Diego Medina (1992 )

Frente al beso de Rodin

                                                “Sí yo sé de tu miedo a las alturas pero aún así te veo revoloteando”

                                                                                                                                         Sergio Loo



Hace poco o mucho,}
el tiempo va más allá de la correa que sujeta el reloj,
tuve un sueño en el que besaba la estatua del Beso de Rodin…
y recordé el día que me atreví a quererme a mí mismo
y me miré al espejo,
cantando Don’t start me now,
fue el día que decidí comprarme aquellos suspensorios que había visto en el tianguis
todos los domingos desde hace tres años
y me fui a un lugar de encuentro,
me metí dos líneas de perico,
me llevé los poppers,
me chingue tres chelas
y once mil vergas,
y ahí estaba yo:
en cuatro,
en el potro del amor,
rey del mundo,
pero cuando abrí los ojos,
bajo aquella oscuridad neón,
pude ver los ojos de un ex novio
quien fingió no conocerme porque iba con su nuevo vampiro,
traté de esconderme en mis gemidos
pero el tallo de mis gritos no eran lo suficientemente altos como para esconder el bosque que electrizaba mi piel
y que de repente me hizo sentir huérfano en aquella orgía.

Y es que siempre es la orfandad
donde descubro que nada es estéril,
como el día que llegué a odiar el cine gay, la literatura gay, las fiestas gay… el ser gay,
porque al final del arcoiris siempre te encuentras sangrando
en la cama de alguien, en el puño de alguien, en una clínica especializada en VIH,
pero es en esa orfandad
en la que me imagino al beso de Rodin manchado de sangre
y pienso en las confesiones de un orgasmo que me gritan
que sólo aquello es carne verdadera.

Por eso antes de llegar al pabellón de la exposición permanente
no puedo evitar pensar en esta soledad que todo lo torna manicomio:
pasillos de escuela, estanterías de biblioteca, parques alumbrados por el frenesí de los que trotan por las mañanas, alas de museo empolvadas por erotómanos,
hasta que termino de nuevo en confinamiento solitario:
a contra corriente, derramando la verga en la garganta,
con el culo de un adonis en la jeta,
donde un rumor escurre en mi piel,
aquella tristeza que parecía río,
río de rocío fresco,
herida que arde
y cicatriza,
hasta que llego a odiarme a mí mismo
por las veces que quise matar a mi padre,
como si eso pudiera hacerme libre.
pero ni siquiera este odio es estéril,
pues aunque como decía un “amigo”,
entre maricones no se pueden tener hijos,
al final los rumores del llanto que recorrieron mi espalda
lo hicieron por el mismo sendero de fuego y sudor
que ha surcado el deseo por años,
para que un amante nos hable desde el pozo de la memoria
y nos recuerde que “¡nuestro cuerpo tiene más flores que la naturaleza!”.

Ahora entiendo porque Scott Fitzgerald decía que prefería las fiestas grandes, pues son íntimas, en cambio en las fiestas pequeñas no puedes tener un momento a solas.

Nada es estéril, me susurraban los jadeos en el cuarto oscuro,
de aquella espiga de dolor no sólo ha florecido el llanto
también se han amasado estrellas,
y aunque todo parece rojo, de roja sangre, rojo fuego, roja locura, roja desnudez,
rojo infierno
mis palabras, diamante en bruto, iluminan la noche,
y nada me hace falta,
porque nada es estéril,
!vaya vida para ser libre
y encadenarse a una cama con un desconocido!,
sin importar que el diablo haya creado el décimo anillo del infierno en mi culo
aquel martes de enero en que me diagnosticaron seropositivo.
Lo bueno es que la fiesta continúa más allá de la medianoche,
sin promesas ni apagones,
con la lluvia cubriendo de rumores mis sueños,
y los rayos iluminando mis ojos,
qué bueno que ahora la música es un fantasma
y mis gemidos no dejan oír mis gritos.

-Yo tengo más flores que la naturaleza misma, aunque...

Esta vez no puedo escapar,
las puertas de la ciudad están cerradas
y afuera sólo hay cenizas
sobre las que crecen los rumores de las ambulancias
como sirenas que seducen a los alcohólicos,
para devorarlos
así como el mar devoró a Ulises,
por eso me quedo adentro,
donde los estrobos no presagian muerte
adentro donde la locura es un trofeo,
con la verga adentro,
porque así aprendí a florecer,
crucificado en los brazos de una draga,
con la sangre en el rostro,
con la herida en el alma,
porque afuera hace frío,
porque afuera los rumores del odio
memorizan mi nombre,
y cuando apago la luz ya no me da miedo terminar viejo y solo
ahora me da miedo no llegar siquiera a viejo,
es por todo eso que ahora pueden verme a gatas,
buscando migajas de saliva en el piso,
porque ya no tengo boca,
porque ya no tengo labios,
y los rumores de un beso
me parecen ahora lejanos...

Hace poco soñé con el beso de Rodin
todo daba vueltas sobre aquella carne ausente de rojo
por eso empecé a bailar frente a él
como si estuviera sólo en mi habitación
fluorescente, desnudo, lúbrico,
quizá por eso el guardia de seguridad se acercó cuando hice un death drop
pues no escuchó el disparo
(nunca escuchan cuando una travesti muere)
y entonces desperté
porque ni siquiera la muerte es estéril…
y el rumor de los orgasmos me recuerda ingrávido
cuando me pongo los suspensorios
y salgo a llenarlo todo de rojo,
y si bien conocer las leyes de la física no te hace inmune a la gravedad,
tal vez cerrando los ojos y dando un salto de fe,
con los audífonos a todo volumen,
podamos romper algunas cuantas leyes sin remordimiento…
hasta que llegue un policía, despertemos o lo estéril germine.



("una caricia sin venganzas", pdf)

Comentarios

Entradas populares de este blog

Gonzalo Rojas (1917/2011 )

Jorge Carrera Andrade (1902/1978 )

Raúl Gómez Jattin (1945/1997 )