Yukio Mishima (1925- 1970)

La tarde de mi llegada escuché, a intervalos de alrededor de treinta segundos, breves detonaciones que continuaron durante la jornada y hacían temblar los vidrios. Por encima del cráter, el cielo está tan encendido  como en el crepúsculo, y cada vez que la tierra truena, se ven brotar bloques de lava candente, que forman verdaderas olas: su cresta de fuego se rompe en fragmentos de roca, que se lanzan hacia el cielo como copos de espuma.
   Parece que el mes pasado un hombre temerario se arrojó, ante la mirada atónita de su acompañante, en la corriente de lava que, lentamente pero sin detenerse, bajaba con la velocidad de una escalera mecánica por la pendiente desértica del volcán. Su compañero, impotente para salvarlo, sólo atinó a contar el tiempo en que el hombre tardaba en desaparecer: me dijeron que sólo fue necesario un cuarto de hora para que su cuerpo se hundiera completamente.

                                                                                         Yukio Mishima, 9 mayo 1950


(trozo tomado de Correspondencia (1945-1970), Yasunari Kawabata y Yukio Mishima, ed. Emecé Cornucopia, Buenos Aires, 2003. Traducción de Liliana Ponce.)

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