La casa en que duermes
Desde miles de años la especie humana
va al desastre. Ha vuelto al mono,
guardando la inteligencia del hombre.
—Horacio Quiroga.
Lo que entrevió Horacio Quiroga en un cuento de 1923 parece corroborarlo la neurobiología moderna: que el sueño es el alimento del cerebro, que sin el sueño no puede cumplirse en su ciclo natural el metabolismo cerebral. Se requiere de un operativo bioquímico inconsciente que se da en la tercera o cuarta fase más profunda del sueño, poco antes del amanecer, a la hora del lobo.
Hace 2500 años los primeros tratados de medicina científica al otro lado del mar Egeo reparan en el cerebro. El hombre debería de saber que del cerebro, y no de otro lugar, vienen las alegrías, los placeres, la risa y la broma, y también las tristezas, la aflicción, el abatimiento y los lamentos, según Hipócrates en su capítulo sobre la “enfermedad sagrada”.
“Con el mismo órgano adquirimos el juicio y el saber, la vista y el oído, y sabemos lo que está bien y lo que está mal, lo que es trampa y lo que es justo, lo que es dulce y lo que es insípido. A través del mismo órgano nos volvemos locos o deliramos, y el miedo y los terrores nos asaltan, algunos de noche y otros de día, como los sueños o los delirios indeseables, las preocupaciones que no tienen razón de ser. Todas esas cosas las sufrimos desde el cerebro”.
En el cuento de Horacio Quiroga, El salvaje, se dice que el hombre primitivo tuvo que aprender a dormir profundamente para que empezara a evolucionar el cerebro y pasar de cerebro reptil a lo que ha llegado a ser hasta ahora. Cuando el hombre de las cavernas se encerró en una cueva y la tapó con una piedra pudo entonces por fin dormir en paz. Entonces empezó la evolución del cerebro. Y la neurología moderna dice que en la noche se producen varios fenómenos en los que el sueño alimenta al cerebro. Por eso no se puede vivir sin dormir. En los tiempos anteriores a Cristo, Hipócrates decía que todo estaba en el cerebro, las emociones, por ejemplo. Es lo mismo que ahora está diciendo la nueva neurofisiología.
Además el gran fabulador uruguayo trata al hombre primitivo con verdadera compasión, porque se da cuenta de la soledad radical en que sobrevive, en medio de todos los peligros, buscando qué comer, durmiendo agarrado de los árboles, solo, terrible y brutalmente solo, acosado por las bestias predadoras.
Solo un corazón como el de Horacio Quiroga —constructor de canoas, casas y violines, cultivador de algodón, juez de paz— podía tratar a estos seres primigenios con ternura. Una de las ediciones en que se puede leer El salvaje es la de los Libros del Círculo Rojo, de Barcelona, 2007, que contiene dos cuentos: El sueño y Realidad. En los dos se va tendiendo la idea de que el hombre terciario tuvo que conquistar el reposo y el sueño, no sin dificultad pues no había conocido jamás lo que es el descanso pleno. “Una hora más en la llanura suponía la muerte en las garras de las fieras nocturnas”.
Dentro de la caverna el arborícola y su familia se sienten seguros cuando con una gran piedra sellan la boca y los leones no pueden alcanzarlos. La casa y el sueño han sido conquistados para siempre. Y entonces el cerebro, plácido, empieza su lenta evolución hacia el futuro.
("El cerebro y el sueño", texto del autor Federico Campbell, en el sitio "riodoce".)
va al desastre. Ha vuelto al mono,
guardando la inteligencia del hombre.
—Horacio Quiroga.
Lo que entrevió Horacio Quiroga en un cuento de 1923 parece corroborarlo la neurobiología moderna: que el sueño es el alimento del cerebro, que sin el sueño no puede cumplirse en su ciclo natural el metabolismo cerebral. Se requiere de un operativo bioquímico inconsciente que se da en la tercera o cuarta fase más profunda del sueño, poco antes del amanecer, a la hora del lobo.
Hace 2500 años los primeros tratados de medicina científica al otro lado del mar Egeo reparan en el cerebro. El hombre debería de saber que del cerebro, y no de otro lugar, vienen las alegrías, los placeres, la risa y la broma, y también las tristezas, la aflicción, el abatimiento y los lamentos, según Hipócrates en su capítulo sobre la “enfermedad sagrada”.
“Con el mismo órgano adquirimos el juicio y el saber, la vista y el oído, y sabemos lo que está bien y lo que está mal, lo que es trampa y lo que es justo, lo que es dulce y lo que es insípido. A través del mismo órgano nos volvemos locos o deliramos, y el miedo y los terrores nos asaltan, algunos de noche y otros de día, como los sueños o los delirios indeseables, las preocupaciones que no tienen razón de ser. Todas esas cosas las sufrimos desde el cerebro”.
En el cuento de Horacio Quiroga, El salvaje, se dice que el hombre primitivo tuvo que aprender a dormir profundamente para que empezara a evolucionar el cerebro y pasar de cerebro reptil a lo que ha llegado a ser hasta ahora. Cuando el hombre de las cavernas se encerró en una cueva y la tapó con una piedra pudo entonces por fin dormir en paz. Entonces empezó la evolución del cerebro. Y la neurología moderna dice que en la noche se producen varios fenómenos en los que el sueño alimenta al cerebro. Por eso no se puede vivir sin dormir. En los tiempos anteriores a Cristo, Hipócrates decía que todo estaba en el cerebro, las emociones, por ejemplo. Es lo mismo que ahora está diciendo la nueva neurofisiología.
Además el gran fabulador uruguayo trata al hombre primitivo con verdadera compasión, porque se da cuenta de la soledad radical en que sobrevive, en medio de todos los peligros, buscando qué comer, durmiendo agarrado de los árboles, solo, terrible y brutalmente solo, acosado por las bestias predadoras.
Solo un corazón como el de Horacio Quiroga —constructor de canoas, casas y violines, cultivador de algodón, juez de paz— podía tratar a estos seres primigenios con ternura. Una de las ediciones en que se puede leer El salvaje es la de los Libros del Círculo Rojo, de Barcelona, 2007, que contiene dos cuentos: El sueño y Realidad. En los dos se va tendiendo la idea de que el hombre terciario tuvo que conquistar el reposo y el sueño, no sin dificultad pues no había conocido jamás lo que es el descanso pleno. “Una hora más en la llanura suponía la muerte en las garras de las fieras nocturnas”.
Dentro de la caverna el arborícola y su familia se sienten seguros cuando con una gran piedra sellan la boca y los leones no pueden alcanzarlos. La casa y el sueño han sido conquistados para siempre. Y entonces el cerebro, plácido, empieza su lenta evolución hacia el futuro.
("El cerebro y el sueño", texto del autor Federico Campbell, en el sitio "riodoce".)
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