CÉSAR VALLEJO (1892-1938 )
Poemas en prosa
La violencia de las horas
Todos han muerto.
Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan
barato en el burgo.
Murió el cura Santiago, a quien placía le saludasen
los jóvenes y las mozas, respondiéndoles a todos,
indistintamente: "Buenos días, José! Buenos
días, María!"
Murió aquella joven rubia, Carlota, dejando un
hijito de meses, que luego también murió, a los
ocho días de la madre.
Murió mi tía Albina, que solía cantar tiempos y
modos de heredad, en tanto cosía en los corredores,
para Isidora, la criada de oficio, la honrosísima
mujer.
Murió un viejo tuerto, su nombre no recuerdo,
pero dormía al sol de la mañana, sentado ante
la puerta del hojalatero de la esquina.
Murió Rayo, el perro de mi altura, herido de un
balazo de no se sabe quién.
Murió Lucas, mi cuñado en la paz de las cinturas,
de quien me acuerdo cuando llueve y no hay nadie
en mi experiencia.
Murió en mi revólver mi madre, en mi puño mi
hermana y mi hermano en mi víscera sangrienta,
los tres ligados por un género triste de tristeza,
en el mes de Agosto de años sucesivos.
Murió el músico Méndez, alto y muy borracho,
que solfeaba en su clarinete tocatas melancólicas,
a cuyo articulado se dormían las gallinas de mi
barrio, mucho antes de que el sol se fuese.
Murió mi eternidad y estoy velándola.
(texto tomado de Obra poética completa,
ed. Casa de las Américas, col. Literatura
Latinoamericana, La Habana, Cuba, 1975)
La violencia de las horas
Todos han muerto.
Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan
barato en el burgo.
Murió el cura Santiago, a quien placía le saludasen
los jóvenes y las mozas, respondiéndoles a todos,
indistintamente: "Buenos días, José! Buenos
días, María!"
Murió aquella joven rubia, Carlota, dejando un
hijito de meses, que luego también murió, a los
ocho días de la madre.
Murió mi tía Albina, que solía cantar tiempos y
modos de heredad, en tanto cosía en los corredores,
para Isidora, la criada de oficio, la honrosísima
mujer.
Murió un viejo tuerto, su nombre no recuerdo,
pero dormía al sol de la mañana, sentado ante
la puerta del hojalatero de la esquina.
Murió Rayo, el perro de mi altura, herido de un
balazo de no se sabe quién.
Murió Lucas, mi cuñado en la paz de las cinturas,
de quien me acuerdo cuando llueve y no hay nadie
en mi experiencia.
Murió en mi revólver mi madre, en mi puño mi
hermana y mi hermano en mi víscera sangrienta,
los tres ligados por un género triste de tristeza,
en el mes de Agosto de años sucesivos.
Murió el músico Méndez, alto y muy borracho,
que solfeaba en su clarinete tocatas melancólicas,
a cuyo articulado se dormían las gallinas de mi
barrio, mucho antes de que el sol se fuese.
Murió mi eternidad y estoy velándola.
(texto tomado de Obra poética completa,
ed. Casa de las Américas, col. Literatura
Latinoamericana, La Habana, Cuba, 1975)
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