METÁSTASIS DE LA VIOLENCIA
Desde la capital de Morelos, donde el poeta Javier Sicilia ha permanecido en plantón desde la llamada Marcha por la Paz, ha convocado a una nueva movilización a realizarse el próximo 8 de mayo, que partiría justamente desde Cuernavaca hasta el centro de la república. Se caminará en silencio, a la cabeza irán deudos de las más recientes tragedias, lo mismo serán los padres de la Guardería ABC de Hermosillo, las viudas de Pasta de Conchos, los deudos de los jóvenes de nuestro Salvárcar, y el mismo Sicilia que se ha convertido en la voz de esta acumulación de exigencias.
La voz del hartazgo, de la exigencia, de la indignación, se traducirá en el silencio. Se pretende que se haga la caminata sin un solo grito de consigna, pero se llevará en las manos la demanda de que se firme un Pacto Nacional de Paz.
Como ha declarado repetidamente el poeta, para él la reconstrucción de la nación, la recuperación de la paz y el estado de derecho debe partir de un acuerdo nacional para lograr que se una la sociedad, los gobiernos, incluso, la cuestionada propuesta de acordar con el crimen organizado para construir la paz.
Pero lo que nos despierta la pregunta con la que abrimos esta reflexión es que Javier Sicilia ha plateado que dicho acuerdo se signe en nuestra ciudad “en el centro de la ciudad más dolida entre las dolidas y que más muertos ha puesto en los últimos años: Ciudad Juárez”, y siguió en su discurso para explicar el sentido de que un acuerdo de esta naturaleza se firmara en nuestra ciudad, ya que “la continuación de sus mezquindades y ambiciones (de las autoridades, son), las que han provocado que en la frontera norte, en Ciudad Juárez, se haya instalado la violencia, la impunidad y el miedo”.
Hay en estas declaraciones algo que merece ponerse sobre la mesa de discusión: en el momento en que comenzó la violencia de manera desatada, esta frontera, y en particular nuestra ciudad, se convirtió en el punto de los señalamientos, no siempre con la mejor intención, ni tampoco con un sentido de solidaridad.
Se nos señaló para condenarnos al aislamiento hasta que la gravedad de los hechos rebasó nuestras fronteras y fue avanzando a otras ciudades, abarcando cada vez más territorios. En ese lamentable proceso de esparcimiento de la violencia llegamos a un punto en el que los enfrentamientos y la muerte ya no podían ser restringidos a un mapa con fronteras. La metástasis se fue haciendo presente y entonces los juarenses dejamos de ser los señalados propietarios de la violencia.
Tristemente, lo que vivimos en principio en esta ciudad se volvió parte de la realidad de muchas otras ciudades, fue dejando deudos, fue acaparando la atención de los medios, y en determinado punto, los juarenses quedamos en un segundo plano.
Nuestras demandas y las promesas de solución de las autoridades se empezaron a dejar en el olvido. Juárez ha sido, muy a nuestro pesar, el símbolo de esta guerra, con el nombre de nuestra ciudad comenzamos a aparecer en los titulares de la prensa internacional, con el nombre de esta frontera se fue identificando la violencia.
Entonces, es de lo más honorable que, aun dentro del duelo y el dolor personal que ahora vive Javier Sicilia, piense en los juarenses, que nos dé la batuta de este naciente movimiento, nos ponga al frente y nos lleve a ser símbolo de la recuperación. Si se hace un acuerdo nacional de paz, si se firma un documento en el que todos los sectores tengan y asuman una responsabilidad en la recuperación, y si se logra que de esos ciudadanos, de los deudos, de quienes viven el dolor de una manera personal, se logre la movilización de las conciencias, nuestra ciudad debe tener un papel primordial.
No podemos los juarenses dejar que nuestras voces se opaquen en el clamor generalizado, sino justamente ser punta de lanza del tiempo de reconstrucción que ya urge que comience. Si algo ha caracterizado al discurso de Javier Sicilia, a sus palabras que sólo pueden mostrar una parte de su dolor indescriptible, es su sentido humano, el poeta ha sido, sin un protagonismo innecesario, un líder ciudadano, pero sobre todo, un ser humano en una de las situaciones más lamentables que se puedan vivir.
