PELONES DE HOSPICIO

uno.
Milán, febrero de 1953. He tenido una conversación con el comendador Z., industrial pero también filàntropo. Acaricia el propósito de construir en la pequeña ciudad romañesa de F., donde nació, una institución para viejos y jóvenes artistas escritores. Sobre los viejos es fácil ponerse de acuerdo. Será una casa de reposo, un hospicio como tantos otros. Pero, ¿y para los jóvenes? Parece ser que cada uno tendrá una habitación con baño, tres buenas comidas al día, y gozará de una hospitalidad que está prevista para un año, renovable para quienes se hayan distinguido en su "producción".

dos.
El intento es ciertamente noble. Pero yo no sé imaginar qué pueda producir un joven de veinte años que, al despertarse en F., en la habitación a él asignada, después de un buen baño y de un satisfactorio breakfast, tenga que echar una ojeada al calendario y sentarse a la mesa para justificar, en el plazo de otros 364 días, su presencia en la institución. No veo, en esa situación, ningún poeta capaz de producir algo bueno. No me resulta imaginar a Leopardi o a Whitman, a Rimbaud o a Campana (y podría continuar con otros nombres), secuestrados delante de un folio blanco en una celda del hospicio Z.

tres.
Y aun cuando el milagro se produjese y el poeta obtuviese la reválida, ¿qué ocurriría el día del vencimiento definitivo del contrato?
   La sociedad puede ser generosa con los artistas de una sola manera: adquiriendo sus obras y en particular las que más la vilipendian. Lo cual sucede ya ampliamente en los países anglosajones y en Francia, donde el arte es un hecho social por antonomasia.
   En cambio, poner límites de tiempo o de hecho o de contenido a los artistas, como se hace en Rusia o como se hacía por doquier en tiempos de los poetas cesáreos, es una empresa absurda que priva al hombre-artista de su condición misma de hombre libre para hacer de él un proletario de la producción intelectual.

(texto reproducido de Eugenio Montale, Auto de fe, ed. Argos Vergara, Barcelona, 1977, trad. E. Molina)

cuatro.
¿Alguien se imagina a algunos de los integrantes del Infrarrealismo encarcelados voluntariamente en una institución para poetas; alguien puede concebir al poeta Orlando Guillén ser obligado a bañarse durante un año, todas las mañanas, antes del desayuno; acaso habrá quién haya supuesto que un espíritu libre como Jean Genet, Miguel Hernández, Edgar Allan Poe o Mario Santiago Papasquiaro, soportarían el encierro en esa especie de orfanatorio imaginado por Montale, ese hospicio inferior al sanatorio que conocimos en La montaña mágica, de Thomas Mann?

cinco.
En México abundan los poetas y narradores nacidos para usufructuar becas perpetuas y premios literarios negociados: ¿quién no recuerda a los recomendados de Octavio Paz que a la menor provocación (Daniel Sada), mostraban la carta que les extendió el autor de "Piedra de sol" para disfrutar de una jugosa partida mensual durante años; quién no ha sabido de aquellos que crecieron, se multiplicaron y envejecieron al amparo de un cargo en el gobierno federal con un salario de 'aviadores', 'asesores', 'consejeros', etcétera; quién no ha visto a poetas que hace años no escriben una línea, cobrar mensualmente diez mil pesos mexicanos en las administraciones perredistas de Zacatecas, durante dos sexenios y sin ruborizarse del papel de 'alfiles' de un régimen de pillos? En alguna ocasión el peruano-español Mario Vargas Llosa observó que en México se vive una dictadura perfecta, horas antes de que fuese invitado a abandonar el país.

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