Vicente Quirarte (1954 )


A las tres de la tarde


A las tres de la tarde

de aquel trece de marzo,

la voz de mi hermano Ignacio en el teléfono:

"¿Puedes regresar?"

Y yo que quería contarle

del alba en California;

del cartel de la ballena jorobada

—cuarenta toneladas de energía

saltando en algún lugar de Alaska—;

del libro sobre la ballena spermacetti,

la Moby Dick que acometió al Pequod

y echó a pique los sueños

de su capitán alucinado;

del café que estrenaba las mañanas

con su campana oscura;

de las rubias empleadas de las tiendas

que en mi sed de comprar reconocían

las huellas del amor recién nacido.


¿Padre, hubieras querido que tu primer hijo

diera la mala nueva de que ya éramos menos?

En tus treinta minutos de agonía,

con el pie en el estribo de otro tren,

¿te acordaste de sus primeros pasos

cuando al pie de las sillas de montar

posaba como un pequeño Buda,

grave y solemne como los niños tristes?


"¿Puedes regresar?" Me dijo Ignacio.

Debajo de sus palabras se anunciaba

el valeroso miedo de ser débil,

la rabia por no soltar la brida del caballo.


Era, como en los Viernes Santos,

la hora en que llegó la quinta herida,

en aquel cuarto oscuro de Los Ángeles

donde Ignacio quería decirme, dijo, me decía

que a la tribu por ti capitaneada

la diezmaban de tajo,

que te ibas de plano, y nosotros contigo.

Y mientras yo pensaba que la vida

era para mi sed un mar pequeño,

te tirabas —sereno— de aquel puente

para dar comienzo a las preguntas.
 
 
(texto tomado del sitio "el placard")

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