Y es así, con ese rasgo de humanidad, que nos pone a los juarenses al frente. Unirse en el dolor no es sólo una acción de natural solidaridad, sino la defensa más útil frente a las amenazas que no cesan, a los frentes que no se cierran y siguen abriendo heridas por donde emana el hartazgo y la desesperanza.
Más allá de las consideraciones que podamos tener hacia las propuestas de ese grupo de ciudadanos, si es que estamos de acuerdo o no con la idea de un pacto, la negociación y los acuerdos, incluso si consideramos útil y apropiado el mecanismo de la protesta, lo cierto es que no es posible negar el dolor y el duelo, que no podemos ir contra la reacción natural de ser uno más entre los padres, hermanos e hijos que se duelen de la muerte y la desaparición, un dolor sin justicia, pero no un dolor estéril, sino justamente una herida de la que puede germinar el tiempo de reconstrucción.
Y tanto no se puede negar el dolor y las heridas, como no pueden cerrarse los ojos a la necesidad de acción. Se tiene que actuar, la reflexión, la indignación, la queja y el hartazgo no son nada si no se traducen en acciones concretas, en formas de manifestación que presionen a la construcción de vías de solución.
Que se firme un acuerdo en Ciudad Juárez es un acto simbólico de gran fuerza, pero no es suficiente, lo que necesitamos es que desde nuestra frontera fluyan las iniciativas de paz al resto de la república, que seamos los juarenses símbolos y herramientas, en los dichos y en los hechos, de lo que se necesita para recuperar nuestra nación.
(Ciudad Juárez cobró presencia en 2010 luego que al Diario de Juárez le arrebataron otra vida de uno de sus trabajadores, un reportero primero y luego un camarógrafo, con la publicación de aquella editorial en que, prácticamente de rodillas, le solicitaban al crimen organizado qué sí y qué no debían publicar en ese medio informativo tan necesario. Qué tratamiento darle a las noticias y editoriales que no "lastimara" los intereses de las fuerzas más oscuras de la sociedad. Ahora Edna Lorena Fuertes pide a esa sociedad herida una respuesta a la demanda, por parte de Javier Sicilia, de encabezar un movimiento nacional que se concretará el 8 de mayo. Editorial tomada del diario fronterizo.)
La voz del hartazgo, de la exigencia, de la indignación, se traducirá en el silencio. Se pretende que se haga la caminata sin un solo grito de consigna, pero se llevará en las manos la demanda de que se firme un Pacto Nacional de Paz.
Como ha declarado repetidamente el poeta, para él la reconstrucción de la nación, la recuperación de la paz y el estado de derecho debe partir de un acuerdo nacional para lograr que se una la sociedad, los gobiernos, incluso, la cuestionada propuesta de acordar con el crimen organizado para construir la paz.
Pero lo que nos despierta la pregunta con la que abrimos esta reflexión es que Javier Sicilia ha plateado que dicho acuerdo se signe en nuestra ciudad “en el centro de la ciudad más dolida entre las dolidas y que más muertos ha puesto en los últimos años: Ciudad Juárez”, y siguió en su discurso para explicar el sentido de que un acuerdo de esta naturaleza se firmara en nuestra ciudad, ya que “la continuación de sus mezquindades y ambiciones (de las autoridades, son), las que han provocado que en la frontera norte, en Ciudad Juárez, se haya instalado la violencia, la impunidad y el miedo”.
Hay en estas declaraciones algo que merece ponerse sobre la mesa de discusión: en el momento en que comenzó la violencia de manera desatada, esta frontera, y en particular nuestra ciudad, se convirtió en el punto de los señalamientos, no siempre con la mejor intención, ni tampoco con un sentido de solidaridad.
Se nos señaló para condenarnos al aislamiento hasta que la gravedad de los hechos rebasó nuestras fronteras y fue avanzando a otras ciudades, abarcando cada vez más territorios. En ese lamentable proceso de esparcimiento de la violencia llegamos a un punto en el que los enfrentamientos y la muerte ya no podían ser restringidos a un mapa con fronteras. La metástasis se fue haciendo presente y entonces los juarenses dejamos de ser los señalados propietarios de la violencia.
