Tiffany Atkinson (1972 )

Actos de devoción



Frances lava los autos de los maestros
para la semana de Ayuda Cristiana. Con los nudillos blancos
y entumecidos acarrea el balde al MG rojo
que maneja Robert—Rob, el técnico de laboratorio,
elegido por las monjas, sin dudas, por sus dientes de conejo 
y su timidez: Rob, para quien Frances es una vela
que arde por los dos lados. Las rodillas esmeradas se hincan
en la grava, y ella refriega las manchas que nadie
nunca soñó refregar hasta que el agua corre ferrosa.

Detrás del seto en los jardines del Rosario
una hermana silba. Frances piensa en una tarde
después de misa cuando, con la comezón del pecado, se deslizó
a través del portón a la zona de las monjas. Y ahí,
la monja vieja y loca que escupía tierra y discutía con los arbustos,
la que, se rumoreaba, estaba atada con una soga larga
a las canillas de la cocina, estaba posada como un barrilete roto
sobre la montaña de abono, capturada por un instante
en la mira del crucifijo de la colina vecina.
Cuando su mano alzada bendijo a Frances
estaba abriendo las piernas para mear, una curva dorada y sólida
como las que hacía el padre de Frances al costado de la cabaña el último verano:
el olor a cobre caliente, a hojas secas.

Frances escurre la esponja, los dedos le arden
con el encaje del jabón. Ahora ve el corte
que el óxido le hizo a su mano: las dos, tres, ahora cuatro,
gotas, como semillas de granada, atrapadas
en el puño de tela y retenidas para regocijo de la trama.



("pájaros lanzallamas", trad. inés garland)

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