EVARISTO

uno.
Durante 23 años hice penitencia, no por los demás sino por mí, en una secta religiosa de origen oriental. Ahí aprendí oraciones en un idioma de caligramas desconocidos hasta entonces, pero tan remotos que  abordaban sonidos de la lengua de mis ancestros semitas. La penitencia comprendía también la contemplación del fuego, la renuncia a los bienes acumulados incluso en el sueño y en la memoria, el aprecio al silencio que emana del sollozo de las piedras y la dilatación de sus círculos concéntricos en la superficie del agua y otros líquidos disputados por países enemigos.
   Durante cinco lustros fui entrenado para los tiempos de grandes catástrofes, para la temporada de desgracias colectivas, para la culminación de otro ciclo de epidemias cebadas en carnes bienaventuradas. Así llegó el amanecer de grandes oleadas de langostas, de diques insospechados de mosquitos, de carne putrefacta en las estaciones, en los andenes y  espejos repetidos de los mapas. La no intuida metástasis se apoderó de inocentes, de los corderos reservados para las conmemoraciones especiales y las grandes vendimias de vid y tiernos capullos, de esperanzas depositadas en el andrógino de pechos intuídos y el inesperado y turgente falo. Cuando el asombro fue rutina, cuando el llanto fue sólo conjuro, cuando el consejo de ancianos guardó el imprevisto silencio, vi que los rescoldos de los hogares se habían apagado.

dos.
Así fue como conocí a un hombre moribundo que no toleraba alimentos sólidos, que sólo se incorporaba del lecho para recibir atención espiritual mediante oraciones y la imposición de la mano. De su pasado de hombre apuesto sólo restaba una estructura ósea y la piel seca que la cubría, unas manos afiladas como de avaro, sabio o asesino, extremidades sometidas acaso a una vejez prematura o a una debilidad acentuada por los líquidos que le permitían permanecer entre los vivos. A su casa llegaron desconocidos que preguntaban por el santo, el iluminado, el elegido. Todos eran atendidos con la entrada franca porque llegaban con oraciones a flor de labios. Pero ninguno lograba sacar a Evaristo de la postración, las medicinas y el suero aplicado vía intravenosa. Y así murió, casi en silencio y rodeado por sus tres hijos y su mujer, Hermila.

tres.
Cuando le pregunté a Esperanza, su media hermana, semanas o meses después, el motivo de su castigada enfermedad, me dijo: "Alguien lo tuvo encantado en un frasco, cautivo con tierra de panteón. Fue su querida..."

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