Tristemente, lo que vivimos en principio en esta ciudad se volvió parte de la realidad de muchas otras ciudades, fue dejando deudos, fue acaparando la atención de los medios, y en determinado punto, los juarenses quedamos en un segundo plano.
Nuestras demandas y las promesas de solución de las autoridades se empezaron a dejar en el olvido. Juárez ha sido, muy a nuestro pesar, el símbolo de esta guerra, con el nombre de nuestra ciudad comenzamos a aparecer en los titulares de la prensa internacional, con el nombre de esta frontera se fue identificando la violencia.
Entonces, es de lo más honorable que, aun dentro del duelo y el dolor personal que ahora vive Javier Sicilia, piense en los juarenses, que nos dé la batuta de este naciente movimiento, nos ponga al frente y nos lleve a ser símbolo de la recuperación. Si se hace un acuerdo nacional de paz, si se firma un documento en el que todos los sectores tengan y asuman una responsabilidad en la recuperación, y si se logra que de esos ciudadanos, de los deudos, de quienes viven el dolor de una manera personal, se logre la movilización de las conciencias, nuestra ciudad debe tener un papel primordial.
No podemos los juarenses dejar que nuestras voces se opaquen en el clamor generalizado, sino justamente ser punta de lanza del tiempo de reconstrucción que ya urge que comience. Si algo ha caracterizado al discurso de Javier Sicilia, a sus palabras que sólo pueden mostrar una parte de su dolor indescriptible, es su sentido humano, el poeta ha sido, sin un protagonismo innecesario, un líder ciudadano, pero sobre todo, un ser humano en una de las situaciones más lamentables que se puedan vivir.
Y es así, con ese rasgo de humanidad, que nos pone a los juarenses al frente. Unirse en el dolor no es sólo una acción de natural solidaridad, sino la defensa más útil frente a las amenazas que no cesan, a los frentes que no se cierran y siguen abriendo heridas por donde emana el hartazgo y la desesperanza.
Más allá de las consideraciones que podamos tener hacia las propuestas de ese grupo de ciudadanos, si es que estamos de acuerdo o no con la idea de un pacto, la negociación y los acuerdos, incluso si consideramos útil y apropiado el mecanismo de la protesta, lo cierto es que no es posible negar el dolor y el duelo, que no podemos ir contra la reacción natural de ser uno más entre los padres, hermanos e hijos que se duelen de la muerte y la desaparición, un dolor sin justicia, pero no un dolor estéril, sino justamente una herida de la que puede germinar el tiempo de reconstrucción.
Y tanto no se puede negar el dolor y las heridas, como no pueden cerrarse los ojos a la necesidad de acción. Se tiene que actuar, la reflexión, la indignación, la queja y el hartazgo no son nada si no se traducen en acciones concretas, en formas de manifestación que presionen a la construcción de vías de solución.
Que se firme un acuerdo en Ciudad Juárez es un acto simbólico de gran fuerza, pero no es suficiente, lo que necesitamos es que desde nuestra frontera fluyan las iniciativas de paz al resto de la república, que seamos los juarenses símbolos y herramientas, en los dichos y en los hechos, de lo que se necesita para recuperar nuestra nación.
(Ciudad Juárez cobró presencia en 2010 luego que al Diario de Juárez le arrebataron otra vida de uno de sus trabajadores, un reportero primero y luego un camarógrafo, con la publicación de aquella editorial en que, prácticamente de rodillas, le solicitaban al crimen organizado qué sí y qué no debían publicar en ese medio informativo tan necesario. Qué tratamiento darle a las noticias y editoriales que no "lastimara" los intereses de las fuerzas más oscuras de la sociedad. Ahora Edna Lorena Fuertes pide a esa sociedad herida una respuesta a la demanda, por parte de Javier Sicilia, de encabezar un movimiento nacional que se concretará el 8 de mayo. Editorial tomada del diario fronterizo.)
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