DOCUMENTO: JOSÉ REVUELTAS
Malkah Rabell (1918- 2001)
No es frecuente encontrar y de una manera tan súbita, milagrosa casi, un escritor que sin proponérselo, o como sin proponérselo, llegue a encontrar el límite justo, cabal, artístico, de su mejor inquietud. Escritor -escritora- de inquietudes, que camina sin saberlo, con esos ojos suyos completamente abiertos y que tienen una fantástica llama angustiosa, Malkah Rabell, cuyos trazos no pueden ser a lo largo ni a lo ancho, sino a lo hondo. Ella brota, pero además no brota, ni sale, ni se escucha, nada más es un ser vivo, espantosa y mágicamente terrestre, con las manos extendidas. No es frecuente; de ninguna manera es frecuente encontrarse con un escritor, con un novelista de la talla de Malkah Rabell. Y se puede uno preguntar por qué, si por su lenguaje, si por su construcción apasionada, si por ese aliento de ladrillo y de voz simple que transcurrre en su obra, pero no es eso. Malkah es como una conciencia completamente empapada de un secreto dios, obsesivo, luminoso y trágico. Tiende a una mano de amor obscuro y desesperado, que se queda sin decirse o que está dicho, trastocado, muerto, roto, por un destino. Es un planeta. Ella, en cirto modo, es un planeta que circula por una órbita sombría, y, sin embargo, desemboca, rómpese, mejor, en tal ternura, en tal deseo de caricia frustrada, que uno quisiera estar, silenciosamente, a su lado, de rodillas.
Ama a su pueblo. Qué pueblo terco y religioso y adivinador! Lleno de arrugas, lleno de polvo y sangre, lleno de dios, vivo, terrenal, crucificado a cada instante. ¿Por qué ella lo conocerá tanto, por qué estará tan presente, tan pleno de acusaciones, con sus ojos que miran detrás de cada cosa, con sus manos cargadas de antigûedad? ¿Por qué lo conoce de tal manera? Duele, casi, ver a ese bello, puro, soñador, pueblo judío, a través de las palabras, de las voces lentas, espontáneas, quedas, simples, de Malkah Rabell. Y su angustiosa calidad de esperanza, su deso de nacer, de quedarse como una planta vieja y prometedora, elegida por quién sabe qué bíblica piedra descomunal!
Por eso -Moisés extrajo el agua de la roca-, por eso, Malkah Rabell es una escritora. Pero justamente en el sentido grave de la palabra, en el sentido desgarrado de la palabra. Es preciso leer la carta de Judith -un personaje de En el umbral de los ghettos-, para apercibirse que la voz de Malkah tiene una ensoñación definitiva, y ensoñación sería poco decir, mal decir, sino desgarramiento puro, lenta, quedísima desesperanza y amor.
No.No es un libro para leer, sino para amar. Es un libro que tiene, por detrás, en cada página, dentro de las letras, un fuego presente. Transcurre y llama, transcurre y quema. No en vano, sino porque tiene pueblo. Subyuga el hecho de que Malkah conozca tanto -y en tal forma pura, directa-, a su pueblo. No cabe en sus manos; se le cae, se desborda, navega con los tristísimos ojos abiertos, espantosamente puros. Y este hecho le da una calidad y una dimensión a Malkah Rabell: la calidad y la dimensión de una escritora.
(Agradezco a la periodista Guadalupe Pereyra, el obsequio de una edición desconocida y olvidada de En el umbral de los ghettos, edición de autor de 1945, con prólogo de José Revueltas.)
No es frecuente encontrar y de una manera tan súbita, milagrosa casi, un escritor que sin proponérselo, o como sin proponérselo, llegue a encontrar el límite justo, cabal, artístico, de su mejor inquietud. Escritor -escritora- de inquietudes, que camina sin saberlo, con esos ojos suyos completamente abiertos y que tienen una fantástica llama angustiosa, Malkah Rabell, cuyos trazos no pueden ser a lo largo ni a lo ancho, sino a lo hondo. Ella brota, pero además no brota, ni sale, ni se escucha, nada más es un ser vivo, espantosa y mágicamente terrestre, con las manos extendidas. No es frecuente; de ninguna manera es frecuente encontrarse con un escritor, con un novelista de la talla de Malkah Rabell. Y se puede uno preguntar por qué, si por su lenguaje, si por su construcción apasionada, si por ese aliento de ladrillo y de voz simple que transcurrre en su obra, pero no es eso. Malkah es como una conciencia completamente empapada de un secreto dios, obsesivo, luminoso y trágico. Tiende a una mano de amor obscuro y desesperado, que se queda sin decirse o que está dicho, trastocado, muerto, roto, por un destino. Es un planeta. Ella, en cirto modo, es un planeta que circula por una órbita sombría, y, sin embargo, desemboca, rómpese, mejor, en tal ternura, en tal deseo de caricia frustrada, que uno quisiera estar, silenciosamente, a su lado, de rodillas.
Ama a su pueblo. Qué pueblo terco y religioso y adivinador! Lleno de arrugas, lleno de polvo y sangre, lleno de dios, vivo, terrenal, crucificado a cada instante. ¿Por qué ella lo conocerá tanto, por qué estará tan presente, tan pleno de acusaciones, con sus ojos que miran detrás de cada cosa, con sus manos cargadas de antigûedad? ¿Por qué lo conoce de tal manera? Duele, casi, ver a ese bello, puro, soñador, pueblo judío, a través de las palabras, de las voces lentas, espontáneas, quedas, simples, de Malkah Rabell. Y su angustiosa calidad de esperanza, su deso de nacer, de quedarse como una planta vieja y prometedora, elegida por quién sabe qué bíblica piedra descomunal!
Por eso -Moisés extrajo el agua de la roca-, por eso, Malkah Rabell es una escritora. Pero justamente en el sentido grave de la palabra, en el sentido desgarrado de la palabra. Es preciso leer la carta de Judith -un personaje de En el umbral de los ghettos-, para apercibirse que la voz de Malkah tiene una ensoñación definitiva, y ensoñación sería poco decir, mal decir, sino desgarramiento puro, lenta, quedísima desesperanza y amor.
No.No es un libro para leer, sino para amar. Es un libro que tiene, por detrás, en cada página, dentro de las letras, un fuego presente. Transcurre y llama, transcurre y quema. No en vano, sino porque tiene pueblo. Subyuga el hecho de que Malkah conozca tanto -y en tal forma pura, directa-, a su pueblo. No cabe en sus manos; se le cae, se desborda, navega con los tristísimos ojos abiertos, espantosamente puros. Y este hecho le da una calidad y una dimensión a Malkah Rabell: la calidad y la dimensión de una escritora.
(Agradezco a la periodista Guadalupe Pereyra, el obsequio de una edición desconocida y olvidada de En el umbral de los ghettos, edición de autor de 1945, con prólogo de José Revueltas.)
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