Brigitte sin bridas
Dudo mucho que Brigitte Bardot haya visto una zorra en la vida real. Las zorras colombianas son desvencijados carros de madera tirados por caballos flacos, conducidos por ciudadanos igualmente desvencijados y flacos que se ganan la vida deambulando por las ciudades a la caza de cartones y botellas qué vender.
El lobby colombiano de los defensores de los animales consiguió, sin embargo, que la envejecida modelo convertida desde hace años en fanática de esta causa, suscribiera una carta al presidente colombiano rogándole que llevara a cabo “una intervención para parar los sufrimientos de los cuales son víctimas los caballos en su país”. Y como si conociera en detalle el asunto, advierte que hay un decreto de 2010 que exige que vehículos motorizados reemplacen a los equinos antes del 2012 y que si no se hace cumplir esta norma “la situación de miseria para miles de caballos en el país perdurará”.
En Bogotá, según una crónica de la revista Soho, hay unas 3.500 zorras que les dan a igual número de familias un ingreso equivalente a 150 dólares al mes y con eso deben pagar un arriendo, y alimentar tres o cuatro hijos y algo, por supuesto, sobrará para el caballo. El gobierno local les exige permisos de tránsito y certificación de que sus caballos reciben buen trato. La mitad de los zorreros no pueden tramitarlos porque no saben leer ni escribir. Otros no pasarían la prueba porque sus caballos están desnutridos, incluso más que sus hijos.
Nadie les pide certificados acerca del trato que les dan a sus niños, con quienes suelen salir en sus recorridos. Aún hasta muy tarde en la noche, he visto a nuestros Oliver Twist, mugrientos y cansados, ayudándoles a sus padres a escarbar la basura, a clasificarla según el material en plena calle, y a subir luego pesadas cajas del doble de su tamaño a la zorra familiar. Nunca se me ocurrió compadecer al caballo.
Un día fui a la casa de una pareja de zorreros. Vivían en la punta de una loma pelada en los confines de Bogotá, donde el viento helado hacía doler los huesos. Marido y mujer, eran los dos hijos de zorreros. Su caballo se alimentaba de pasto quemado por la escarcha de las madrugadas en un potrero cerca de allí. Como todo adorno de su humilde sala, ví unas cinco o seis muñecas rotas que volaban, colgando de un hilo amarrado a las vigas del techo, una escultura simbólica de la paupérrima condición en la que sobrevivían con el ingrato oficio del reciclaje.
Por eso, desde esta capital de diferencias sociales vergonzosas, mi primera reacción a la carta que pide la salvación de los caballos fue de indignación. ¿A quién diablos se le ocurre abogar por el bienestar de los caballos, cuando de ellos depende el sustento de familias tan pobres? ¡Hay que vivir en una nube hoollywoodesca para dejarse tramar por quienes en Colombia, campeón planetario de la desigualdad, tienen las prioridades al revés! ¿Qué quiere la Bardot y sus amigos protectores de animales, que los zorreros se queden sin su único capital? Y seguí rumiando un rato otros improperios.
Después pensé mejor. Suplicar porque alguien detenga el abuso de los pobres jamelgos es al fin y al cabo intentar imbuir algo de humanismo a nuestra desalmada sociedad. Y si por el sex appeal que se asocia a su nombre, la Bardott consigue sensibilizarnos a los colombianos acerca del buen trato a los caballos, quizás abra un camino para que también aprendamos a tratar con menor bestialidad a los humanos.
(Yo también me conmoví del trato que le daba un vendedor de alfalfa a su mula. Hará unos cinco años esperaba yo a Olga Quirarte en la esquina de su casa, en Torreón, Coahuila, previa cita. Mientras aparecía la periodista vi llegar a la cuadra al vendedor de forraje y cómo arreaba al animal terco, pues no le hacía caso con la prontitud requerida. Al observar la mella que los reatazos le habían dejado en el lomo, con la carne viva, me conmoví del animal. Recordé que Nietszche había enloquecido de piedad ante la agonía de un caballo, según cuenta en algún lado un teórico francés. Nota tomada del blog "trova paralela", de María Teresa Ronderos, del diario El País.)
