EL ÁLBUM DE TERESA
uno.
¿Qué vas a recordar del cine Teresa que, te dicen, vive su demolición? Guardarás en la memoria a aquel ser que en los pasillos iluminados como hospital se te quedó viendo en espera de una mirada de piedad y conmiseración por la enfermedad que alojaba en su cuerpo y que evidenciaba en ojeras y ojos, en las uñas de los dedos, en la punta de cada pelo. Muchacho que, luego viste en el interior de la sala, sentado en la butaca, con la cabeza apoyada en el hombro de alguien que, acaso, se apiadó de él y de su enfermedad y permitieron ambos que conservases la imagen como una modalidad de la Pietá, de Buonarroti.
dos.
De aquella enorme sala de espera con proyecciones desde las 10 am, guardarás en la memoria los espacios de Caballeros y Damas, utilizados indistintamente mientras se le daba mantenimiento a una y otra, donde entrabas ya a orinar, ya a observar las atmósferas silenciosas como de cine mudo, como de escena de teatro concebida por Julio Castillo, ya los furtivos roces o la exhibición de atributos anatómicos erectos, como retos, invitaciones o simples exhibiciones de músculo.
tres.
No olvidarás el momento en que aquel muchacho se sentó al lado del militar apuesto y varonil, evidentemente con un rango superior al del simple soldado raso; y luego empezaron a platicar como viejos conocidos, como preámbulo a la incursión exitosa al hotel más cercano donde ambos se desnudarían, etcétera. Mientras tú permanecías al margen de todo porque tu misión era observar, anotar y guardar silencio.
cuatro.
Conservarás en la memoria la repentina aparición, en el interior de la sala de proyecciones, de Alejandro, aquel egresado de tu facultad que un día fue inoculado de una enfermedad en aquel entonces catalogada como el "mal del siglo". Sin que él te viera, corroboraste la delgadez de brazos y antebrazos como palos de escoba, los muslos y piernas como importados de Biafra, el corte de pelo característico, su andar desgarbado, su mirada de ser superior, su tez picada por el acné precoz, etc. Tampoco te vio pese a la cercanía de su aroma a loción y medicinas ingeridas en coctel bajo prescripción médica.
cinco.
Evocarás los intermedios del Teresa como lugar de encuentro de viejos conocidos, porque nunca faltó que alguien te pidiera la pluma bic de un peso para anotar un teléfono, una dirección, un nombre, un apodo, un seudónimo, utilizando como superficie el omóplato derecho del amigo reencontrado -como hacen los futbolistas con el aficionado, como hace Gloria Trevi con el fan, como hacía Fidel Castro con el paisano ingenuo, etcétera, etcétera, etcétera.
seis.
Te resulta imposible desechar del álbum a aquel joven que te insistía en estar contigo aunque le dijeses que te confundía pues habías llegado de un pueblo distante ocho horas y sólo por el fin de semana, por motivos de trabajo; que no insistiese, que tu nombre no era el que él conservaba en la agenda, en la cabeza, en el detalle elocuente, en el verso cursi de Pablo Neruda que le valió el Premio Nóbel de Literatura y que, según él, le dictaste al oído luego que ambos terminaron mientras el empleado del cine les apuntaba con una Eveready de 500 watts.
¿Qué vas a recordar del cine Teresa que, te dicen, vive su demolición? Guardarás en la memoria a aquel ser que en los pasillos iluminados como hospital se te quedó viendo en espera de una mirada de piedad y conmiseración por la enfermedad que alojaba en su cuerpo y que evidenciaba en ojeras y ojos, en las uñas de los dedos, en la punta de cada pelo. Muchacho que, luego viste en el interior de la sala, sentado en la butaca, con la cabeza apoyada en el hombro de alguien que, acaso, se apiadó de él y de su enfermedad y permitieron ambos que conservases la imagen como una modalidad de la Pietá, de Buonarroti.
dos.
De aquella enorme sala de espera con proyecciones desde las 10 am, guardarás en la memoria los espacios de Caballeros y Damas, utilizados indistintamente mientras se le daba mantenimiento a una y otra, donde entrabas ya a orinar, ya a observar las atmósferas silenciosas como de cine mudo, como de escena de teatro concebida por Julio Castillo, ya los furtivos roces o la exhibición de atributos anatómicos erectos, como retos, invitaciones o simples exhibiciones de músculo.
tres.
No olvidarás el momento en que aquel muchacho se sentó al lado del militar apuesto y varonil, evidentemente con un rango superior al del simple soldado raso; y luego empezaron a platicar como viejos conocidos, como preámbulo a la incursión exitosa al hotel más cercano donde ambos se desnudarían, etcétera. Mientras tú permanecías al margen de todo porque tu misión era observar, anotar y guardar silencio.
cuatro.
Conservarás en la memoria la repentina aparición, en el interior de la sala de proyecciones, de Alejandro, aquel egresado de tu facultad que un día fue inoculado de una enfermedad en aquel entonces catalogada como el "mal del siglo". Sin que él te viera, corroboraste la delgadez de brazos y antebrazos como palos de escoba, los muslos y piernas como importados de Biafra, el corte de pelo característico, su andar desgarbado, su mirada de ser superior, su tez picada por el acné precoz, etc. Tampoco te vio pese a la cercanía de su aroma a loción y medicinas ingeridas en coctel bajo prescripción médica.
cinco.
Evocarás los intermedios del Teresa como lugar de encuentro de viejos conocidos, porque nunca faltó que alguien te pidiera la pluma bic de un peso para anotar un teléfono, una dirección, un nombre, un apodo, un seudónimo, utilizando como superficie el omóplato derecho del amigo reencontrado -como hacen los futbolistas con el aficionado, como hace Gloria Trevi con el fan, como hacía Fidel Castro con el paisano ingenuo, etcétera, etcétera, etcétera.
seis.
Te resulta imposible desechar del álbum a aquel joven que te insistía en estar contigo aunque le dijeses que te confundía pues habías llegado de un pueblo distante ocho horas y sólo por el fin de semana, por motivos de trabajo; que no insistiese, que tu nombre no era el que él conservaba en la agenda, en la cabeza, en el detalle elocuente, en el verso cursi de Pablo Neruda que le valió el Premio Nóbel de Literatura y que, según él, le dictaste al oído luego que ambos terminaron mientras el empleado del cine les apuntaba con una Eveready de 500 watts.
Comentarios
Impresionante. Son como puñaladas oscuras que se te clavan muy dentro de tu retina. Fotos en blanco y negro en el museo de una historia que desaparece. Gracias.