Cartas de Rilke
Hace algunos días pesqué a mi hija “stockeando” fotos mías: había abierto una caja en la que guardo álbumes viejos y sacado con sigilo imágenes tipo carnet que su hermano descubrió en uno de los rincones secretos que ella ha salpicado por la casa. Negocié la devolución de las birladas, contra entrega de una que me pareció incluso graciosa para sus cuatro años: yo, muy firme, junto a un soldado inglés vestido de rojo, quietísimo durante su guardia. Han pasado 20 años; la joven que sonríe desde la foto leía el Diario florentino de Rilke, anticipándose a otra parada de aquel viaje europeo. Coincidencia o cierre de ciclo, lo cierto es que me acompañan últimamente algunos textos del poeta nacido en Praga en 1875. Se consiguen por pocos pesos y acercan reflexiones siempre actuales sobre la creatividad, la vida interior y el valor de la experiencia. No se me ocurre, por ejemplo, mejor libro para regalarle a un adolescente que sus Cartas a un joven poeta , compuesto por diez textos que Rilke dirigió entre 1903 y 1908 a Franz Kappus, que cursaba sus estudios en la misma academia militar a la que había asistido el escritor. La historia del intercambio es sencilla: enterado de la coincidencia, Kappus le escribe. Y Rilke contesta generosa y honestamente, sobre los variados temas que se le plantean, de la literatura al sexo, al tanto de que ser joven es siempre tan único como doloroso. “Todos los dragones de nuestra vida tal vez sean princesas que, un día, sólo esperan vernos hermosos y atrevidos. Tal vez, todo lo terrible no sea, en su más profunda razón de ser, sino lo desamparado que espera nuestra ayuda”, lo anima.
Le cuento a mi hija la historia de la foto que he elegido para ella; la música de esa aventura –descubrir el mundo– que se parecía tanto a la alegría de estrenar un vestido. Jugamos luego a imaginar sus viajes. Rilke siempre lo dirá mejor: “Creedme que todo depende de esto: haber tenido, una vez en la vida, una primavera sagrada que colme el corazón de tanta luz que baste para transfigurar todos los días venideros.”
(nota de Raquel Garzón en el sitio "revista ñ".)
Le cuento a mi hija la historia de la foto que he elegido para ella; la música de esa aventura –descubrir el mundo– que se parecía tanto a la alegría de estrenar un vestido. Jugamos luego a imaginar sus viajes. Rilke siempre lo dirá mejor: “Creedme que todo depende de esto: haber tenido, una vez en la vida, una primavera sagrada que colme el corazón de tanta luz que baste para transfigurar todos los días venideros.”
(nota de Raquel Garzón en el sitio "revista ñ".)
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