Uriel Martínez (1950 )
Las mujeres ropero
Las mujeres ropero guardan al fondo
cartas de amor añejas de olor a lavanda,
en pequeños atados con distintos
remitentes y tinta desleída.
Ellas apuestan a que un día volverán
antiguos pretendientes olvidados en cajones
de roble, en gavetas almacenadas
en el cuarto de trebejos.
Las mujeres ropero salen después del almuerzo
a dar la vuelta como gesto piadoso a su digestión,
aprovechan el viaje y se cumplen el antojo
de nieve de pistache rociada con mermelada roja.
Siguen cabalmente la conseja: "pide
un sorbete y un café, una coca cola para llevar
y que los demás digan misa'. Viven contentas
con su buena fortuna.
Tienen un perchero ellas en cada habitación,
ropa suficiente en el ropero, tallas cuarenta y
extra grandes para los días especiales que nunca,
nunca llegan.
Las mujeres ropero tienen una ventana de comunicación
con el mundo, ahí exhiben fotos de hace años y omiten
la confesión de su verdadera edad, ocultan en cartas
de antaño mechones de pelo y otros souvenirs.
En sueños van y vienen, se dejan llevar por un caballero apuesto
del que han olvidado nombre y heráldica.
Juran que así viven felices.
[Inédito]
Las mujeres ropero guardan al fondo
cartas de amor añejas de olor a lavanda,
en pequeños atados con distintos
remitentes y tinta desleída.
Ellas apuestan a que un día volverán
antiguos pretendientes olvidados en cajones
de roble, en gavetas almacenadas
en el cuarto de trebejos.
Las mujeres ropero salen después del almuerzo
a dar la vuelta como gesto piadoso a su digestión,
aprovechan el viaje y se cumplen el antojo
de nieve de pistache rociada con mermelada roja.
Siguen cabalmente la conseja: "pide
un sorbete y un café, una coca cola para llevar
y que los demás digan misa'. Viven contentas
con su buena fortuna.
Tienen un perchero ellas en cada habitación,
ropa suficiente en el ropero, tallas cuarenta y
extra grandes para los días especiales que nunca,
nunca llegan.
Las mujeres ropero tienen una ventana de comunicación
con el mundo, ahí exhiben fotos de hace años y omiten
la confesión de su verdadera edad, ocultan en cartas
de antaño mechones de pelo y otros souvenirs.
En sueños van y vienen, se dejan llevar por un caballero apuesto
del que han olvidado nombre y heráldica.
Juran que así viven felices.
[Inédito]
Comentarios