El lobby colombiano de los defensores de los animales consiguió, sin embargo, que la envejecida modelo convertida desde hace años en fanática de esta causa, suscribiera una carta al presidente colombiano rogándole que llevara a cabo “una intervención para parar los sufrimientos de los cuales son víctimas los caballos en su país”. Y como si conociera en detalle el asunto, advierte que hay un decreto de 2010 que exige que vehículos motorizados reemplacen a los equinos antes del 2012 y que si no se hace cumplir esta norma “la situación de miseria para miles de caballos en el país perdurará”.
En Bogotá, según una crónica de la revista Soho, hay unas 3.500 zorras que les dan a igual número de familias un ingreso equivalente a 150 dólares al mes y con eso deben pagar un arriendo, y alimentar tres o cuatro hijos y algo, por supuesto, sobrará para el caballo. El gobierno local les exige permisos de tránsito y certificación de que sus caballos reciben buen trato. La mitad de los zorreros no pueden tramitarlos porque no saben leer ni escribir. Otros no pasarían la prueba porque sus caballos están desnutridos, incluso más que sus hijos.
Nadie les pide certificados acerca del trato que les dan a sus niños, con quienes suelen salir en sus recorridos. Aún hasta muy tarde en la noche, he visto a nuestros Oliver Twist, mugrientos y cansados, ayudándoles a sus padres a escarbar la basura, a clasificarla según el material en plena calle, y a subir luego pesadas cajas del doble de su tamaño a la zorra familiar. Nunca se me ocurrió compadecer al caballo.
Un día fui a la casa de una pareja de zorreros. Vivían en la punta de una loma pelada en los confines de Bogotá, donde el viento helado hacía doler los huesos. Marido y mujer, eran los dos hijos de zorreros. Su caballo se alimentaba de pasto quemado por la escarcha de las madrugadas en un potrero cerca de allí. Como todo adorno de su humilde sala, ví unas cinco o seis muñecas rotas que volaban, colgando de un hilo amarrado a las vigas del techo, una escultura simbólica de la paupérrima condición en la que sobrevivían con el ingrato oficio del reciclaje.
Por eso, desde esta capital de diferencias sociales vergonzosas, mi primera reacción a la carta que pide la salvación de los caballos fue de indignación. ¿A quién diablos se le ocurre abogar por el bienestar de los caballos, cuando de ellos depende el sustento de familias tan pobres? ¡Hay que vivir en una nube hoollywoodesca para dejarse tramar por quienes en Colombia, campeón planetario de la desigualdad, tienen las prioridades al revés! ¿Qué quiere la Bardot y sus amigos protectores de animales, que los zorreros se queden sin su único capital? Y seguí rumiando un rato otros improperios.
Después pensé mejor. Suplicar porque alguien detenga el abuso de los pobres jamelgos es al fin y al cabo intentar imbuir algo de humanismo a nuestra desalmada sociedad. Y si por el sex appeal que se asocia a su nombre, la Bardott consigue sensibilizarnos a los colombianos acerca del buen trato a los caballos, quizás abra un camino para que también aprendamos a tratar con menor bestialidad a los humanos.
(Yo también me conmoví del trato que le daba un vendedor de alfalfa a su mula. Hará unos cinco años esperaba yo a Olga Quirarte en la esquina de su casa, en Torreón, Coahuila, previa cita. Mientras aparecía la periodista vi llegar a la cuadra al vendedor de forraje y cómo arreaba al animal terco, pues no le hacía caso con la prontitud requerida. Al observar la mella que los reatazos le habían dejado en el lomo, con la carne viva, me conmoví del animal. Recordé que Nietszche había enloquecido de piedad ante la agonía de un caballo, según cuenta en algún lado un teórico francés. Nota tomada del blog "trova paralela", de María Teresa Ronderos, del diario El País.)
Comentarios