Josè Alvarado (1911- 1974)

Hay varias leyendas. Una refiere a un muchacho telegrafista en Chihuahua, entre los hombres adictos a Pancho Villa; otra alude a un pasajero por las aulas de San Ildefonso, en la vieja Universidad y cuenta de su ira por el asesinato de Germán de Campo; una más habla de un andariego irremediable por las calles de la ciudad de México y no falta la de quien hizo en siete días un viaje de Nogales a Tlalnepantla en vagón sin vidrieras y expuesto a balazos de rebeldes trashumantes. Una más: el residente en París, amigo de André Breton y Benjamin Peret, dueño de secretos indios y comedor de vidrio; otra, por si faltara, la del periodista solitario alojado en casa ruinosa, y no debe olvidarse la del poeta renegado. Vio la invasión de Hitler a París, lo despertaron los bombazos nazis sobre Ámsterdam; Victoriano Huerta bebió tequila en su presencia, junto a un mostrador de tienda por la colonia Santa María; Álvaro Obregón tomó café a su lado arrimado a la lumbre de un vivac; Plutarco Elías Calles le dictó órdenes militares.

Hizo de Moscú a Pekín un recorrido de nueve días en el Transiberiano, y un ingeniero soviético le preguntó acerca de John Reed, justo al cruzar el Volga. Se dejó perder en Shangai; se aburrió en Bruselas; pasó por Madrid; un caballereiro fue su amigo en Portugal. Y antes, su estancia de burócrata en la Secretaría de Hacienda, como experto en sucesiones y legados. ¿Cuál de estas consejas es auténtica? Acaso ninguna. Cada cual corresponde a un personaje distinto, pero todas llevan el mismo nombre: Renato Leduc.
Renato es periodista, fue gente de telégrafos, viaja a pie, en el Metro, camión, tranvía, ferrocarril, aeroplano o montado a caballo. Le llaman poeta, y él lo niega; le dicen el Gran Jefe Pluma Blanca, como caudillo de una tribu extinta de comanches; lo señalan como personaje impar de la Ciudad de México, fue postulado como candidato a senador de la República. Se le ve por la calle de Rosas Moreno y por la del Apartado. Suele comer en El Nardito; alguna vez va al Prendes. Lo miran en la Plaza de Toros y no desdeña el ensabanado de Tezcoco ni el mezcal de Tamazulapa. Pero, ¿es el mismo Renato o son varios fantasmas con su nombre? Nadie lo ha podido averiguar hasta la fecha.
¿La leyenda persigue a Renato Leduc? ¿Va éste en pos de ella? Hay, según dicen, leyendas con pelo dorado y ojos azules; otras con faz bravía y ásperas palabras en los labios. Ninguna es para este poeta enemigo de solemnidad y adverso a estereotipia, verdugo de toda frase hecha y risueño asesino de almidonados tropos y dicciones a modo de corbata. Cada mañana Leduc inaugura una leyenda, cada noche la deja morir.
No se ha logrado establecer, a ciencia exacta, si Renato figura en la imaginación de inédito autor de novelas por cuyas páginas transitan corsarios, el Corsario Beige, por ejemplo, o si cae en el mundo producido por delirio de versificador maldito, aún desconocido. Y quizá fuera mejor no investigarlo.
Una enciclopedia en lengua exótica y con tipografía indescifrable reúne los siguientes datos: “Leduc López, Renato, nacido en Tlalpan, D.F., el 16 de noviembre de 1897, hijo de Alberto Leduc, queretano, escritor conocido por su relato ‘Fragatita’, un tratado acerca del dominó, un recetario de coctelería y el primer diccionario histórico, geográfico y biográfico mexicano, en compañía de Lara Pardo y Roumagnac. Su madre, doña Amalia López, nació en Calpulalpan, sitio decisivo para la victoria de los liberales contra los conservadores. Su abuelo paterno: soldado francés traído por las tropas invasoras; optó por quedarse en México a la salida de sus compañeros de aventura, seducido no se sabe si por las carnitas, los ópalos o los camotes de Querétaro. Amigo juvenil de Miguel Othón Robledo, vate desdichado muerto en un hospital para indigentes; enemigo de don José Ives Limantour y todo lo representado por él. Autor de coplas, romances, madrigales, fábulas, ensiemplos, sonetos, corridos, elegías, poemas deliberadamente románticos y versos desesperados sin remedio. No se sabe si fue miembro de la Banda del Automóvil Gris, pero sí se le conocen muchos compadres, algunos truculentos. Taurófilo, prefiere el estilo rondeño al sevillano; socio de malandrines, tupamaros, rojillos y otra gente de baja ralea; partidario de las clases económicamente débiles; viajero. El más original entre todos los poetas de su tiempo. Lo admiran muchachas de mala conducta y mujeres adultas con buenas intenciones. Ajeno a la parafernalia y convencionalismos”.
Nadie sabe, empero, quiénes son los autores de la enciclopedia citada. Tal vez sean unos duendes escandinavos, acaso unos brujos del Polo Sur en vacaciones.


(el texto "¿Existe Renato Leduc?", del periodista José Alvarado, se reprodujo del suplemento Laberinto del diario Milenio.)

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