ("cuando llueve agua, también llueve dinero", me dijo en una ocasión un comerciante). Mientras amainaba o se iba, fue necesario empacar las hileras superiores del stand, por el agua que podría escurrir de los vecinos de enfrente al nuestro, al reanudar la lluvia más noche.
dos.
El martes siguiente llegó un matrimonio de universitarios que seleccionaron y se llevaron una caja repleta de títulos. Ella convino en pasar al día siguiente a liquidar el faltante y a dejarnos cinco ejemplares de un volumen que requiere promoción.
tres.
A partir de ese martes, luego del baño matutino, porto la trusa amarilla que me compré un diciembre para recibir el año nuevo. Desde el primer día de feria, en las horas muertas de la jornada, inicio la lectura de una obra de R.B.
cuatro.
El último día de feria, el domingo siguiente por la tarde, un matrimonio nos entrega el pago de una adquisición equivalente a dos cajas de libros; relación previamente cotejada título por título según la selección original efectuada por ellos.
cinco.
Un día antes de la feria descartamos la posibilidad de participar por el desembolso que implicaba la compra del espacio temporal. Por la mañana del día señalado nos avisaron que había un espacio reservado para nosotros, a un precio inferior al solicitado originalmente. Fuimos a verlo y aceptamos.
seis.
Había que empacar ocho cajas antes de las 17 horas, trasladarlas a la carpa y "vestir" el stand antes de la inauguración. La selección y embalaje corrió por cuenta del instinto, así como el traslado y distribución del espacio. El resto fue pan comido al igual que los aguaceros sucesivos registrados en los días subsecuentes. Igual fue el traslado de la mercancía sobrante a los entrepaños de la Librería La Azotea.
siete.
Había que depositar la cantidad global en banamex, el siguiente lunes, y corroborar la autenticidad de los tres documentos. Todo en orden. Luego guardamos la trusa amarilla en el cesto de la ropa sucia.
ocho.
Un soldado ve la lechuza joven entre la maleza. Apoya el fusil en la hierba. Se levanta. La bala parte. Y da en el blanco.
El muerto es el hijo del sastre. El muerto es Dietmar.
H. Mûller, El hombre es un gran faisán en el mundo.
domingo 8.viii.2010
Recién bajaron las cubiertas de la Feria del Libro, cayó un fuerte aguacero que duró unos 45 minutos. Fue la premonición del buen temporal ("cuando llueve agua, también llueve dinero", me dijo en una ocasión un comerciante). Mientras amainaba o se iba, fue necesario empacar las hileras superiores del stand, por el agua que podría escurrir de los vecinos de enfrente al nuestro, al reanudar la lluvia más noche.
dos.
El martes siguiente llegó un matrimonio de universitarios que seleccionaron y se llevaron una caja repleta de títulos. Ella convino en pasar al día siguiente a liquidar el faltante y a dejarnos cinco ejemplares de un volumen que requiere promoción.
tres.
A partir de ese martes, luego del baño matutino, porto la trusa amarilla que me compré un diciembre para recibir el año nuevo. Desde el primer día de feria, en las horas muertas de la jornada, inicio la lectura de una obra de R.B.
cuatro.
El último día de feria, el domingo siguiente por la tarde, un matrimonio nos entrega el pago de una adquisición equivalente a dos cajas de libros; relación previamente cotejada título por título según la selección original efectuada por ellos.
cinco.
Un día antes de la feria descartamos la posibilidad de participar por el desembolso que implicaba la compra del espacio temporal. Por la mañana del día señalado nos avisaron que había un espacio reservado para nosotros, a un precio inferior al solicitado originalmente. Fuimos a verlo y aceptamos.
seis.
Había que empacar ocho cajas antes de las 17 horas, trasladarlas a la carpa y "vestir" el stand antes de la inauguración. La selección y embalaje corrió por cuenta del instinto, así como el traslado y distribución del espacio. El resto fue pan comido al igual que los aguaceros sucesivos registrados en los días subsecuentes. Igual fue el traslado de la mercancía sobrante a los entrepaños de la Librería La Azotea.
siete.
Había que depositar la cantidad global en banamex, el siguiente lunes, y corroborar la autenticidad de los tres documentos. Todo en orden. Luego guardamos la trusa amarilla en el cesto de la ropa sucia.
ocho.
Un soldado ve la lechuza joven entre la maleza. Apoya el fusil en la hierba. Se levanta. La bala parte. Y da en el blanco.
El muerto es el hijo del sastre. El muerto es Dietmar.
H. Mûller, El hombre es un gran faisán en el mundo.
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