Adalber Salas Hernández (1987 )
Heredar la tierra
XXII
En esta ciudad, que te vio nacer,
los muertos caminan por la calle
despojados de su muerte.
Se desplazan con esfuerzo, cojeando,
desorientados, los tobillos
perforados por el frío.
Todos tosen. Ya no entienden bien
para que sirve el aire,
qué clase de broma absurda
son los pulmones.
Pocos no llevan
hostias de plomo en el pecho.
Los vivos recibimos sus visitas
a cualquier hora.
Jadean, ladran, rasguñan la puerta
con una impaciencia tímida,
ansiosos por hablarnos.
Pero no comprendemos lo que dicen:
en sus voces hay demasiada lluvia.
Sus palabras se escurren como peces.
Entonces se van
a vagar de nuevo por las aceras,
titubeando a cada paso.
Tuyo también es este reino
de muertos sin muerte.
Conserva sus nombres, atesóralos.
Sólo puede morir quien conoce
la paz de haber sido llamado.
Sólo puede morir quien ha tenido
un nombre que abandonar
al partir.
("décima avenida")
XXII
En esta ciudad, que te vio nacer,
los muertos caminan por la calle
despojados de su muerte.
Se desplazan con esfuerzo, cojeando,
desorientados, los tobillos
perforados por el frío.
Todos tosen. Ya no entienden bien
para que sirve el aire,
qué clase de broma absurda
son los pulmones.
Pocos no llevan
hostias de plomo en el pecho.
Los vivos recibimos sus visitas
a cualquier hora.
Jadean, ladran, rasguñan la puerta
con una impaciencia tímida,
ansiosos por hablarnos.
Pero no comprendemos lo que dicen:
en sus voces hay demasiada lluvia.
Sus palabras se escurren como peces.
Entonces se van
a vagar de nuevo por las aceras,
titubeando a cada paso.
Tuyo también es este reino
de muertos sin muerte.
Conserva sus nombres, atesóralos.
Sólo puede morir quien conoce
la paz de haber sido llamado.
Sólo puede morir quien ha tenido
un nombre que abandonar
al partir.
("décima avenida")
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