Uriel Martínez (1950 )
La hermana
Alguna vez vi cómo cortaban una trenza
con tijeras. No fue en un salón de belleza
fue en el patio de una casa, o en la huerta,
no recuerdo.
No fue un ritual sangriento,
fue un martes cualquiera, la chica
estaba cubierta con una toalla
que alguien le colocó entre pecho y espalda.
Fue una la que se sentó en la silla
tejida de palma, quizá una adolescente
tímida; y otra la que se levantó y vio
aquella serpiente sin vida.
Aquél animal que ya nadie se
ocuparía de tejerlo y destejerlo;
de encabalgarle un listón
antes del remate en el último momento.
Quizá la chica fue al espejo y vio
aquel perfil esbelto, aquel cuerpo
andrógino de pelo ahora corto,
ahora dual, adolescente.
Quizá sonrió a la nueva muchacha,
a su vecina desconocida, la de
chapas rojas, de labios descoloridos,
de tetas tímidas, de ojos negros.
[Inédito]
Alguna vez vi cómo cortaban una trenza
con tijeras. No fue en un salón de belleza
fue en el patio de una casa, o en la huerta,
no recuerdo.
No fue un ritual sangriento,
fue un martes cualquiera, la chica
estaba cubierta con una toalla
que alguien le colocó entre pecho y espalda.
Fue una la que se sentó en la silla
tejida de palma, quizá una adolescente
tímida; y otra la que se levantó y vio
aquella serpiente sin vida.
Aquél animal que ya nadie se
ocuparía de tejerlo y destejerlo;
de encabalgarle un listón
antes del remate en el último momento.
Quizá la chica fue al espejo y vio
aquel perfil esbelto, aquel cuerpo
andrógino de pelo ahora corto,
ahora dual, adolescente.
Quizá sonrió a la nueva muchacha,
a su vecina desconocida, la de
chapas rojas, de labios descoloridos,
de tetas tímidas, de ojos negros.
[Inédito]
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