Uriel Martínez (1950 )
Otoños
A diferencia de otras noches
esta vez me he sentado en la sala
con un libro de Salinger en el regazo,
como una madre que carga una criatura.
A diferencia de otros días
me he asomado a la ventana
y he visto la luna como una hoz,
lista a levantar la cosecha de otoño.
Me llevo a los labios el tabaco,
me acerco a la lengua el café
y la brasa de canela; sin confesarlo
espero las mañanas frías.
Los pronósticos de la víspera
son esos: la caída inexorable
de termómetros, la desbandada
de aves a tierras cálidas.
Yo no, seré como los atlantes
de Tula; terco y de una pieza
como las ruinas de civilizaciones
antiguas que permanecen mudas
sin lecturas posibles, sin compañía
alguna más que un silencio que va
y vuelve como vuelven y siguen
las nubes allá lejos.
Si paso la noche en vela,
si despierto y detengo la respiración
pausada, si enciendo la luz
antes de apagarla es que me volví humo.
[Inédito]
A diferencia de otras noches
esta vez me he sentado en la sala
con un libro de Salinger en el regazo,
como una madre que carga una criatura.
A diferencia de otros días
me he asomado a la ventana
y he visto la luna como una hoz,
lista a levantar la cosecha de otoño.
Me llevo a los labios el tabaco,
me acerco a la lengua el café
y la brasa de canela; sin confesarlo
espero las mañanas frías.
Los pronósticos de la víspera
son esos: la caída inexorable
de termómetros, la desbandada
de aves a tierras cálidas.
Yo no, seré como los atlantes
de Tula; terco y de una pieza
como las ruinas de civilizaciones
antiguas que permanecen mudas
sin lecturas posibles, sin compañía
alguna más que un silencio que va
y vuelve como vuelven y siguen
las nubes allá lejos.
Si paso la noche en vela,
si despierto y detengo la respiración
pausada, si enciendo la luz
antes de apagarla es que me volví humo.
[Inédito]
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