PRESUNTO INOCENTE

El joven Antonio Zúñiga caminaba por las calles de la ciudad de México cuando un grupo de policías lo subió a un patrullero. Sin que siquiera mediara una orden de captura, fue detenido, acusado de homicidio y sometido a un juicio en que se lo encontró culpable de un crimen que no había cometido. En el expediente de la fiscalía constaba que el principal testigo en su contra no lo había visto disparar; también se decía, como al pasar, que la prueba de radizonato de sodio (por la cual se determina si un sospechoso disparó o no un arma de fuego) había dado negativa. Por estas y otras razones, y al año de estar preso en el Reclusorio Oriente del Distrito Federal, dos abogados decidieron llevar el caso de Zúñiga a un nuevo juicio. Y para dejar un testimonio incuestionable de las falencias, complicidades y corruptelas de jueces, abogados y policías, decidieron filmar la investigación y el proceso. El resultado fue Presunto culpable, el implacable documental de Roberto Hernández y Geoffrey Smith que, a un mes de su estreno en las salas mexicanas, ya ha sido visto por más de un millón de espectadores.




Uno de los grandes méritos de Presunto culpable es demostrar que el género documental puede intervenir en la realidad. Quizá por eso mismo debió enfrentar serios obstáculos para su estreno comercial: primero le tocó sortear la desconfianza de distribuidores y exhibidores, y luego, la insólita demanda -atendida por miembros del Poder Judicial que tanto critica- de uno de los testigos presentes en el juicio, que alegó "uso indebido de su imagen" al reclamar que nadie le había pedido permiso para ser filmado. Como los abogados de la película dejaron claro en ese último entredicho, nadie que participa de una audiencia pública puede exigir privacidad. Pero de no haber mediado esa defensa, Presunto culpable no hubiera podido estrenarse en México. Y en ese caso, no sólo Zúñiga habría sido rehén de un sistema legal que convierte a uno de los pilares de la democracia en una justicia de ruleta. Durísimo y angustiante, este film -al igual que el documental colombiano Bagatela, de Jorge Caballero Ramos, o el argentino El Rati Horror Show, de Enrique Piñeyro- retrata las penurias de la vida urbana en Latinoamérica, donde en no pocas ocasiones la Justicia no le hace justicia a su nombre. Indispensable.


(nota de LT, tomada de La Nación.)

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