Uriel Martínez (1950 )

Carta a Benjamín Alire Sáenz


Querido Benjamín:
     Un día, no recuerdo hace cuántos años, la hermana más chica de mamá me regaló un billete: "Toma, para que nuca te falte dinero", me lo extendió. Era un billete descontinuado de un peso: en una cara tenía impreso un calendario azteca y en la otra cara ya no recuerdo qué. Y un día lo perdí, como en otra ocasión extravié una pluma Parker que me regaló su hermano, también menor e hijo varón. No recuerdo que alguien me haya regañado por extraviar un billete fuera de circulación.Pero me reprocharon haber perdido la pluma, traída del país de enfrente.
     Cuando releí sus cuentos, especialmente el de Javier y Juan Carlos, recordé esos dos obsequios que pronto extravié. Los perdí pero no los olvidé. Tuve que encontrarme con Kentucky Club (*), traerlo a casa y releerlo para evocar esos dos hechos. Javier porta en la muñeca un regalo de su padre, un reloj que recibió de herencia. Solemos conservar un recuerdo como un objeto sagrado; y más cuando  es de alguien ya muerto. Tan es así, que no falta alguien que conserve un recetario manuscrito de un ser querido; una oración que se musita antes de dormir; una luz tenue para pasar la noche; una novela de Knut Hamsun u otra de Henry James, con o sin dedicatoria.
     Estimado Ben, he encontrado que sus historias son de seres en tránsito. Porque pasar de la adolescencia a los 18 años implica sufrimiento, abandonar la ciudad donde nacimos, el país, la lengua, la madre que nos parió, la casa, el barrio, la escuela, los primeros amigos; involucra el despojo, el exilio y la orfandad. Pero también son historias de frontera: aquí la ciudad urbanizada y a la siguiente cuadra el desierto; aquí el barrio y a tres pasos las dunas, el zapato que el viento ha desenterrado, la blusa que llevaba la mujer desaparecida hace meses (por lo menos así lo precisa la nota roja; y la información consignada en el acta del ministerio público.)
     Sus historias, Benjamín, son de seres tatuados por la desgracia: Tom porta en el brazo una sirena, Carmen quiere ser pintora y quiere estudiar arte, otro personaje pinta, pero quiere suprimir la obra iniciada y partir de cero.. Son seres incapaces, mutilados, incompletos, incómodos; tienen desajustes indefinibles que no remedian ni con drogas, ni con alcohol ni con sexo.Parecen descendientes del sur de Tennessee Williams, de la granja de Flannery O'Connor, del café de Carson McCullers, del Greyhound de Cormac McCarthy.

(*) Alire Sáenz, Benjamín, Kentucky Club, PEN/Faulkner Award, 2013, Literatura Random House, México, 2014, traducción de Juan Elías Tovar Cross.)


Comentarios

Janial ha dicho que…
¡Qué extraño! Ya me deja publicar un comentario. A lo que iba, Uriel.Sólo un pero. Para mí en particular fue mucho más dolorosa mi etapa de adolescencia que la de juventud. Es decir,implicó mayor sufrimiento, infinitamente mayor, pasar de la niñez a la adolsecencia, que de esta a la juventud. Cada cual, como decimos por aquí, habla de la feria según le va en ella.
Cuando leí Hambre y luego Pan, las dos de Hamsun, aún no sabía de su apego al nazismo. Gracias a ello pude leerlas sin prejuicios. Hoy no me lo permitiría, je, je.
Uriel Martínez ha dicho que…
Pepe, escribió:

creo recordar que del otro lado el billete de peso, traía en tinta roja el ángel de la independencia.

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