Hilario Barrero (1946 )
Viaje a Tui, otra vez
para Uriel, arcángel y librero
Comienza la mañana: Crece un denso olor a leña
y un incendio de hortensias.
Tía Gloria que no te reconoce
parece que viviera en el infierno, deshuesada y perdida.
Viejas casas de piedra enseñando sus fustes,
casas con pies de plomo y tejados de seda.
Cierra el bazar de la calle Colón, --vajillas para bodas,
porcelanas barrocas, copas de cristal fino--: el final de una historia.
El reloj de la iglesia da la hora. Mediodía.
Los mismos rostros por los soportales,
puertas sin aldabones, el quiosco de música vacío,
la misma vida caminando junto a la misma muerte,
inmóvil el torno del convento, santos decapitados en el claustro,
cruces, mitras y borrosas reliquias
se empañan de humedad en el pequeño museo diocesano.
La misma lluvia persistente llamando en los cristales,
dando espesor al musgo en los cruceros.
Como si fuera la primera vez
caminamos el puente de hierro sobre el Miño
que arrastra hierbas y arranca al cieno su temblor más hondo.
Atardece al llegar a Valença y una cruz de madera
clava su espesa espada en la cal de una iglesia.
Desde una fortaleza portuguesa se ofrece Tui desnuda y vulnerable.
Aquí somos dos sombras que caminan lentamente deprisa:
tú abrazando a una estatua de piedra
y yo amurallando el frío de tu abrazo.
Venir a Tui es venir al encuentro con un muerto.
(texto inédito cedido generosamente por el autor.)
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