LAFCADIO EL ESCRITOR
LAFCADIO EL ESCRITOR
Uriel Martínez
1.
Conocí a Lafcadio Casquillo un mediodía en un café del centro de la ciudad, Dogville. Al principio me llamó la atención verle la destreza con la que dominaba las agujas, el estambre y la plática que sostenía con dos interlocutores al tiempo que, mentalmente, contaba los puntos que se llevan en cada embestida alterna de las agujas; en mantener el hilo de estambre tenso y fluido, que guardaba en la mochila hombrera ; y en la continuidad en la charla sobre, por ejemplo, Émile Michel Cioran o Antonio Porchia. Cuando supe que era ensayista, en cuanto cayó en mis manos una selección de lecturas sobre la mujer, me soplé su trabajo acerca de una poeta sudaca que acabó con su vida de motu proprio. Más adelante entablamos plática a raíz de que coincidimos en la misma mesa con una amiga común. Por él mismo supe que alternaba el tejido y la escritura en los sitios públicos. A menudo lo veía a través de los cristales de la cafetería con un cuaderno Scribe de un color y luego de otro. No corregía sus manuscritos sino que hacía versiones de cada capítulo. Tiempo después de que publicó su primera noveleta, en edición de autor, renunció al trabajo e ingresó a otro diario con una mejor retribución, aunque salía, después del cierre de la edición, horas después de media noche. Un día que llegaba del periódico a su colonia, fue asaltado por un grupo de muchachos. Ahí, en ese episodio vivido antes de la madrugada, perdió el manuscrito definitivo, así me lo contó, de su segunda noveleta. Cuando me hizo la síntesis del despojo, Lafcadio ya sabía que los rufianes eran menores de edad, vecinos de la misma colonia y que el delito quedaría impune. Para cuando me puso al tanto, él ya había reiniciado la reescritura a partir de los bosquejos anteriores conservados en los cuadernos. "Aunque ya no será la misma historia, ni el mismo tono, ni las mismas pausas y ni los mismos silencios de los personajes", me precisó con voz desolada el egresado de la Escuela de Artes y Letras. Ha pasado el tiempo y, es de suponerse, prosigue con su quehacer en el medio informativo y en la escritura. Esa última vez que coincidimos en el café, me pidió el ejemplar que conservo del autor chileno Pedro Lemebel. Me negué a desprenderme de la novela, "Tengo miedo torero", que, abrigo la intención, quiero releer. "Además, le aclaré, tiene una dedicatoria que me dio en su último viaje a la Feria Internacional del Libro", le mentí.
2.
Con Lafcadio hubo un distanciamiento en el pasado. Ocurrió que quiso aplicarme un cuestionario para una revista electrónica de espectáculos con matriz en Tijuana. El pretexto era que me interesé en la Astrología desde hace un tiempo, luego de elaborar un horóscopo de ese año, 2001, que colgué en mi muro de FB, espacio que firmo con seudónimo. Por lo novedoso del enfoque y tratamiento que le di a los signos zodiacales, éstos comenzaron a compartirse entre mis contactos; y los suyos. Pronto comencé a elaborar cartas astrales que mis conocidos me pedían en forma privada. Se corrió luego la voz que un político de altos vuelos comenzó a recomendarme. Fue cuando el escritor Casquillo me solicitó una entrevista por internet. De entrada me negué pues consideré poco profesional de su parte no procurar entregarme el cuestionario en corto; más aun declinó enviarme las preguntas para, si no estudiarlas, repasarlas por lo menos antes de acordar una cita. Ante la imposibilidad de entendimiento, opté por bloquearlo en mi muro y marcar sus correos electrónicos como "basura". Vino el enfriamiento de la relación hasta que asistí a la presentación de su segunda obra. Que no resultó del género literario conocido como novela, tal como se anunció en los medios pues, según yo, era un cuento largo acerca de una mujer internada en el siquiátrico de un pueblo vecino a Dogville. La obra se presentó en el sótano de un inmueble que en el pasado ocupó un ala de la Inquisición, en lo que fueron las celdas de aislamiento de los heterodoxos a la ideología ibérica. No hubo mesa ni ponentes en el acto; y los escasos asistentes eran pasantes de la escuela de artes y letras del pueblo; dos estudiosas de equidad de género y una diputada y su asistente. Adquirí la obra recién publicada y me fui antes del coctel. Esa misma noche leí el relato de noventa páginas, de tipografía grande y márgenes generosos y cinco epígrafes de autores europeos y orientales postulados hasta el agobio al Premio Nobel durante la última década. Dormí tranquilo, quizá para su siguiente obra dé en el clavo, supuse. "Pobrecillo".
3.
Así pasó el tiempo. Hacía una semana que el autor chileno había muerto. Lafacadio me esperaba un mediodía en la esquina de la librería La Azotea, donde presto mis servicios de asesor. Era un día frío y ventoso; él vestía una gabardina caqui y yo un makinoff deslavado y una mascada paquistaní blanca que adquirí en un local de la Merced, a principios de año. "Vengo por los ejemplares que tienes a consignación", me dijo. Abrí la puerta de acero, cerrada con doble llave, mientras de reojo esperaba que me extendiera el saludo de mano. No lo hizo. Traía ambas manos metidas en la prenda que lo cubría del viento frío e inmisericorde. Cuando abrí, antes de empujar la puerta, le pedí: "Aquí espérame". Lo vi que sacó una pistola escuadra del bolsillo. "No te tardes. Y dame la novela de Lemebel", ordenó apuntándome.
Comentarios
II me pone en contacto con otro Géminis interesado en Astrología. ¿Qué tal te llevas con El Tarot?
III me deja perplejo.
I.- Me gusta el apellido.
II. - Excelente escritura.
III.- Me deja perplejo.
Gracias.