Miguel Guardia (1924/1983 )
Para amar a los perros
Si yo quisiera conocer la verdad
pondría la mano sobre el corazón de una niña.
O sobre el corazón de un perro.
No hay perros delatores
ni perros comerciantes
y si la gente pensara
sabría que el hijo de una perra
es un pequeño ser llamado a la grandeza.
Guardan tanta ternura en el alma
que no comen si no los acompañas.
El que convierte a un perro en bestia sanguinaria
—los perros pueden aprenderlo todo--
merece quedar muerto con la cara en el lodo.
Mas quien ama a los perros merecería
morir sin sueño y sin espanto
en un minuto luminoso del verano.
Ah, la Antropología
Cuando los antropólogos encuentren el diente
que me diste dirán:
…allá por mil novecientos sesenta y nueve,
y por octubre,
existían mujeres rubias, como la primavera.
De hermosas piernas y hermosas risas,
de verdes ojos y cintura estrecha,
de tan suaves y fuertes caderas
—el cabello, de la seda más pura.
Inteligentes; aptas para la amistad, el arte
y el amor;
con piel de escamas tibias —como peces niñas—;
gentiles, de cálida boca y senos pequeños;
dulces, ruborizadas, inconformes;
de manos inservibles,
perezosas para levantarse en las mañanas
—tímidas y atrevidas, inocentes y culpables—.
Dueñas de la creación.
Este diente en particular —dirán también—,
por su estructura, pertenece a una mujer
de un metro sesenta y siete de estatura,
que se ponía pantalones cuando sus enamorados
se volvían demasiado pesados.
(Ah, la Antropología:
no hay ciencia tan exacta y tan al día.)
Y era bailarina, exclamarán, y actriz:
se nota en esta muesca: se adueñaba
sin esfuerzo de la dicha o la desdicha de los demás.
Y era sacerdotisa.
(Así dirán —como yo, ahora. Y, como yo, ahora,
sacarán un gastado pañuelo de un bolsillo vacío,
secarán el sudor que corra por su frente
y se interrogarán, animales nostálgicos:
ay, ¿por qué no me fue dado
vivir en ese siglo afortunado?
("osiazul")
Si yo quisiera conocer la verdad
pondría la mano sobre el corazón de una niña.
O sobre el corazón de un perro.
No hay perros delatores
ni perros comerciantes
y si la gente pensara
sabría que el hijo de una perra
es un pequeño ser llamado a la grandeza.
Guardan tanta ternura en el alma
que no comen si no los acompañas.
El que convierte a un perro en bestia sanguinaria
—los perros pueden aprenderlo todo--
merece quedar muerto con la cara en el lodo.
Mas quien ama a los perros merecería
morir sin sueño y sin espanto
en un minuto luminoso del verano.
Ah, la Antropología
Cuando los antropólogos encuentren el diente
que me diste dirán:
…allá por mil novecientos sesenta y nueve,
y por octubre,
existían mujeres rubias, como la primavera.
De hermosas piernas y hermosas risas,
de verdes ojos y cintura estrecha,
de tan suaves y fuertes caderas
—el cabello, de la seda más pura.
Inteligentes; aptas para la amistad, el arte
y el amor;
con piel de escamas tibias —como peces niñas—;
gentiles, de cálida boca y senos pequeños;
dulces, ruborizadas, inconformes;
de manos inservibles,
perezosas para levantarse en las mañanas
—tímidas y atrevidas, inocentes y culpables—.
Dueñas de la creación.
Este diente en particular —dirán también—,
por su estructura, pertenece a una mujer
de un metro sesenta y siete de estatura,
que se ponía pantalones cuando sus enamorados
se volvían demasiado pesados.
(Ah, la Antropología:
no hay ciencia tan exacta y tan al día.)
Y era bailarina, exclamarán, y actriz:
se nota en esta muesca: se adueñaba
sin esfuerzo de la dicha o la desdicha de los demás.
Y era sacerdotisa.
(Así dirán —como yo, ahora. Y, como yo, ahora,
sacarán un gastado pañuelo de un bolsillo vacío,
secarán el sudor que corra por su frente
y se interrogarán, animales nostálgicos:
ay, ¿por qué no me fue dado
vivir en ese siglo afortunado?
("osiazul")
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